Mons. Rafael Zornoza, en su toma de posesión

Homilía del nuevo Obispo de Cádiz, Mons. Rafael Zornoza Boyi, en su toma de posesión esta mañana en la Catedral de Cádiz.

He aprendido nada más llegar esa copla vuestra, que canta:
A Cái no le llaman Cái
que le llaman relicario,
porque tiene por patrona
a la Virgen del Rosario

Quiero que sea para ella mi primer saludo poniéndome bajo su amparo y protección y ofreciéndole mi persona y ministerio. La visité nada más llegar y esta tarde, con la Salve, le ofreceré la bula papal de mi nombramiento y, con ella, mi persona y ministerio.  Os encomiendo también a vosotros, al maternal cuidado de la Virgen María.

1          Saludo al Sr. Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, al Sr. Arzobispo Metropolitano de Sevilla, a los Sres. Arzobispos y Obispos.

Saludo con especial gratitud a D. Antonio Ceballos, pastor de esta diócesis durante los últimos dieciocho años, queridísimo de todos, de bondad ejemplar, que ha dejado aquí su vida y su corazón, gobernando con acierto, con celo y mansedumbre. Esta será siempre su casa, D. Antonio, porque también la tiene en los corazones de todos y, aunque se aleje un tiempo de aquí, deseamos tenerle siempre cerca para gozar de su amistad y consejo.

Saludo cordialmente a las autoridades civiles, militares y académicas; A las autoridades autonómicas, a la Sra. Alcaldesa y la corporación municipal. etc. Gracias su presencia.

Os saludo afectuosamente a todos los diocesanos de Cádiz y Ceuta: al C. Consultores, al Cabildo de la Catedral, a todos los sacerdotes, consagrados, religiosos y religiosas, seminaristas, laicos, asociaciones, movimientos, hermandades. También a los medios de comunicación y a quienes participan en esta retransmisión, especialmente a mi madre enferma y a los monasterios de clausura.

Bienvenidos también cuantos habéis viajado desde Getafe y Madrid para acompañarme, vicarios, sacerdotes, familias, jóvenes, seminaristas. Muchas gracias. Mi saludo para vosotros con especial cariño.

2          Me presento ante vosotros como el que viene en el Nombre del Señor. No tengo más credenciales. Dios me ha conducido hasta aquí después de una intensa y gozosa vida sacerdotal y unos años de obispo. He dicho “sí” al Señor cuando El me lo ha propuesto por medio del Santo Padre, a quien corresponde el cuidado de todas las Iglesias, como dije “sí” cuando me llamó al sacerdocio, y cada vez que me ha pedido otros servicios ministeriales. Así he caminado en mi vida dejándome conducir por Dios en la docilidad que prometí –como todos vosotros, sacerdotes y consagrados—  al comienzo de mi ministerio, con la satisfacción contínua y la experiencia de que El nunca defrauda, que llena de gozo el corazón de los que le sirven.

3          Gracias, por tanto, en primer lugar, al Santo Padre que ha puesto su confianza en mi humilde persona. Transmita, Sr. Nuncio, a Su Santidad Benedicto XVI mi agradecimiento y fidelidad. Espero, con la ayuda de Dios, no defraudar a la Santa Iglesia, y servirla como el Señor espera de mí.

4          Hemos escuchado en el evangelio un diálogo cautivador entre Jesús Resucitado y el apóstol San Pedro, una conversación realista en la que Pedro se entrega humildemente al Señor, a pesar de su amor deficiente, y Cristo le pide que apaciente sus ovejas. El apóstol deja la vida sus manos y se pone enteramente al servicio de Dios. Me parece una escena especialmente elocuente en esta celebración eucarística, donde se dice que celebramos mi “toma de posesión”. Esta expresión canónica a mí personalmente me lleva a pensar en la toma de posesión más importante de mi vida, la que la determina hasta el día de hoy. Fue aquel momento en que, con el gesto de las manos extendidas, el obispo que me ordenaba me impuso las manos invocando sobre mí la fuerza del Espíritu Santo.

