Monteagudo, 31 de octubre del 2026
Hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas.
Párroco de Monteagudo.
Dignísimas autoridades nacionales, autonómicas y locales.
Sr. Presidente de la Comunidad Autónoma, Sra. alcaldesa, consejeros, corporación municipal.
Alcaldes, presidentes de distritos municipales, pedáneos, especialmente, el de Monteagudo.
Autoridades académicas y militares, Cuerpos de Seguridad del Estado, Policía Local.
Cruz Roja, personal sanitario.
Consejos pastorales, hermandades y cofradías.
Hermanos e invitados.
Antes de mis palabras en esta esplendida mañana de celebración de la fe, va por delante el recuerdo ante nuestro Señor de las víctimas mortales del accidente de Urda (Toledo), de los heridos y de los familiares de todos ellos. En España estamos de luto por este trágico accidente. En esta Eucaristía pedimos a Jesús que acoja en su reino a los difuntos, que cure a los heridos y consuele a los familiares. Que esta tragedia no nos quite la paz para seguir trabajando en nuestras responsabilidades y que sepamos aprovechar este momento para confiar a Dios nuestras vidas y nos dé fortaleza para dar la cara a este dolor que nos ha paralizado. Damos gracias a nuestro Señor por la valentía y generosidad de los habitantes de Urda al salir en ayuda de los afectados, por los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, por los sanitarios, Protección Civil, técnicos, sacerdotes… Por tanta gente que como buenos samaritanos han sido ejemplo de gran corazón.
¡Doy gracias también por la maravillosa oportunidad de poder renovar la consagración de la Diócesis al Sagrado Corazón de Jesús! ¡Gracias a Mons. Vicente Alonso Salgado, entonces obispo de Cartagena, que hace cien años, el 31 de octubre de 1926 consagró solemnemente la Diócesis en Monteagudo y bendijo e inauguró el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, al que hoy podemos contemplar en su segunda versión. Agradezco al Excmo. Ayuntamiento y a los propietarios de este suelo que pisamos, la extraordinaria colaboración, para que en el mismo lugar que eligieron nuestros mayores para aquella efeméride nos reunamos nosotros con la misma alegría y acción de gracias.
Todos sabemos que la devoción al Corazón de Jesús está muy implantada en nuestra diócesis, a ello contribuyeron mucho los padres jesuitas que lo predicaron con empeño por todos los rincones de la huerta y de la Región. Su imagen sigue bendiciendo a muchos de nuestros pueblos con nobles monumentos y está en las puertas de muchas casas implorando su bendición. Además, cada año parte una peregrinación desde Murcia a Monteagudo, tal como lo iniciaron los jesuitas hasta los pies de su bendita imagen. Nuestro Señor Jesús tiene sus brazos abiertos en señal de cercanía, misericordia y entrega.
Hoy, al venir a renovar la consagración de la Diócesis y la de cada uno de nosotros al Sagrado Corazón de Jesús, siendo conscientes de que nuestra vida está sometida a la prisa, de que acumulamos demasiadas tareas, preocupaciones, dificultades y heridas; de que muchas veces vivimos la fe a la ligera, sin dejarnos tocar por el amor de Dios… ¿No creen ustedes que necesitaríamos recuperar la calma, la serenidad y más tiempo para cuidar mejor la toma de nuestras más importantes decisiones?
Todavía estamos a tiempo, Dios permanece siempre con la puerta abierta, esperando como el padre del hijo pródigo y no nos pide que finjamos nada, ni siquiera la urgencia de traer un corazón bueno. Él nos invita a venir para entregarle nuestro corazón tal como está: con sus heridas o egoísmos, con sus miedos y resistencias, tal como somos, sin apariencias. Cristo nos acoge con nuestra historia concreta, con nuestras debilidades y contradicciones, también con nuestros deseos de comenzar de nuevo porque su amor no tiene límite. Nuestro Señor puede sanar lo que está herido, deshacer lo que se ha enredado y despertar el amor allí donde parecía haberse agotado. Pensad en lo que hemos venido escuchando en este tiempo de preparación: Él nos amó primero. Antes de que nosotros buscáramos a Dios, ya nos estaba buscando él; antes de que nosotros aprendiéramos a amar, él ya nos había amado. Nuestro Señor toma la iniciativa y sale siempre al encuentro y nos ayuda a valorar lo esencial. Esto nos lo enseña en los evangelios: si vemos a Cristo paciente, nos está diciendo que no hay que ser tan rigoristas con los demás; si lo contemplamos misericordioso, no podremos alimentar rencores; si está cercano a los necesitados, a los pobres, no podremos pasar de largo indiferentes, sin compadecernos, sin ayudarles; si hemos visto que Cristo perdona, hemos de dar ya los pasos para la reconciliación.
