DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO, por Manuel Pozo Oller

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

La Iglesia de Almería añade a su historia un jalón luminoso de santidad con la beatificación de D. Salvador Valera Parra, hijo de Huércal Overa (Almería). Ejerció su ministerio, además de su villa natal, en las parroquias de Alhama de Murcia y Cartagena. Su vida y ministerio son luz que ilumina una hermosa página evangélica en la que nos tenemos que mirar todos los diocesanos.

En este domingo V del tiempo ordinario Jesús presenta a los suyos cómo han de estar en el mundo, cuál es su tarea y misión (Mat 5, 13,16). El evangelio de san Mateo continúa con la narración del Sermón del Monte, narración que nos ocupará los próximos domingos.

Hoy el evangelio recuerda que los discípulos están llamados a ser sal y luz en el mundo. Tanto el discípulo como la comunidad han de evitar caer en la tentación de encerrase en sí mismos o sentarse a esperar que la soluciones nos vengan del cielo. La misión tiene como tarea “dar el toque de sabor a la vida” y “poner luz y calor” allá donde nos encontremos, aunque seamos pocos en número y las dificultades sean muchas.

Nos detenemos en el símbolo de la sal que nos evoca la esencialidad de las cosas y el misterio de lo pequeño, aquello que pasa desapercibido, pero que en su ausencia se echa en falta. De este modo, la sal aparentemente prescindible, se asemeja a la gota del océano de la que escribía santa Teresa de Calcuta: «A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos mar si le faltara una gota».

El poliédrico símbolo de la sal nos habla de la comunión del discípulo con el Maestro. En la antigüedad comer la sal ofrecida por alguien era sinónimo de “pertenecer a la casa de” (cf.  Esd 4,14), de ahí que, un pacto de sal es un pacto indisoluble y firme (cf. Núm 18,19). La bienaventuranza, el beneficio de este pacto, es el salario que alude a la justa retribución de la vida eterna del seguidor de nuestro Señor.

Desde esta perspectiva de discípulos/apóstoles se comprende bien la afirmación de Jesús: “Vosotros sois la sal de la tierra” (v.13), vosotros sois el punto que llena de sentido/sabor al mundo de tal suerte que la existencia pierde su “gracia” si falta el amor/entrega a Cristo y, en Cristo, a los hermanos.

El símbolo de la sal, por tanto, nos recuerda la vocación y misión del discípulo que, acogiendo el mensaje novedoso de las bienaventuranzas, se aleja de toda corrupción aportando un “toque” de sabor divino a las relaciones y estructuras humanas convirtiéndose en sal y luz para el mundo.

Manuel Pozo Oller

Párroco de Montserrat

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