El Señor puso su mano sobre quienes recibíamos las sagradas órdenes, como diciendo: este es mío; y somos suyos. Desde entonces, sencillamente la vida ya no me pertenece. Dios, que me la dio, la tomó para una misión universal, eclesial. Y ahora me entrega a vosotros, Me parece que más que tomar esta diócesis en propiedad para mí, soy yo quien se entrega a vosotros y sois vosotros quienes tomáis posesión de mí.

Quiero, por tanto, renovar hoy –como lo hace San Pedro—, mi amor a Cristo, que nos hace capaces porque El es la fuente del amor.  El es quien “nos amó primero”. El me pone a vuestro servicio y me vincula a vosotros, a quienes ya quiero servir abnegadamente con el corazón del Buen Pastor.  Confío plenamente en El pues, quien me toma entre sus manos, también, con ternura, “me cubre con la palma de su mano”, que es lo que hacemos cuando bendecimos. Yo se que de su amor incondicional nos podemos fiar.

Pedidle al Señor por mi para que sea fiel a su Iglesia, que no es nuestra sino suya. Que sepa conduciros hacia el Dios vivo, y os transmitir la fe, que es el gran tesoro para este mundo y para nuestro tiempo. Rogadle que me conceda serprudente y vigilante, que busque la verdad  para mirar a cada uno con libertad de espíritu y sin prejuicios. Yo le pido ser humilde y cercano, para transmitir la bondad de Dios, la relación viva con Jesus, el dialogocon El, y la gracia de sus sacramentos.

5          Esta iglesia de Cádiz y Ceuta tiene una antiquísima historia llena de frutos de santidad, con profundas raíces cristianas que están patentes en sus santos, en su espléndida piedad popular y en su patrimonio artístico. En ella encuentro una fuerte llamada para imitar a sus pastores santos, y a la responsabilidad de profundizar en la fe de los apóstoles y de los mártires que nos han precedido —como San Germán y San Servando— para acrecentar nuestra vida cristiana y responder con fidelidad a la misión que el Señor nos confía hoy.                                    

Desde la era apostólica en que llega a nosotros la fe hasta el Beato Juan Pablo II,contemporáneo nuestro cuya fiesta celebramos hoy, podemos contemplarla unidad de la Iglesia en su historia, que constituye ese “nosotros” de la fe por el que nos reconocemos como “un solo cuerpo” (Rom 1,3), y participamos en el “yo” de la Iglesia que es sacramento de Cristo vivo en el mundo, con su misma vida administrada en sus misterios por los pastores, con la misma verdad. Aun parece que escuchamos al Papa Beato que nos dice, Duc in altum, “rema mar adentro”, y que nos sigue invitando a ser santos, a ser amigos de Cristo, quien camina a nuestro lado y guía a la Iglesia hacia la plenitud de la verdad y de la vida. La voz de nuestro querido Juan Pablo II es acorde con los santos patronos del siglo II, y con San Daniel y sus compañeros mártires, y con la del Beato José Diego de Cádiz, y San Francisco Javier y San Juan de Ávila, apóstol de Andalucía y próximo doctor de la Iglesia. Nuestra vida, nuestro corazón y nuestras palabras están en continuidad armónica con todos ellos para mostrar a Cristo Redentor del hombre, siempre actual, el mismo “ayer, hoy y siempre”, y que responde con su eterna novedad a quien busca la vida para siempre.

6          No soy capaz de decir en este momento qué caminos pastorales concretos haremos juntos, que objetivos debemos compartir, pero es evidente que debemos profundizar en nuestro seguimiento de Cristo. Por tanto creo que acierto si os propongo ya desde ahora, como nuestra gran meta, evangelizar. La iglesia entera renueva hoy su esfuerzo por una nueva evangelización promovida por el Santo Padre y esperada con ilusión por todos, para una sociedad que pierde la esperanza cuando olvida sus raíces cristianas. Por lo que sé, coincide con vuestros recientes planes pastorales y el impulso del Sínodo Diocesano de hace diez años.

