Homilía del domingo XVI del T. O.

Lecturas bíblicas: Jr 23,1-6; Sal 22,1-6 (R/. «El Señor es mi pastor, nada me falta»); Ef 2,13-18; Aleluya: Jn 10,27 («Mis ovejas escucharán mi voz»); Evangelio: Mc 6,30-34.

            Queridos hermanos y hermanas:

Jesús es el Buen Pastor por medio del cual es Dios mismo quien pastores la grey de su pueblo, tal como lo había prometido por medio de los profetas. La crítica del profeta Jeremías a los malos pastores es en principio crítica a los dirigentes y rectores del pueblo elegido profeta Jeremías, a los gobernantes del reino de Judá que no han desempeñado a satisfacción de Dios el ministerio que tienen confiado. No conducen a las ovejas al redil de Dios, sino que las dispersan y las dejan perecer. San Jerónimo comenta que hay que atender a su exclusión de la cadena mesiánica de los reyes de Judá del rey Joaquín, conocido como Jeconías, que gobernó el reino del sur algunos meses entre los 598 y 597 antes de Cristo, siendo deportado a Babilonia. El profeta le excluye como «un sin hijos, un fracasado en la vida», porque ninguno de sus descendientes se sentará en el trono de David (cf. Jr 22,30)[1]. Sin embargo, Jeconías fue liberado el año 562 a. C. por el sucesor del rey babilonio Nabucodonosor II, y su nombre aparece en la genealogía de Jesús del evangelio de san Mateo (1,12), como padre de Salatiel y éste como padre de Zorobabel, al cual el rey persa Ciro tras vencer a los babilonios lo nombra alto Comisario para organizar y gobernar a los liberados del cautiverio, una vez vueltos del destierro a su tierra de Judá[2].

San Jerónimo ve el alcance del texto profético porque la crítica a los pastores va más allá de los gobernantes y alcanza también a los dirigentes religiosos del pueblo elegido, a los escribas, maestros de la ley y a los fariseos. La sinagoga judía no ha reconocido a Jesús y sus dirigentes serán sustituidos por los apóstoles y los pastores de la Iglesia, como serán sustituidos los herederos reales para dejar el trono a un Germen o «vástago de David» (cf. Jr 13,16; Zac 3,8 y 6,12), en quien la Iglesia reconoce al mismo Cristo Jesús, «nacido según la carne de la estirpe de David» (Rm 1,3). Este nombre se dará al Mesías, cuando «estará a salvo Judá e Israel habitará seguro. Y le pondrán este nombre: “el Señor-nuestra-Justicia”» (Jr 23,6).

Por esto, además de anunciar que pedirá cuentas de su mala gestión a los malos pastores, el profeta se referirá a los pastores a los que Dios confiará el resto de sus ovejas. Son los pastores que han de reunir a su rebaño de las tierras donde las dispersó atrayéndolas a sus dehesas para que crezcan y sea multipliquen: «Les pondré pastores que las apacienten, y ya no temerán ni se espantarán. Ninguno se perderá oráculo del Señor» (Jr 23,4).

El texto sigue criticando a los malos pastores incluyendo también entre ellos a los falsos profetas y a los malos sacerdotes (Jr 23,11). Esta primera lectura es, por eso, rica de contenido y alcance profético, pues mira a Jesús como el pastor bueno en el cual Dios mismo será pastor de su pueblo, y a su continuidad en los pastores de la Iglesia. Hemos recitado el salmo responsorial 21/22, que expresa la infinita confianza de la grey de los redimidos. El que cree en Jesús nada teme, «aunque camine por cañadas oscuras, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sal 22,4), sigue a Jesús pastor bueno que, al ver la multitud que le seguía, «sintió lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor» (Mc 6,34).

