HOMILÍA DEL DOMINGO V DE PASCUA

Lecturas bíblicas: Hch 9,26-31. Sal 21,26-28.30-32 (R/. «El Señor es mi alabanza en la gran asamblea»). 1Jn 3,18-24. Aleluya: Jn 15,4.5 («Permaneced en mí y yo en vosotros, dice el Señor…»). Jn 15,1-8.

Concluimos hoy con la misa del domingo V de Pascua la visita pastoral que como vuestro Obispo diocesano he llevado a cabo a lo largo de la semana a esta parroquia de san Pedro Apóstol. He constatado el momento privilegiado que vive la comunidad parroquial, entregada a una renovación profunda de su larga vida centenaria, creada como fue en 1495, pocos años después de la restauración de la cristiandad en Almería en 1489. Esta iglesia parroquial se levantó sobre el solar del convento de los Franciscanos fundado por los Reyes Católicos, y fue construida a partir de 1795 a 1800 según el proyecto del arquitecto José Antonio Munar siguiendo las pautas del arte neoclásico.

La comunidad parroquial es deudora de las generaciones cristianas que le han dado identidad a lo largo de su historia de cinco siglos, y hoy se enfrenta al reto de la nueva evangelización. La comunidad parroquial de San Pedro Apóstol, como todas las que conforman el tejido de la sociedad cristiana de nuestras tierras, tienen por delante la misión de revitalizar la identidad cristiana de una sociedad que en gran medida ya no se alimenta de la savia de sus propias raíces cristianas, al menos en la forma y la intensidad que cabría esperar de su propia historia. Lo venimos repitiendo, porque el laicismo de nuestro tiempo presiona sobre la vida y las costumbres de la civilización cristiana. En ello reside el desafío que se nos plantea a los cristianos como testigos de Cristo y portadores de la Buena Noticia de la salvación que ha acontecido en su muerte y resurrección.

La comunidad parroquial de San Pedro Apóstol, como todas las que conforman el tejido de la sociedad cristiana de nuestras tierras, tienen por delante la misión de revitalizar la identidad cristiana de una sociedad que en gran medida ya no se alimenta de la savia de sus propias raíces cristianas

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos informa cómo los discípulos del Señor fueron arriesgando su vida, para llevar a cabo la primera evangelización en el contexto social y cultural del Imperio Romano. La adhesión de san Pablo a Cristo, que le salió al encuentro en el camino de Damasco cuando perseguía a la Iglesia, supuso un acontecimiento determinante para la apertura de la misión apostólica ocurrida hasta entonces al mundo helenista. Fue Bernabé el que fue a Tarso a buscar a Pablo para traérselo a Antioquía de Siria, donde habían comenzado a llamar “cristianos” a los numerosos discípulos que Jesús tenía en esta ciudad (cf. Hch 11,25-26). La comunidad de Antioquía era de verdad significativa en aquellos primeros momentos de expansión de la fe en Cristo, y se había formado y enriquecido espiritualmente con maestros y profetas entre los que se vinieron a encontrar el propio Bernabé y el convertido Pablo, después de la persecución desencadenada en Jerusalén tras la muerte de Esteban. Según la tradición apostólica en ella tuvo san Pedro su primera sede, y allí ocurrió la corrección que recibió de san Pablo, por simular que se mantenía apegado a las tradiciones de la ley que los judaizantes querían imponer a todos los cristianos (cf. Gál 2,11-14). Fue también Bernabé el que ayudó a san Pablo a introducirse en la comunidad cristiana de los discípulos en Jerusalén, porque desconfiaban de él como perseguidor que había sido hasta entonces del Camino, nombre que se daba entre los discípulos a la nueva vida inaugurada en Cristo con la predicación del Evangelio. La persecución había dispersado a los discípulos de Jesús y en su huida de Jerusalén fueron anunciando a Jesús y haciendo más discípulos, ahora hablándoles no sólo a los judíos de lo ocurrido con Jesús, sino dirigiéndose también a los griegos y paganos. La noticia de todo ello llegó a oído de los apóstoles en Jerusalén, los cuales enviaron a Bernabé a informarse y consolidar la comunidad (cf. Hch 11, 22).

