El amor como regalo de Dios

Cuando leemos la Palabra de Dios en estos domingos de Pascua aparece con insistencia la necesidad de trabajar por la cultura del encuentro, que tantas veces nos recuerda el Papa Francisco. Una cultura que nos facilita la comunión, trabajar en sinodalidad, valorar al otro, como un hermano. La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida. El Papa nos pide mucha atención para seguir adelante y trabajar en la dimensión de fraternidad, que nos debe caracterizar, a pesar de que sepamos que en este mundo existen muchas facetas, formas de ver las cosas y múltiples matices, sin embargo, todos formamos una unidad, cargada de matices, pero el todo es superior a la parte (cf. FT, 215). Es en el encuentro con los otros donde encontramos nuestra verdadera esencia (FT, 87). A una persona que solo está pendiente de sí misma, desinteresada e indiferente a los demás, le tiene que costar mucho reconocer a Cristo en carne mortal, ver a Cristo en la calle, en su trabajo, en el que sufre.

Jesús habita en el corazón de cada hombre para hacerle capaz de amar de verdad y el hombre, amando, se abre cada vez más a Dios. El incrédulo no puede tener esta experiencia, porque se ha separado de la fuente de la vida, porque se ha negado a escuchar a quien le ofrece gratuitamente la salvación, cerrándole las puertas, eso mismo les impidió a fariseos y escribas reconocer el amor de Dios. El creyente, por gracia de Dios, reconoce a Cristo en el hermano que anda con dificultades y, cuando es capaz de reconocer las dificultades del hermano, cuando le conmueven sus problemas, empieza a acercarse a él con compasión y se hace prójimo, dispuesto a ayudarle, a curar sus heridas. Este compromiso es tan valioso, que le hace compañero de viaje, amigos que comparten el mismo camino.

Lo que afirma san Juan de la Cruz nos ayudará a plantearnos las cosas y tomar en serio nuestra vida creyente: «La fe y el amor serán los lazarillos que te llevarán a Dios por donde tú no sabes ir. La fe son los pies que llevan a Dios al alma. El amor es el orientador que la encamina» (Cántico Espiritual, 1,11). Sí, por medio de la fe y del amor, tan sencillo, tan contundente. Con esta rotundidad lo leemos en el Catecismo: «La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero» (CIC. 2093). Pero como Dios nos conoce y sabe de nuestra debilidad y de la lentitud para tomar decisiones, a causa de nuestros miedos o intereses personales, por eso nos ha enviado al Defensor, al Espíritu Santo, que será «quien nos lo enseñe todo y nos lo vaya recordando».

Os propongo hacer nuestra la oración del Santo Padre en Fratelli tutti: «Señor, […] infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal. Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz. Impúlsanos a crear sociedades más sanas y un mundo más digno, sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras». Y os deseo que la paz de Cristo reine en vuestros corazones (Col 3,15), que es como desear la alegría de Jesús Resucitado.

+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

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