DOMINGO DE RESURRECCIÓN: el Elefante y la Estaca, por José Antonio Díaz Alonso

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

El niño no lograba entender cómo el elefante, capaz de arrancar de cuajo un árbol, era tan dócil en la arena del circo, sujeto apenas por una delgada y corta cadena en su pata, unida a una pequeña estaca clavada en el suelo.

«¿Por qué no huye?», se preguntaba. Algunos le decían que era porque estaba amaestrado. Pero, si estaba amaestrado, ¿por qué lo encadenaban? Y nadie le daba una respuesta convincente.

Unos años después descubrió a alguien que había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: el elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. El elefantito empujaba, tiraba y sudaba tratando de soltarse, y, a pesar de todo su esfuerzo, no podía. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. El elefante bebé se dormía agotado y, al día siguiente, volvía a intentarlo; y también al otro y al siguiente.

Hasta que, un día, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque cree que no puede. Tiene el recuerdo de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás intentó poner a prueba su fuerza otra vez.

Recorremos la vida atados a innumerables estacas que nos roban libertad: libertad para conocer, libertad para decidir, libertad para ser diferentes. Nacemos en una familia que guarda un silencio ensordecedor en lo que a la transmisión de la fe se refiere. Ahí comienzan a clavarnos la primera estaca en la tierra del olvido de Dios.

Esta ausencia de Dios no cambia mucho en el colegio, el grupo de amigos, la universidad o el trabajo, desde donde nos lanzan una mirada sospechosa si osamos posicionarnos a favor de lo que para algunos no es más que superchería o superstición para débiles.

Como hasta ese momento Dios no ha significado mucho en nuestra vida, elegimos a nuestra pareja en base a la atracción o al simple enamoramiento, y no como el complemento perfecto para construir una escuela de amor donde Jesús sea el centro. Y comienza de nuevo la historia con los hijos.

La estaca que nos retiene en una vida sin Dios es tan fuerte y nos condiciona tanto que, cuando somos adultos, ya no intentamos arrancarla ni rebelarnos contra ese estado de postración. Nos hemos acostumbrado a una vida donde Dios no pinta nada; nos conformamos con alimentarnos de sucedáneos, de migajas, de antinutrientes, confundiendo vivir con lo que en realidad es sobrevivir, abandonándonos a la consigna que otros muchos levantaron siglos atrás y que ha tenido autoridad para anestesiar conciencias al pretender recortar las alas al hambre de trascendencia: pan y circo. Consumo y entretenimiento. No hay más.

No es fácil revertir este drama que desertiza el espíritu humano. La Verdad no se abraza por imposición ni por obligación, sino por atracción. Y pocas cosas tienen tanto poder atrayente como el testimonio de una vida sencilla, coherente, anclada en la experiencia frondosa que ha recorrido las arterias de la historia de la salvación: que somos amados por Dios no porque seamos buenos, sino a pesar de que no lo somos.

El testimonio arraigado en la escucha de la Palabra de Dios, en la práctica sacramental, en la vida de oración y comprometido con el sufrimiento del otro es revolucionario. Ante una vida sin Dios, una vida en Dios nunca cae en saco roto: siempre cuestiona y abre grietas, tímidas o no, por las que la vida de Dios se cuela y destrona nuestros moldes preestablecidos, a su tiempo.

Las grandes transformaciones en la historia han sido obra de la gracia. Es justo y necesario suplicar al Dios viviente esta misma gracia que nos permite salir del sepulcro del que se considera inferior por la fe que profesa, recluido por miedo, como los discípulos, en el sótano de las puertas cerradas.

La maravilla que hoy celebramos es que Cristo ha resucitado; es decir, ha retirado de nuestras vidas la estaca que nos ataba irremediablemente a la muerte, a una vida de tristeza interior, de desesperanza, de vacío infinito, y nos ha abierto el camino para tener una relación de amor con Dios que nos hace libres. Libres para amar. Libres para no callarnos.

Feliz Pascua de Resurrección.

José Antonio Díaz Alonso, Párroco de la Puebla de Vícar

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