“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz!” (Is 52,7). Una sociedad herida por el nihilismo posmoderno no puede ser esperanzada. Donde reina la nada no puede haber alegría por algo, no hay futuro, ni eternidad ni gozo. La vieja Europa devastada por las trágicas guerras del s.XX recuperó sus bienes, pero no sus coordenadas para vivir. Ni siquiera la sociedad del bienestar ha podido ocultar su vacío. La agobiante crisis económica ha puesto de manifiesto otra, la más profunda y determinante: la falta de valores, el imperio del egoísmo y, en suma, la pérdida de Dios.

A nosotros, cristianos de este pueblo, nos pueden faltar recursos, medios, etc,…; cualquier cosa menos esperanza. Ser cristianos nos impide caer en el desánimo, si estamos “arraigados en Cristo, y firmes en la fe” (Col 2,2). Lo nuestro, lo típicamente cristiano, es la esperanza, y con ella, el ánimo (virtus), el gozo, no sólo de vivir y de experimentar que tenemos futuro, que Dios nos ama y espera —(¡El sí que cree en nosotros!)—, sino de ser portadores de la Buena Noticia para el mundo, la que saca de las crisis, la que crea una nueva humanidad, la que necesita el mundo abatido y menesteroso que nos rodea. Y de esta misión no podemos desertar. Quisiera, por tanto, desde ahora, renovar y alentar la esperanza cristiana, porque el mensaje del evangelio es el mensaje del futuro, la respuesta de Dios a la búsqueda del hombre de hoy. Nada tan oportuno y necesario, nada tan verdadero.

En la cultura secularizada del mundo occidental se tiende a hacer desaparecer a Dios de la conciencia pública, se desvanece el carácter singular de la persona de Cristo y se duda de los valores predicados por la Iglesia. Este es hoy nuestro desafío, un reto providencial que debe hacernos reaccionar con ilusión, lejos de la resignación y del desaliento. El mundo nos pide hoy más que antes que seamos testigos, que demos razón de nuestra fe, que mostremos nuestro gozo por ser seguidores de Jesucristo, que vive resucitado, que nos ha robado el corazón y que nos enseña en la Iglesia la razón última de las cosas, puesto que es la Verdad y la Vida.

Hermanos: “Que la esperanza os tenga alegres” (Rm, 1,14). Es urgente comunicar la alegría que nace de la fe y de la experiencia del amor de Dios.  “¡Grita jubiloso, porque Dios ha visitado a su pueblo!” escuchábamos al profeta Isaías. Las personas necesitan hoy ser llamadas de nuevo al objetivo último de su existencia; en su interior hay una profunda sed que sólo Dios puede saciar con su amor infinito. Sin Dios, que nos da lo que nosotros por nosotros mismos no podemos alcanzar (cf. Spe salvi, 31), nuestras vidas están realmente vacías. Cada persona necesita cultivar una relación con Cristo, que ha venido para que tengamos la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). La meta de toda nuestra actividad pastoral y catequética, el objeto de nuestra predicación, el centro mismo de nuestro ministerio sacramental ha de ser ayudar a las personas a establecer y alimentar semejante relación vital con “Jesucristo nuestra esperanza” (1 Tm 1,1).

7          Pero ¿qué debemos hacer? Lo primero, a mi entender, es “ser”: ser lo que somos, vivir a fondo lo que el Señor nos ha concedido ya. Es preciso restablecer la primacía del ser sobre el hacer, más aún, la primacía de la gracia, que es principio esencial para una programación pastoral (Cf. Past Greg 12). Seamos verdaderamente creyentes, amigos del Señor, coherentes, fieles de Cristo, cristianos. Queridos sacerdotes, religiosos, laicos; jóvenes, adultos, ancianos o niños; casados, consagrados o solteros; vivamos nuestra vocación con santidad. Es decir, vivamos intensamente nuestra fe, ahora que comenzaremos este “año dedicado a la fe” que acaba de proponer el Santo Padre para “recordar la belleza y la centralidad de la fe, la exigencia de reforzarla y profundizarla a nivel personal y comunitario”(Benedicto XVI, Angelus 17.10.2011). Seamos hombres nuevos y testigos del Señor, “amigos del Hijo de Dios que nos da la vida y la vida en plenitud” (id., Porta fidei, 2).