La nueva evangelización es la tarea que nos mueve y ha de inspirar nuestras acciones, siguiendo el gran magisterio de los últimos papas, desde san Pablo VI al papa Francisco, pasando por san Juan Pablo II y Benedicto XVI. Evangelizar es anunciar a Cristo a aquellos que lo ignoran, y por eso se define en términos de anuncio y predicación, de catequesis y bautismo y de administración de los sacramentos, pero no puede recortarse el contenido pleno de la evangelización. La evangelización tiene como objetivo transformar la realidad mediante la influencia que el Evangelio ejerce «sobre todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad […] La finalidad de la evangelización es, por consiguiente el cambio interior […] convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos»[1].

La finalidad de la evangelización es, por consiguiente el cambio interior […] convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos»

Mas, ¿cómo realizar esta evangelización? El evangelio de hoy nos presenta la alegoría de la vid y los sarmientos, que ilustra bien cómo podemos llegar a una comprensión segura de la acción evangelizadora. Sólo podremos anunciar a Cristo si vivimos de él y permanecemos en él. Sólo así nos inspira y alimenta la savia que corre por el tronco de la vida, que es la vida divina que Cristo nos comunica. La sagrada Escritura compara al pueblo elegido con la viña del Señor de la que habla Isaías transmitiendo una queja y lamento de Dios por la esterilidad de su viña, después de cantar una canción de amor por ella, pues el Señor «la cavó  y despedregó y la plató de cepa exquisita, construyó en ella una torre de vigilancia  y excavó un lagar; y esperó que diese uvas, pero dio agrazones […] ¿Qué más se puede hacer a mi viña que no se lo haya hecho yo?» (Is 5,1-4).

La alegoría nos recuerda que Dios cuida la viña para que produzca el fruto esperado, pero para dar fruto se requiere acoger la palabra de Dios y obrar en consecuencia, aunque exija la disciplina que acompaña la vida cristiana, pues a causa del pecado estamos siempre ante el riesgo de desoir la voz del Señor y dejarnos seducir por el Maligno. En este sentido, la alegoría de la viña en adquiere matices propios en palabras de Jesús, que habla de la necesidad de cortar los sarmientos que se secan, para que la vid dé fruto. La conversión a Cristo y vivir de él requiere desterrar cuanto de pecaminoso amenaza la vida espiritual del cristiano, para dar frutos de vida eterna, evitando el castigo que representa la exclusión de los sarmientos secos, que se agavillan para arrojarlos al fuego. El profeta Ezequiel se sirve de la alegoría de la vid con referencia expresa al leño que se echa al fuego para que lo devore (Ez 15,4). También en el salmo ochenta, que pide la restauración de Israel y suplica al Señor que vuelva a poner la vista en su pueblo, el salmista contempla al pueblo elegido como viña abandonada por su infidelidad a la alianza, y suplica a Dios: «Dios del universo, vuélvete: / mira desde el cielo, fíjate, / ven a visitar tu viña. / Cuida la cepa que tu diestra plantó… La han talado y le han prendido fuego; / con un bramido hazlos perecer» (Sal 80,15-17).

En el evangelio de san Juan que hemos proclamado, Jesús explica a sus discípulos que sólo es posible dar fruto abundante permaneciendo en él: «porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Sólo quien permanece adherido a Jesús fructifica, porque «la gloria de mi Padre —dice Jesús— está en que deis mucho fruto, y seáis discípulos míos» (Jn 15,8). Esta es la clave de toda evangelización, por eso anunciar a Jesucristo es llevar a los hombres al encuentro con Cristo, único salvador. Se entenderá que durante la visita haya insistido en que la catequesis es el instrumento de primera importancia para hacer cristianos, ya que al anuncio sigue la instrucción en la fe que inspira el testimonio y se acredita por las obras, porque la permanencia en Cristo exige coherencia y cumplir los mandamientos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama […] Si alguno me ama, guardará mi palabra… el que no me ama no guarda mis palabras» (Jn 14,21.23).