El encuentro con Cristo no nos hace perfectos de inmediato, sino que espera que comencemos el camino de nuestra conversión. Esta historia se hace poco a poco, y así comenzarás a vivir una aventura nueva, dejarás de estar encerrado en tu propio yo, en solo tus intereses, para comenzar a interesarte por los que tienes cerca y, entonces, descubrirás cosas nuevas, descubrirás que hay color en la vida, que hay alegría, que existe el gozo y la paz.
Piensa un momento: Jesús no pasó indiferente ante el sufrimiento humano, se detuvo ante el ciego que le pedía ayuda; se acercó al leproso que todos evitaban, miró con misericordia al pecador; lloró por su amigo Lázaro muerto; se conmovió por la multitud que andaba como ovejas sin pastor y, cuando encuentra a alguien herido por la vida, no lo condena, sino que le tiende la mano, lo cura y le ofrece una vida nueva. Jesucristo no se escandaliza de ti, no te ha condenado antes de escucharte, se sienta contigo te escucha y te ofrece esperanza.
Mirad esa imagen que preside nuestra celebración desde lo alto del monte, tiene sus brazos en cruz, ¿no es ese es el signo del cristiano? Dios no nos engaña, sabes que amar de verdad cuesta. Nos lo decía santa Teresa de Calcuta: «Ama hasta que te duela». Y nosotros le hemos costado muy caro a Jesús: su amor por nosotros le costó estar clavado en una cruz.
El que se sabe amado por Cristo ya no puede mirar al mundo de la misma manera. Donde otros ven un problema, tú aprendes a descubrir a la persona; donde otros pasan de largo, tú te detienes y miras a los ojos; donde hay división, procuras construir comunión; donde hay sufrimiento, ofreces consuelo; donde hay injusticia no te resignas a pensar que nada se puede hacer… ¡Creer es comprometerse!
Te preguntarás, ¿qué puedo hacer de ahora en adelante? Podrías comenzar por ser un poco más humilde, luego aprende a dialogar, sé paciente y no te hagas de rogar a la hora de perdonar, piensa en los detalles y sé servicial, busca tiempo para el Señor en la oración cada día, así haces visible a Cristo. No hay que construir grandes cosas, no lo vas a cambiar todo en un día, pero comienza por cosas pequeñas cada día, que quien se encuentre contigo cada mañana pueda experimentar que la amabilidad, la bondad, la ternura y la misericordia existen. Se trata de esto: de amar como Cristo os ama.
No te conformes con una fe de costumbre, con una oración sin vida, reza con sinceridad sabiendo que estás delante del que todo lo puede, bendícele, aprende a escucharle. No seas de los que piensan que pedir perdón es cosa de débiles, acude a reconocerlo ante el Señor y te ayudará. Recuerda que hay un sacramento para esto. El Señor nos pone en camino, pues camina.
La Santísima Virgen María, la Madre de Dios, la mujer de corazón abierto a la voluntad del Padre, nos acompaña en este camino. Ella nos ha enseñado a permanecer junto a su Hijo y a guardar su Palabra en el corazón. Que el Espíritu Santo renueve en nosotros la capacidad de amar.
Que Dios os bendiga a todos y que nos dejemos alcanzar por su amor misericordioso para seguir construyendo una sociedad fraterna.
¡Corazón de Jesús, en vos confío!
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

