“La alegría de los niños me recuerda la importancia de vivir en paz con amor y esperanza”

Diócesis de Córdoba
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Salvador Salamanca Navarro es maestro de Religión desde hace 13 años. Su vocación la vive como un reto y una misión, siendo testimonio vivo de lo que enseña cada día

Soy el tercero de cuatro hermanos, todos varones, y formados en el colegio “La Salle” con ideario católico. Desde pequeño, hemos crecido en el seno de la Parroquia de San Nicolás y formando parte activa de la Hermandad de la Sentencia.

Siempre me gustó la enseñanza y desde hace 13 años emprendí un camino que ha cambiado mi vida: ser maestro de Religión.

Desde el primer día en el aula, comprendí que esta vocación no era solo enseñar una materia, sino tocar corazones de niños y niñas y sembrar en ellos valores que iluminen y duren para su vida, ya que hoy en día la sociedad carece de muchos de ellos.

Los niños significan mucho para mí, recibo más de lo que yo les doy cada día, cuando voy por los pasillos preguntan: ¿Hoy toca Reli? o cuando entro en clase, veo en sus ojos la curiosidad, la alegría, la inocencia y el deseo de aprender.

No solo aprenden de mí, sino que yo también aprendo de ellos, por ejemplo, su capacidad de perdonar, que es inmensa. Por ejemplo cuando ves cómo, después de un conflicto que para ellos es un mundo, se dan la mano o un abrazo y se ponen a jugar de nuevo como si no hubiese pasado nada.

La alegría de los niños me recuerda la importancia de vivir en paz con amor y esperanza.

Ser maestro de Religión no es solo hablarles de Jesucristo, es ser testimonio vivo de lo que enseño. Es acompañar a los niños en sus dudas, en sus miedos y en sus sueños. Es ayudarles a descubrir a Dios en su día a día, a ver su presencia en cada pequeño detalle y a confiar en que nunca están solos.

A lo largo de estos años, he visto cómo la semilla del amor y la fe da frutos en sus vidas. Algunos alumnos regresan al colegio con gratitud, recordando algunas anécdotas que tuvieron en clase conmigo, otros por la calle o incluso a padres que también se acuerdan y reconocen la labor que realicé con sus hijos. Ese es el mayor reconocimiento y la mayor recompensa que un maestro puede recibir.

Ser maestro es una misión y un reto. Mi compromiso sigue firme: seguir enseñando con pasión, con entrega y con la certeza de que cada niño que pasa por mi aula es un regalo de Dios.

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