OBISPO DE CARTAGENA
ORDENACIÓN SACERDOTAL
José Martínez Marín
Parroquia San Francisco de Asís
Caravaca de la Cruz
4 de julio de 2026
Vicario general, vicarios de Caravaca y vicarios episcopales, arciprestes; rector del Seminario Mayor San Fulgencio y formadores; rector del Seminario Redemptoris Mater y formadores; director del Centro de Estudios Teológicos San Fulgencio; queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas mayores y menores de San José; párroco y fieles de San Francisco de Asís; un saludo a toda la familia del ordenando; amigos, invitados… aquí presentes.
Hermanos.
Querido diácono, José:
Hoy la Iglesia pone en tus manos un misterio que nunca llegarás a poseer del todo. Como estamos viendo en la Palabra de Dios en estos últimos domingos, ha sido Cristo el que ha salido a tu encuentro y ha puesto su confianza en ti, en tus manos y en tu corazón para seguir ayudando a crecer a su pueblo, porque es pueblo de Dios. Ante esta invitación determinante, no tengas miedo, confía, aunque creas que eres pequeño, frágil y débil. El mundo admira a quienes brillan, convencen, acumulan seguidores o parecen tener éxito. Pero ya sabes cuál es el criterio del Señor: no tuvo problema en nacer pequeño, en la humildad de un pesebre, de una familia humilde y desde el silencio de la cruz. Aquí, en Caravaca, entendéis bien lo que significa la cruz de Cristo, porque está en vuestro ADN. Pero, insisto, José, nunca olvides que la fecundidad de tu ministerio no dependerá de tu capacidad para impresionar, ni de tus grandezas o valores personales, sino de tu capacidad para permanecer unido a Cristo. Este es el camino, el verdadero camino, hermano.
La seducción de los criterios de este mundo siempre está al acecho, pero ya conoces las advertencias que nos hace el Señor en la parábola de las vírgenes prudentes y necias, son tan esenciales, que san Pedro advertía con rigor: «resistid firmes en la fe», ya que el mundo va por otros derroteros, a veces por la indiferencia, por la desconfianza en las cosas de la Iglesia, y otros te juzgarán antes de conocerte… tranquilidad. Nunca respondas con amargura, no caigas en la trampa de ser maleducado o despreciar a los que no piensan como tú. Ya sabes que llevas un tesoro muy grande en la vasija de barro de tu corazón; ese tesoro es el amor de Dios, que nos ha amado, incluso siendo nosotros culpables, dando la vida… El Señor te hace sacerdote para que sepas ofrecer a la gente que se te confía un estilo de vida muy diferente a lo que ofrece el mundo; para que descubran el amor de Dios, el perdón, la grandeza de la filiación divina y un amor sin medida. Todo esto con una vida humilde, sencilla, escuchando más de lo que hablas, aprendiendo a comprender y, antes de corregir, dejando que las personas descubran que han sido acogidas. Hay cosas que solo entran dentro de una persona cuando ven el testimonio del que le habla con los signos de la bondad.
Tú vas enviado por Cristo, lo sabes, pues cuida el trato con el Señor por medio de la oración como se cuida el fuego en una noche fría. Habrá días en que no veas frutos, en que te parezca que nadie cambia y en que incluso tú mismo te sientas vacío. No abandones entonces el sagrario. El pueblo necesita un sacerdote que conozca a Dios antes que un sacerdote que solo sepa hablar de Él. No permitas que la actividad devore tu alma. Tendrás reuniones, proyectos, urgencias y responsabilidades. Todo ello es necesario, pero recuerda que nadie puede dar a Cristo si deja de vivir con Cristo. Tu primera tarea no será hacer muchas cosas; será dejar que Él viva en ti. Tienes que descubrir la grandeza de ser un cura diocesano, un pobre cura que ha sido llamado para amar a los pobres, a los ancianos, a los enfermos, a quienes nadie visita y a quienes ya no esperan nada de la Iglesia o de la vida… Muchas veces descubrirás que ellos te están evangelizando a ti mucho más de lo que tú crees. El sacerdote diocesano vive su espiritualidad y santidad en la entrega día a día a la gente, por eso tiene que saber estar con la gente a la que sirve; no es como un visitante ni un extraño en esa comunidad de hermanos. No es un viajero que hace paradas y luego se marcha, sino uno que sabe permanecer, estar, acompañar y compartir, comprar el pan en la misma tienda que ellos y estar siempre disponible.
No te escandalices de tu propia fragilidad; en el decurso de tu vida entregada cometerás errores, habrá momentos de cansancio, dudas o noches oscuras. No ocultes esas heridas detrás de una apariencia de perfección. Déjalas en manos del Señor, sé sincero y transparente para con Dios y Él te ofrecerá su gracia precisamente cuando más lo necesites, porque Dios es fiel.
No busques ser reconocido en todo lo que hagas. No es necesario alardear, ni presumir de maravilloso; busca, mejor, que las personas recuerden a Cristo después de haberte encontrado. El mejor sacerdote es aquel cuya presencia termina siendo transparente, de modo que quien te mire a ti acabe encontrándose con el Otro, que es más grande que tú.
Y cuando un día, quizá dentro de muchos años, te preguntes si tu vida ha valido la pena, no cuentes únicamente los templos llenos, las obras realizadas o los proyectos terminados. Pregúntate más bien: ¿He amado? ¿He permanecido fiel? ¿He llevado esperanza a quien la había perdido? ¿He acercado a alguien a Jesucristo? Si puedes responder humildemente que sí, aunque sea entre lágrimas, habrás sido un buen sacerdote. Ser sacerdote diocesano es una gracia, una bendición del cielo, un regalo. Tu familia son también tus hermanos del presbiterio diocesano, tu obispo… recuerda lo que decía el papa Francisco sobre las cuatro cercanías y guarda esto en tu corazón siempre.
Entonces comprenderás, con la serenidad de los santos y con la verdad del Evangelio, que el ministerio nunca fue obra tuya. Siempre fue de Dios y podrás repetir, no como una frase hermosa, sino como la confesión de toda una vida, como dice el sacerdote de la obra de Bernanos, en Diario de un cura rural: «Todo es gracia».
Querido hermano José, te deseo que pienses que el testimonio más profético que se pueda esperar de ti sea el de un sacerdote que vive con paz, que escucha con paciencia, que ama sin cálculos y que deja que Cristo sea el verdadero protagonista y compañero de camino.
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

