
Una de las imágenes que nos ha dejado el verano ha sido la crisis migratoria en Ceuta. Escuchar los medios de comunicación, las opiniones de la gente o las intervenciones de los políticos, con frecuencia nos provoca un cierto caos mental.
Ante estas situaciones que suelen usarse para polarizar me cuesta, supongo que no soy el único, tener una opinión propia. Cada político, cada medio, cada vecino hace hincapié en una posición concreta y aborda desde su perspectiva, no exenta de ideología, lo que está viviendo.
Quizá el primer problema es que hemos aprendido a hablar generalizando, hablamos de personas como si fueran conceptos. Inmigrantes, menores, españoles, policías, vecinos, legales o ilegales. Pero estas etiquetas nos sitúan en una posición de comodidad porque nos permiten dejar de mirar a los ojos.
El Estado tiene derecho a proteger sus fronteras. La ciudad tiene derecho a exigir los recursos que necesita para atender lo que sucede en ella. Nuestra sociedad necesita con urgencia una política migratoria ordenada. Pero ninguno de estos principios puede estar por encima del bien personal de los implicados.
La fraternidad cristiana nos ayuda a no convertir al otro en un enemigo. El evangelio nos pide que, incluso en las situaciones difíciles, cuando hay que decidir, cuando discrepamos o sentimos miedo, no olvidemos que el otro es un ser humano.
Las posiciones políticas, con frecuencia generalizan, deshumanizan y convierten a las personas en objetos. El criterio de la fraternidad nos ayuda a poder hablar del inmigrante, del policía, del sanitario o del menor indefenso sin olvidar que todos poseen una dignidad y que, aunque necesitamos fronteras, lo que no necesitamos son enemigos.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