Ser cristianos es compartir una relación con Dios que transforma la vida, y nos proporciona una profunda fraternidad, una nueva humanidad, una la voluntad firme de servir a Dios a favor del hombre, una vida que es apertura a todos y que transforma el mundo o quiere transformar al mundo según las ideas del Creador. Y quien se deja transformar por Cristo, abre su corazón a la universalidad, a la preocupación por todos, a un amor que no tiene barreras.

8          En cualquier situación social, política, o económica, tendremos que luchar por mostrar la presencia de Dios en el mundo, que hace crecer lo humano cuando acepta que el hombre es imagen de Dios. Podemos expresar con nuestro ejemplo, fácilmente visible en una cultura que se deshumaniza, que vivir cristianamente nos hace más humanos, más libres, si estamos anclados en la verdad,  aunque contradiga la moda del momento, o la confusión del relativismo. Por eso, con una firme conciencia cristiana, debemos ser promotores de una caridad generosa, capaces de compartir los bienes, los trabajos, y hasta la vida con los necesitados, los que no tienen trabajo, los emigrantes, los enfermos… y ser defensores de los derechos de todos. Debo decir, por tanto, que me alegran sobremanera las noticias de vuestra caridad y la atención a los necesitados, en especial a los emigrantes, porque muestran la calidad de vuestra vida cristiana.

9          Hay que continuar haciendo todo lo que se pueda para aliviar las dimensiones humanas, morales y espirituales de la actual crisis económica. Cuando hablamos de desempleo recordamos enseguida el número de los parados, pero ellos no son un número, sino gente que sufre y que está herida en su dignidad humana  (cf. Car inVer n.25).

Nuestra Iglesia está al lado de los pobres, sirve a los que no tienen trabajo y les ayuda a superar sus necesidades; hace ya grandes esfuerzos por alimentar a los hambrientos y dar refugio a los sin techo. Y debemos seguir haciéndolos, pues no podemos desfallecer, porque es un escándalo la pobreza general y la gran falta de trabajo de nuestra sociedad, que debe exigirnos a todos colaborar para encontrar modos eficaces para promover el bien común en la vida social y económica. Es el momento de cada uno asuma su propia responsabilidad personal o institucional para crear puestos de trabajo y vencer la pobreza que hace estragos. Y reconozcamos a la luz de Dios  —como lo hace la Doctrina Social católica—. que para construir una sociedad más justa, el hombre de hoy debe salir se su relativismo moral  y superar la cultura del egoísmo y de la muerte. Que la pobreza haga brillar más en nosotros la riqueza del amor de Dios. Recordemos, además,  –con palabras de la Beata Teresa de Calcuta— que nadie tiene mayor pobreza que quien no saber amar.   

Os invito a vivir la “fantasía de la caridad” –como indicaba el Beato Juan Pablo II— para hacernos profetas del amor de Dios y mostrar a todos la belleza de la vida cristiana —también a los alejados de la Iglesia—, porque la felicidad que buscamos tiene un nombre y un rostro: el de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre que nos ama y nos busca.

10          Celebremos por tanto nuestra fe. Cristo el Señor, que resucitado vive para siempre, se hace presente en esta santa liturgia que nos une en comunión con Dios y con toda la Iglesia, presidida por este indigno siervo suyo, pero que por la sacramentalidad de la Iglesia, por la fuerza del Espíritu, es sucesor de los apóstoles y representante del Señor. Pidamos por intercesión del Beato Juan Pablo II quepueda gastar mi vida y serviros como Aquel que “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos". Pues mi oficio y autoridad es un servicio a la unidad y a la comunión que solo se concibe como un servicio de amor (cfr. Chr Dom 16),  al servicio de Dios  y al servicio de los hombres. AMEN.

+ Rafael Zornoza
Obispo de Cádiz
Catedral, 22 de octubre de 2011

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