Por eso hemos de recordar las enseñanzas de san Juan Pablo II, que afirma cómo es preciso subrayar, en primer lugar, que «en el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, “Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”, que ha sufrido y muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para siempre con nosotros. Jesús es “el Camino, la Verdad y la Vida”, y la vida cristiana consiste en seguir a Cristo, en la sequela Christi»[2], es decir, en el seguimiento de Cristo. El santo papa añade, del mismo modo, que en la catequesis es determinante un enfoque cristocéntrico, porque a través de la catequesis «no se transmite la doctrina de un determinado maestro, sino la enseñanza de Jesucristo, la Verdad que Él comunica o, más exactamente, la Verdad que Él es… lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él»[3].

Es, entonces, imposible transmitir a Cristo si no se vive de él y si no permanecemos en él acreditando nuestra vida en Cristo mediante las obras y la caridad.  La catequesis introduce en el amor a Cristo que incluye el amor a los hombres nuestros hermanos. La primera carta de san Juan, que hemos escuchado como segunda lectura, une la fe en Jesucristo con el amor recíproco entre quienes se saben hermanos en él, pues reitera el evangelista las palabras de Jesús que hemos escuchado: «quien guarda los mandamientos permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 3,24). De ahí que la comunidad parroquial deba afrontar con asidua dedicación la catequesis de la infancia y la juventud, pero también en sus diversas formas la catequesis de adultos mediante la predicación y las conferencias parroquiales de formación; y, cuando sea preciso, mediante el catecumenado de los que vienen a la fe, siguiendo las pautas establecidas por la Iglesia. Todo ello sin perder de vista que la transmisión de la doctrina de la fe no es tanto la transmisión de un cúmulo de verdades como la comunicación del amor misericordioso de Dios revelado en el Misterio vivo de Cristo, cuyo contenido es su muerte y resurrección, contenido de la Eucaristía que la misa dominical —y la misa de cada día— hace presente en el altar[4]. Por eso, la catequesis es mistagógica, que significa: la catequesis nos introduce en la intimidad del misterio de Cristo y no lleva a su experiencia en la oración personal y de la comunidad en la celebración de los sacramentos, mediante los cuales Cristo nos conduce «al amor del Padre en el Espíritu Santo y a hacernos partícipes de la vida de la Trinidad»[5].

Se hace necesario revitalizar los diversos apostolados que han de concretar el compromiso evangelizador de la comunidad parroquial; y la diaconía, el servicio permanente a los necesitados y marginados, para que en la caridad de la comunidad cristiana brille la fe que profesamos.

La vida en Cristo inspira una conducta ética que se sigue de los principios del Evangelio y se alimenta de la celebración de la sagrada liturgia y de la oración personal. Para que esta inspiración de la vida alcance todos los ambientes e impregne la cultura, como ya insistía en ello san Pablo VI, afirmando que «el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del reino [de Dios] no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas»[6]. Por esto mismo, se hace necesario revitalizar los diversos apostolados que han de concretar el compromiso evangelizador de la comunidad parroquial; y la diaconía, el servicio permanente a los necesitados y marginados, para que en la caridad de la comunidad cristiana brille la fe que profesamos.

Confío a la Virgen Santísima la necesaria confirmación en la fe y renovación de la vida cristiana de esta comunidad parroquial de san Pedro Apóstol; y en este año jubilar de san José, pedimos su intercesión para que proteja a la Iglesia y suscite las vocaciones que necesitamos para seguir orientando mediante el ministerio pastoral la vida de los cuantos creemos en Cristo.

Iglesia parroquial de San Pedro Apóstol

Almería, 2 de mayo de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

[1] San Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi [EN], n. 18.

[2] San Juan Pablo II, Exhortación Catechesi tradendae [CT], n. 5b.

[3] CT, n. 6.

[4] CT, n. 7a.

[5] CT, n. 5c.

[6] EN, n. 20b.

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