Jesús instruye a sus discípulos como los fariseos y los escribas instruían a sus discípulos, y los invita a ir a un lugar apartado donde puedan descansar lejos de la multitud. La vida andariega de Jesús y sus discípulos era cansada para cuantos le seguían, como lo era para él y sus discípulos, que necesitaban descanso. Al comienzo del evangelio de san Marcos, cuando Jesús elige a los Doce de entre los muchos discípulos que le seguían, se dice que los llamó para enviarlos a predicar, pero se observa que Jesús quiere formar con ellos una comunidad fraterna a la que prepara progresivamente para la misión mediante el contacto estrecho y la instrucción personal de los discípulos a su lado: «Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14). Lo quiso así, porque es en la soledad y en la comunión con Jesús, en el estar junto a él y participar de su trato personal con él como se forja un apóstol de Cristo. La compasión que Jesús siente por los que le siguen desorientados, en busca de certeza y de orientación segura, debe alertarles para adquirir ellos mismos la actitud de Jesús ante la gente que le sigue.

En el aprendizaje del ministerio pastoral es de importancia prioritaria estar con Jesús en la oración ahondando en el evangelio y experimentando su amor en sentida comunión con él ante el Crucifijo y ante la reserva sacramental de la Eucaristía. Este aprendizaje de los llamados a ser pastores de la grey del Señor, es asimismo de primera necesidad para los cristianos que quieran nutrir su vida espiritual de la fuente donde mana la vida que nos ha venido de Dios en Cristo. En una sociedad donde cuenta la actividad productiva, es preciso aprender a descansar tomando el tiempo necesario para dar sentido a la acción, evitando caer en el activismo que todo lo vacía, dejando nuestras acciones desprovistas de verdadero contenido portador de significación. Junto a Jesús el discípulo aprende qué es misericordia, al saberse elegido como creyente y como discípulo de Jesús por pura gracia, tal como dice san Pablo en la carta a los Efesios: «por gracia estáis salvados mediante la fe… Somos, pues obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús» (Ef 2,8.).

La carta a los Efesios que comenzábamos el pasado domingo, continúa hoy insistiendo en nuestra existencia en Cristo Jesús, cuya sangre nos reúne a los que antes estábamos dispersos. En esta congregación en Cristo somos atraídos por él a la comunión en su persona con Dios y los hermanos. La razón de la vida cristiana no puede ser otra que nuestra existencia en Cristo, porque en él es vencido el pecado de la separación y la división que aleja a los pueblos y naciones unos de otros. La llamada de la predicación evangélica a la unidad en la Iglesia es el fundamento de la paz que sella la convivencia fraterna entre todos los que acogen a Cristo. Nada es tan contrario a la naturaleza de la predicación cristiana como la división de la Iglesia, porque Cristo «es nuestra paz: el que ha hecho de los dos pueblos, judíos y gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: la enemistad» (Ef 2,14).

Vivimos tiempos de división en la Iglesia, donde la descalificación entre sectores debe dar paso al entendimiento en la fe común compartida en fidelidad al Evangelio de Cristo, con sincera voluntad de servir a la sociedad, pero sin ceder ante lo que es incompatible con la fe cristiana. Si Cristo ha reconciliado a la humanidad con Dios haciendo de judíos y paganos un solo pueblo, como declara san Pablo en la carta a los Efesios, los católicos no podemos vivir enfrentados entre nosotros, porque Cristo ha querido hacer de la Iglesia como un sacramento de unidad, un signo vivo y eficaz de la unidad de todo el género humano[3]. La unidad de los cristianos es condición de la paz de la Iglesia, que se irá haciendo realidad en la medida en que cada uno de los bautizados haga de Cristo la razón de la vida, y así se lo haga saber con la palabra y la vida misma a los demás.

Nuestra unidad será una señal para el mundo y una llamada a la conversión a Dios y a Cristo, y este testimonio pasa por la unidad de cada Iglesia diocesana, cuyo fundamento visible es el ministerio del Obispo diocesano, a cuyo margen no es posible mantener la unidad de la comunidad eclesial diocesana para llevar al mundo un mensaje de unidad y de paz.

 

S.A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 18 de julio de 2021

 

X Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

[1] San Jerónimo, Comentario al profeta Jeremías, lib. IV 43-45 (Jr 22,29-30 / 23,1-6): ed. bilingüe BAC VII, 361-367.

[2] Sobre genealogía de Mt 1,1-17: Biblia de Jerusalén: Nota a cap. 1.

[3] Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 1.

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