EL ÚLTIMO DE LA FILA

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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

No sé si es cosa mía, pero siempre quiero ganar. En las cosas más nimias o en las más importantes. Son esas pequeñas luchas soterradas con quienes nos rodean. Acertar en la X de Pasapalabra, en cómo se cortan mejor los tomates o en el bar donde debimos reservar. El caso es tener razón. Y ya ni te cuento en política, en mi “teoría” sobre el COVID o en la opinión sobre aquel amigo o aquella cuñada. Siempre “estoy en lo cierto”, tú vives en el profundo error. ¡Cuánta energía gastada en tener razón!¡Cuántas heridas provocadas en las pequeñas reyertas! Y todo por un atávico deseo de “poder”.

Y creo que ya me he cansado. No sé si porque el Evangelio al final “cala” o porque me voy haciendo mayor, pero tengo la intuición de que la felicidad va por otra vía: la de la sencillez y la humildad. Por eso ahora, me (os) propongo algunas pistas para vivir más  humildemente.

Admite tus equivocaciones con madurez. Es un ejercicio sano mostrar que no sabes todo, que no controlas todo, que puedes estar confundido. Di “lo siento” con sinceridad. Confía en las buenas intenciones de los demás. La gente, en general, tiene buen corazón. Sus acciones suelen estar motivadas por una buena intención inicial. Sé optimista e intenta ver lo mejor de los demás, aunque algunas veces también se equivoquen. Reconoce tus propios límites. No eres omnipotente. A veces, te cansas porque tus fortalezas son finitas. Descubre tu límite: no lo sabes todo, no puedes con todo, tu opinión no es la única que vale.

El fin de semana pasado celebrábamos el comienzo de la vida pública de Jesús: su “puesta de largo”, y lo hace a lo “grande” haciéndose pequeño, poniéndose el ÚLTIMO DE LA FILA en la cola de los pecadores. Así marcó su estilo y el de Dios. El vaciamiento, la desposesión y el descenso. Y así nos marca la pista a los que pretendemos ser sus seguidores. A más fe, mayor humildad. En eso debe consistir nuestro camino espiritual, y se tendría que notar en nuestra forma de estar con los que nos rodean. Ceder, soltar, agradecer, reconocer los errores, revestir de dignidad la opinión del otro… son algunas de las cosas que nos harán ser reflejos del “estilo” de Jesús.

Una sana humildad (que no auto-humillación) nos sitúa en la capacidad de reconocer los dones de los demás; de aceptar que puedes equivocarte, que no eres infalible. Y sobre todo, te abre a sentirte necesitado… En el caso de la fe, reconocer que necesitamos de Dios: el que nos apoya incondicionalmente. Y cuando no podamos nosotros será su Gracia la que estará trabajando silenciosamente.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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