XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Diócesis de Almeríahttps://diocesisalmeria.org/
La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

Lecturas: 2 Re 5, 14-17. Volvió Naamán al hombre de Dios y alabó al Señor. Sal 97. El Señor revela a las naciones su salvación. 2 Tim 2,8-13. Si perseveramos, también reinaremos con Cristo. Lc 17,11-19 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?

La salvación que Dios nos ofrece posee un carácter universal. Es don para todos los hombres de cualquier raza, pueblo o nación. El milagro que nos presenta el evangelista y que amplía la sanación de la primera lectura, nos muestra que el dolor hermana a quienes creemos que nos separa la raza o la religión y que Dios no es indiferente, mudo o impotente ante nuestro dolor. Eliseo (significa “Dios salva”) cura de la lepra a Naamán, general del ejército del rey sirio. No pertenecía al pueblo elegido. Dios no hace acepción de personas. La sanación no procede de un ritual mágico. El Dios de Israel extiende sobre el extranjero la oportunidad de una vida renovada. La respuesta del hombre, ¡sólo es un hombre que sufre!, es de un profundo agradecimiento. Ocho siglos más tarde la rivalidad entre judíos y samaritanos, habitantes del centro y sur de Palestina respectivamente, provocada por controversias religiosas sobre la “ortodoxia” de unos y la “heterodoxia” de otros había provocado un desprecio mutuo que había levantado murallas infranqueables.

En este marco temporal y espacial sitúa el Evangelista una cacofónica asamblea de aullidos. Los desgarros guturales se entremezclan y sólo algunas palabras sobresalen por encima de otras: Jesús/compasión. Diez hombres, ¡sólo hombres que sufren!, golpean las puertas del cielo con la aldaba del dolor sobre la puerta del pecho del Hijo de Dios.  Apenas reconocibles como hombres se han convertido en harapientos del alma, desaliñados de experiencias de soledad y gritando, siempre gritando sin ser escuchados (como mandaba el precepto, los preceptos de todos los tiempos). Su camino acabará desembocando en quien es CAMINO para todo hombre. Los caminos de los dañados siempre están frecuentados por Él. Los nueve recibieron la curación, pero no la sanación. Siguieron cómodamente instalados en los mecanismos que generan marginación y desprecio al ser humano. Una nota disonante recorrió el camino de vuelta para agradecer el encuentro con el Señor. Ahí surgió el verdadero milagro y el gran despertar de la comunicación y comunión agradecida con el Dios de la vida. En la Eucaristía seamos como esa nota discordante que sabe agradecer.

Ramón Carlos Rodríguez García

Rector del Seminario

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