La indiferencia global y su antídoto

Carta del Obispo de Cádiz y Ceuta, Mons. Rafael Zornoza Boy.

La isla de Lampedusa, testigo de la muerte de miles de inmigrantes desesperados por salir de la miseria y la violencia, lo ha sido también de la visita del Santo Padre que, la semana pasada, se trasladó allí. Lleno de fuerza profética, el papa Francisco habló de «la cultura que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles a los gritos de los demás, nos hace vivir en burbujas de jabón, que son hermosas, pero no son nada, son la ilusión de la vanidad, lo temporal, la indiferencia hacia los demás. Lo tituló con acierto como la «globalización de la indiferencia».

Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los demás que no nos concierne, o no nos importa; ¡no es nuestro negocio!» Esta «globalización de la indiferencia» es una auténtica lacra de nuestro tiempo que ha perdido la capacidad de «sufrir con», es decir de la auténtica «com-pasión».

El Santo Padre, sin embargo fue más allá. No hizo sólo un llamamiento más a la solidaridad. A mi entender, proporcionó un aldabonazo a nuestra forma de mirar la vida. Somos sensibles tan solo a lo que está cerca de nosotros, a quienes vemos sufrir con nuestros propios ojos: a las familias de nuestro barrio que sufren el desempleo, a los indigentes que encontramos en nuestras calles. Esto tiene un gran valor. Pero en una sociedad sentimentalizada donde priman las emociones sobre las verdades, se nos saltan las lágrimas por ciertas cosas, pero no por otras, gravísimas a veces. Ya no nos conmueve el desprecio de la vida, la destrucción de la familia que deja a su paso un tremendo campo de batalla lleno de heridos de guerra, ni el desinterés por el bien común.

Abramos ahora los ojos con él ante los emigrantes, porque es una realidad que llega a nuestras vidas a través de números y estadísticas, noticias continuas que ya no nos inmutan. Ayer mismo Salvamento Marítimo recogió otro muerto al sur de Cabo Roche. Estos días atrás 5, 10 o más. Escuchamos fríamente que el número de los inmigrantes ilegales en España ha crecido en un 20 %» . Bajo el nombre de «inmigrante ilegal» se esconde una indiferencia terrible, como si no fuese con nosotros, como si en realidad su situación legal les hiciese menos dignos que cualquiera de nosotros. Es muy importante que se incrementen las políticas de ayuda a los países de origen para que puedan darse las condiciones de justicia y paz que les permita vivir sin tener que huir de sus casas abandonando familia, hogar y patria. Pero, de modo más próximo se extiende una mentalidad por la que la palabra «ilegal» se convierte en una excusa que permite admitir un trato de desigualdad con respecto a los inmigrantes. Me refiero a los contratos «ilegales» en el campo, en el servicio doméstico, etc. que consideran «normal» un trato vejatorio y discriminador de estas personas.

Una sociedad civilizada debe ser sensible y buscar soluciones justas, que respeten la dignidad y la igualdad de todos. Nuestra comunidad cristiana, comenzando por la parroquial, debe asumir la mirada compasiva de los ojos de Dios para acogerles e integrarles en la vida parroquial ordinaria, hasta que se sientan parte de la comunidad. Es un reto para el que nos estamos disponiendo con dedicación creciente. El Estrecho es nuestro Lampedusa. Y no podemos mirar hacia otro lado. Con el Papa Francisco tenemos que pedir a Dios «la gracia de llorar por nuestra indiferencia, la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, incluso aquellos que desde el anonimato pueden tomar decisiones con las condiciones socioeconómicas para allanar el camino de dramas como éste».

La responsabilidad no es de otros, es de cada uno de nosotros. Las fuerzas que cambian el corazón de una persona son las que pueden cambiar el mundo entero. Examinemos nuestra conciencia y pongámonos manos a la obra.

En nuestra diócesis de Cádiz existen varios Centros de Internamiento de Extranjeros (CIES) de los repartidos por toda España. Allí se encuentran estos inmigrantes, pobres supervivientes sin nada más que su vida rescatada de mil desdichas. Son ilegales, no delincuentes, pero la gente no distingue tanto, porque están «presos», en una situación jurídica extraña que pide a voces una solución. La Iglesia lucha para regular la presencia de capellanes y agentes de pastoral en estos centros para poder atenderles con cercanía y cuidado. Porque, además, su misión continúa cuando salen de allí, si es que no son repatriados. Si escuchásemos el aldabonazo de Lampedusa se podría evitar mucho sufrimiento.

La caridad de los voluntarios, sacerdotes y fieles que se les acercan, es anónima para nosotros, pero ellos nunca olvidarán que en sus rostros encontraron la ternura de Dios y la respuesta a sus angustiadas oraciones. Ciertamente hay también una globalización silenciosa de la caridad y hay miles las personas que se preocupan de la suerte de sus hermanos. Porque, junto a las trágicas muertes en el mar, conviven quienes acogen a los vivos y entierran a los muertos, cuantos comparten su aflicción y les ayudan con sus bienes. He aquí en antídoto.

El Papa ha hecho al mundo y a cada uno de nosotros estas tres inquietantes preguntas: «Adán, ¿dónde estás? Caín ¿dónde está tu hermano? ¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como este?». Son preguntas para el hombre que «piensa que será poderoso, que podrá dominar todo, que será Dios». Pero que vive «equivocado» y «desorientado» porque que ha perdido la armonía con la creación, consigo mismo y con los demás.

El «otro», ya no es «un hermano a quien hay que amar sino simplemente alguien que molesta en la vida, en mi bienestar». El sueño y la quimera de «ser Dios», lleva al hombre a cometer «una cadena de errores, le lleva a derramar la sangre del hermano». Dios nos pregunta aun, «¿dónde está tu hermano?» Porque tantos «no estamos atentos al mundo en que vivimos, no nos ayudamos, no protegemos lo que Dios ha creado para todos. Y cuando esta desorientación alcanza dimensiones mundiales, se llega a tragedias como ésta a la que hemos asistido».

«La pregunta ¿dónde está tu hermano? – ha insistido el Papa- no va dirigida a otros. Es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros». No responder adecuadamente nos hace cómplices de un mal que pronto se volverá también contra nosotros.

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