Ministerios laicales

Homilía de Mons. Lorca Planes, Obispo de Cartagena, en la Institución de Ministerios Laicales.

Queridos hermanos sacerdotes,

Rector y formadores del Seminario Mayor San Fulgencio y

Rector y formadores del Seminario Mayor Diocesano Redemptoris Mater,

Queridos religiosos y religiosas,

Seminaristas,

Queridas familias,

Hermanos y hermanas,

Celebramos hoy una fiesta especial en nuestra Iglesia con motivo de la Institución de los Ministerios Laicales. Sois un numeroso grupo de seminaristas dentro de la trayectoria de preparación, seria y firme, para el presbiterado y provenís de los Seminarios Mayores San Fulgencio y Redemptoris Mater de esta Diócesis de Cartagena. Los Ministerios están dentro del itinerario de formación para ser un día sacerdotes y poder servir al Pueblo de Dios. ¡Qué cosa más hermosa y cómo hay que agradecer a Dios su bondad! Felicidades, hermanos.

Hemos pasado días dolorosos en poco tiempo y nos han marcado bastante, poniéndonos de cara a Dios y de la esperanza que nos regala. En nuestro recuerdo están todos los feligreses de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Bullas, especialmente las trece vidas truncadas por la muerte, junto a la de su párroco, Don Miguel Conesa Andúgar, al que le hubiera gustado participar de este momento, porque un miembro de aquella querida comunidad parroquial va a recibir el Ministerio del Acolitado; siguen presentes en el recuerdo los familiares de los fallecidos y el deseo de la pronta recuperación de los que están reponiéndose de las heridas. Todos tenemos noticia del sufrimiento de este pueblo y de las muchas lecciones de serenidad y valentía que han demostrado, dándole la cara al dolor y con la mirada fija en su patrona, a la Madre de Dios, que no defrauda al que acude a ella con confianza. Les aseguro que ese día yo la miraba y me parecía que tenía su rostro mudado, muy afectado, casi a punto de romper a llorar. También nos ha afectado mucho la muerte de un hombre, de larga vida, que la ofreció por la Iglesia en la tarea de la evangelización, me refiero a nuestro querido Don Javier Azagra, que hoy espera la Resurrección y descansa en la Catedral de Murcia.

Ahora me dirijo a vosotros, queridos seminaristas, y os invito a mirar adelante, a que aceptéis el reto de recorrer vuestro camino y ver que vuestro mérito estará en haberle dicho a Dios que sí, porque quien ha salido a vuestro encuentro ha sido Él, el mismo Dios, que vigila vuestra vida y os fortalece todos los días con el sacramento de la Eucaristía y el del perdón de los pecados; es Él, quién os concede la capacidad de respuesta a la misericordia que tiene con vosotros. El mérito es suyo, porque os va modelando y os va haciendo conforme al corazón de su Hijo Jesús, Buen Pastor. Ya vais encontrando razones para dar gracias, porque comenzáis a ver cómo Dios se toma en serio las cosas y cómo os va insiriendo en esta aventura de la misión ad gentes, siendo la imagen de Dios mismo como Pastor de su pueblo: «Como un pastor vela por su rebaño (…), así velaré yo por mis ovejas. Las reuniré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas» (Ez 34, 12). El Cura de Ars, que era muy humilde pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente, decía: «Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina».

Vosotros, queridos seminaristas, vais a recibir los Ministerios Laicales en el proceso de vuestra formación para ser sacerdotes: daréis los primeros pasos en el servicio de la Palabra y de la Eucaristía, del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Dos grandes tareas de servicio, a las que os ha traído Cristo. El Señor ha vuelto a salir por las riberas del mar buscando nuevos pescadores de hombres, que se incorporen al discipulado total y generosamente. Iréis viendo, conforme van pasando los acontecimientos, cómo «es Cristo quien os protege; cómo es Cristo quien os une con Dios y en el único Dios; cómo es Cristo quien garantiza vuestra verdadera identidad en la diversidad de la sociedad y de las culturas…». Cristo es el que abre para cada uno las puertas de la santidad, enseñándonos a saber hacer la Voluntad de Dios. De Jesucristo aprenderéis, por la vía de la oración, cómo nos exige y nos ayuda a ser santos y justos. «Ser justo quiere decir sencillamente estar con Cristo y en Cristo. Y esto basta» . El Papa Francisco está insistiendo mucho en la condición de pastores cercanos a Dios y al pueblo, de escuchar las voces de la gente y sus necesidades para remediarlas, en la medida que podamos, abriendo caminos a la esperanza para poner frente a Cristo a los más alejados. La fe es mirar a Cristo, encomendarse a Cristo, unirse a Cristo, conformarse a Cristo, a su vida. Y la forma, la vida de Cristo es el amor; por tanto, creer es conformarse a Cristo y entrar en su amor. Todas las garantías del mundo, todas las seguridades del mundo, no hay que buscar otras. Pero, mucho ojo, porque el Señor respeta nuestra condición humana y todos sabemos que somos frágiles, y el demonio, como león rugiente, pretende devorarnos. San Pedro ya dijo que resistiéramos firmes en la fe, pero hoy es necesario volverlo a recordar para no descuidarse.

