Día de la Iglesia Diocesana: El Administrador Apostólico invita a poner a Dios en el centro de la vida diocesana

Diócesis de Cádiz-Ceuta
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La diócesis de Cádiz y Ceuta es el resultado de la unión de la Gadicensis y Septensis bajo un único obispo titular, proceso que se inició en 1857 y culminó en 1933. Es sufragánea de la Archidiócesis de Sevilla y no tiene enclaves territoriales en otras diócesis ni de otras en su demarcación.

En estos meses que llevo como Administrador Apostólico de la diócesis de Cádiz y Ceuta he podido comprobar cómo el centro de la vida de la comunidad diocesana está centrado en Dios. De otro modo, toda la actividad que se realiza en nuestros ámbitos quedaría reducida a cenizas con el simple paso de los años. Sin embargo, nuestra misión tiene su origen en la llamada de Dios, y es Él quien le otorga la fecundidad, como dice el Señor en el discurso de despedida a sus discípulos: “Sin mí, no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). La predicación y el anuncio de la Palabra de Dios, la vida comunitaria impregnada de la caridad y su expresión litúrgica no pueden nacer de un mero empeño nuestro por cambiar el mundo, sino que es una respuesta a la invitación de Dios, porque Dios cuenta contigo.

En la Sagrada Escritura, Dios siempre ha escogido a los grandes personajes, desde los Patriarcas hasta los discípulos de Jesús, para que manifestaran a través de sus vidas, las palabras y gestos humanos propios de Dios. Muchas veces, estos grandes hombres y mujeres pretendieron evadir la llamada de Dios; sin embargo, después de un tiempo de purificación y conversión, hicieron suya la invitación divina y respondieron, incluso entregando la propia vida. Pudiera sorprender que Dios llama a través de hombres imperfectos, pero quizá sea la manera de demostrar que sólo Dios puede cambiar el corazón del hombre.

Nuestra Iglesia, que peregrina en Cádiz y Ceuta, está situada en una encrucijada de caminos físicos, espirituales, históricos y culturales privilegiada entre Europa, África y América para servir de puente entre todos estos mundos distintos, llamados a entenderse según la lógica de la construcción de la civilización del amor, como invocaba Pablo VI. Digamos que las dos orillas de nuestra diócesis son una concreción en la que Dios cuenta con nosotros. De manera que, lejos de encerrarnos en nosotros mismos, gestionando la decadencia de occidente por la falta de gusto por la vida, como si fueran las ruinas de nuestra civilización, la predicación del Evangelio y la acción sacramental de Jesucristo en la Iglesia permitirán reconstruir la nueva Jerusalén en la que nos comunicaremos con la lengua del amor.

Como dice el Papa en la encíclica Magnífica Humanitas, “la calidad de una civilización no se mide por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer en el otro un rostro, no una función” (M. H, 114). Estoy convencido de que toda nuestra Iglesia, convocada a esta misión tan excepcional, sabrá dar un testimonio precioso de la acción de Dios entre nosotros, a través de la fe, la esperanza y la caridad.

                                   + Ramón Valdivia Jiménez.

                                   Administrador Apostólico de Cádiz y Ceuta

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