
Desde comienzo de diciembre nos hemos ido introduciendo en una vorágine de citas, reencuentros, comidas, salidas, entradas, cenas… la Navidad cada vez se alarga más. Se trata de una suerte de esprint hasta depositar en el contenedor de reciclaje los papeles de los regalos de Reyes. Si los que no hemos perdido de vista el contexto religioso de la fiesta terminamos agotados, imagino el cansancio de aquellos para los que esta fiesta no consiste más que en reencuentros incómodos con la familia.
Ahora se trata de nuevos propósitos, regreso a la rutina y volver a cultivar hábitos. Por ello volver a la normalidad es un momento feliz donde reencontrarse con Dios. La normalidad es el espacio donde la fe se encarna de verdad, donde se hace constancia silenciosa. Hay que celebrar el acontecimiento extraordinario de la entrada de Dios en la historia; pero, la fe no puede sostenerse solo en base a momentos puntuales. Lo celebrado debe asimilarse, debe aquilatarse e ir transformando la vida poco a poco.
Frente a la intensidad emocional y simbólica de la Navidad, comienza el tiempo de la fidelidad. Rezar, servir y creer. Sin consuelos, sin aplausos, sin signos tan evidentes y visibles. Sabiendo que es aquí donde la fe se purifica y donde el misterio de la encarnación continúa. Es el tiempo más auténtico de la fe que nos lleva a afinar la mirada creyente para dar sentido a la rutina reconociendo la importancia de lo pequeño.
Apagado el machacante sonido de los villancicos en las calles, llega el momento de las preguntas importantes: ¿qué me mueve? ¿qué me desgasta? ¿qué me da paz? ¿hacia dónde estoy conduciendo mi vida? Lo que permanece en el corazón cuando no hay estímulos suele ser una buena pista para discernir. Salen a la luz los deseos profundos y las incoherencias. Se ponen a prueba las intuiciones espirituales lejos del entusiasmo.
Es llamativo que la Navidad se haya convertido en una fiesta de ruido e interferencias para la espiritualidad. Ya que por fin hemos acabado, Dios puede hablar sin competir con ruidos, así que ¡Feliz Normalidad!
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