Dos ministerios, el de la Palabra y el de la Eucaristía. Para el primero, conviene que escuchéis lo que dice el apóstol Santiago: «Acoged con docilidad la Palabra de Dios, que ha sido injertada en vosotros y es capaz de salvar vuestras vidas. Poned en práctica la Palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Sant 1, 22). Debéis escucharla en lo hondo de vuestro ser antes, incluso, de proclamarla, en un clima de oración y recogimiento, porque es «a Dios a quien escuchamos cuando leemos sus palabras y a Dios hablamos cuando oramos» (Dei Verbum, 25). El otro servicio para el que habéis sido llamados es el de la Eucaristía. La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo, que se actualiza en el tiempo. Jesús no vive sólo en la conciencia de los hombres, y particularmente de quienes se declaran sus seguidores; la pervivencia de Jesús en la historia no se debe únicamente a la memoria de sus gestos y palabras, de la libertad en el amor con el que vivió y la grandeza de alma con que murió. «Jesús está personalmente vivo para siempre, podemos establecer comunicación con Él, cada persona puede recibir la gracia de un encuentro actual transformador. El hecho de la Resurrección del Señor es una realidad presente y dinamizadora de la Iglesia» . Pero especialmente podemos encontrarnos todos los días con Él en el Sacramento de la Eucaristía, en la Mesa. Vosotros participaréis, desde la caridad y el servicio, a ayudar a los hermanos a encontrarse con Cristo cara a cara.

Para un ministerio o para el otro, mejor, para los dos, os remito a Presbiterorum Ordinis que aboga por la unidad de la vida interior, unidad que se fomenta con la vida de piedad y, sobre todo, con el ejemplo de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre. Unidad de vida, nada de fachadas y disimulos, con la verdad por delante, siendo transparentes para con Dios y su Iglesia. La garantía de esta necesidad de transparencia está en la misericordia que tiene el Señor con nosotros. Pensad cuan grande es el amor que Dios os tiene, pero sed sinceros con el Señor. Esto es muy importante.

Que Él os bendiga y os conceda la gracia de la fe para poder estar a la altura de lo que os pide la Iglesia hoy, un corazón de pastor y la firme decisión de hacer la voluntad de Dios, tal como os lo pide la Iglesia. Aprended de los que nos precedieron y del testimonio que nos dieron, del valor que mostraron los primeros cristianos ante sus perseguidores, como se cuenta en las Actas martiriales: El día 12 de febrero del año 304, durante la persecución de Diocleciano, comparecieron en Cartago, ante el procónsul Anulino 31 hombres y 18 mujeres, detenidos en la colonia de Abitinias, porque, bajo la dirección del presbítero Saturnino, habían tenido reuniones en una casa. A estos se les instruyeron un proceso por violar los edictos imperiales. Habían incurrido en el delito, según los cargos del procónsul, de tener las Escrituras y de haberse reunido. Mirad la respuesta de un cristiano en cuya casa habían tenido las reuniones:

«En cuanto a Emérito, puesto ante el tribunal: ‘¿En tu casa, dijote el procónsul, se han tenido reuniones de culto contra los preceptos de los emperadores?’ Emérito, inundado del Espíritu Santo respondió: ‘Sí, en mi casa hemos celebrado los misterios del Señor’. Procónsul: ‘¿Por qué les has permitido entrar?’ Emérito: ‘Porque son mis hermanos, y no podía impedírselo’. Procónsul: ‘Pues tu deber era impedírselo’. Emérito: ‘No me era posible, pues nosotros no podemos vivir sin celebrar el Misterio del Señor'» .

Nosotros no podemos vivir sin la Eucaristía, por eso estáis vosotros aquí. Por eso damos gracias a Dios por vosotros.

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena

Murcia 22 de noviembre de 2014



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