“La santidad está en el vivir de cada día”

Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en la Catedral, el 1 de noviembre de 2026, Solemnidad de Todos los Santos.

Queridos hermanos sacerdotes celebrantes,

Querido diácono,

Queridos hermanos congresistas de las Hermandades y Cofradías de la Santa Cena de España. Especialmente, queridos vosotros, miembros de la Cofradía de la Santa Cena de Granada y la Virgen de la Victoria,

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy es un día de gran fiesta en esta Solemnidad de Todos los Santos. Nos ha pasado con esta fiesta, queridos amigos, que le hemos puesto… Los mayores sí lo recordarán, cuando alguien se ponía de luto antes, hace ya muchos años, y escribía una carta, los sobres llevaban un ribete negro y las cartas también. Era una forma de manifestar que se estaba de luto, con tristeza. Pues algo parecido nos ha pasado con esta fiesta. Le hemos puesto una especie de ribete negro de difunto. Hoy celebramos una fiesta de alegría, de gozo.

De esos hermanos nuestros… Ciertamente, los santos canonizados, pero sobre todo esa multitud inmensa que, como nos ha dicho el libro del Apocalipsis, describiéndonos y haciéndolo en primer lugar para cristianos perseguidos a los que san Juan escribe el Apocalipsis en ese lenguaje encriptado describiendo el cielo. Esa multitud inmensa que nadie puede contar, de hermanos y hermanas nuestras que pertenecen a lo que llamamos la Iglesia triunfante. La Iglesia que ya está en el cielo.

Muchos familiares nuestros, seguro. Muchos no conocemos la inmensa mayoría sus nombres, ni sus edades cuando vivían en la tierra, ni su procedencia. Pero también entre ellos están gente cuya cara recordamos y que, sobre todo al faltarnos, hemos echado de menos su testimonio cristiano. Padres y madres de familia, mayores y pequeños, que han tratado de vivir como Jesús nos pide.

Y eso es la santidad. Es vivir como Jesús nos pide. Y claramente tenemos en el Evangelio qué es lo que nos pide Jesús. Lo único es que tenemos que acudir al Evangelio. El Evangelio, queridos cofrades, es nuestro libro de reglas. Y si queréis todavía de una hermandad de la última Cena, tiene que ser las bienaventuranzas y el discurso del Pan de vida de Jesús, del capítulo seis del Evangelio de san Juan. Y el relato de la última Cena, también del Evangelio de san Juan, uno de los sinópticos.

Es decir, nuestra referencia está en el Evangelio. Vivir el Evangelio, vivir la santidad. Y esto no solo ha ocurrido en tiempos pasados. Y vemos que siempre ha habido tiempos difíciles. Cristianos perseguidos. Celebramos en este mes de noviembre, precisamente el día 6, la fiesta de los mártires españoles del siglo XX. Hace 90 años hermanos nuestros eran martirizados, miles.

Luego, la santidad no solo está en ese momento heroico, está en el vivir de cada día, en muchas madres, muchas esposas, muchos sacerdotes, muchos religiosos, religiosas. Porque a la santidad estamos llamados todos. No es una cosa de curas y monjas exclusivamente. Todos estamos llamados a ser santos, pero no una santidad de segunda división, de ir tirando. No una santidad de bombo y platillo, sino una santidad en la vida ordinaria, en el trabajo, en la vida de familia, en nuestro encuentro con los demás. Viviendo en una ciudadanía coherente con nuestro ser cristianos, con nuestros principios cristianos, sin colgarlos en la percha a la hora del trabajo, a la hora de emitir un voto en unas elecciones, a la hora de la gobernanza, a la hora de la preocupación social, a la hora de la diversión, a la hora del deporte. Esto de ser cristiano no es una chaqueta que uno se cambia según las conveniencias. Esto de ser cristiano no es solo para la Semana Santa, como si el resto de las semanas no tuvieran que ser santas por cristianos santos.

Y es ahí esto de ser cristiano y esto ser santos no tiene nada que ver con esa denominación de creyentes y no practicantes. Esta denominación de cristianos no tiene que ser algo tibio, sino que es coherente. Sí, pecadores, lo somos. Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, le decimos a la Santísima Virgen. Cada celebración de la Eucaristía la empezamos pidiéndole al Señor perdón de nuestros pecados.

Somos pecadores, pero el Señor nos ha dicho que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. El Señor nos ha dicho que no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Y esos somos nosotros. Mientras vamos caminando tenemos defectos, tenemos pasiones, tenemos pecado, por lo que hemos de reconocer y pedir perdón con humildad al Señor en el sacramento de la penitencia.

Pero al mismo tiempo tenemos que aspirar a ser santos, no un cristianismo mediocre, no un cristianismo de ir tirando. Y mire usted, me podéis decir, como está el patio, ya está. Con esto ya hay bastante. No un cristianismo solo de la vara. Sino un cristianismo de coherencia de vida. Por eso, una nueva era de vivir el cristianismo y vivir la santidad es en una hermandad y una cofradía, pero no simplemente por tradición o sentido cultural. Sino por un profundo sentido de culto cristiano que lleva consigo una coherencia de vida.

Por eso, queridos amigos, estamos llamados todos, todos, todos a la santidad. Y si no vivimos esa santidad, si de nosotros no se dice que hemos sido de verdad seguidores de Jesús y cristianos de una pieza, a pesar de los pesares de nuestra debilidad, es que hemos fracasado. Y esto es, ni más ni menos, que vivir la condición de hijos de Dios que hemos escuchado en la segunda lectura, tomada de la primera carta del apóstol Juan. “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos. Y lo somos”, dice el evangelista Juan. Y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Quien tiene esta esperanza es la esperanza del cielo. Es la esperanza del viejo sueño de Adán y Eva de ser como Dios, pero que se ha realizado haciéndose Dios uno de nosotros, en su Hijo Jesucristo.

Luego, la vida cristiana está en imitar a Jesús. Imitar a Jesús viviendo las bienaventuranzas. Y claro, uno coge las bienaventuranzas… Bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los pacíficos, bienaventurados los limpios de corazón. Bienaventurados los misericordiosos, bienaventurados los que lloran. Bienaventurados los que son perseguidos. Amigo, eso no nos gusta. ¿Qué es lo que se lleva Bienaventurado el que tiene pasta, bienaventurado el que tiene el poder. Bienaventurado el que triunfa, bienaventurado… Y claro… El cristianismo siempre ha sido contracultural. Siempre lo ha sido. Si vivimos con coherencia.

Y los santos, las bienaventuranzas no son unas utopías irrealizables. Y prueba de ello es que los santos nos demuestran que es posible vivirlas. El Papa Francisco llamaba los santos de la puerta de al lado. Los que están a nuestro lado y, sobre todo, nos damos cuenta cuando nos falta. Cuando falta esa persona buena, santa, en una cofradía. Esa que se entrega, esa que no va buscando los primeros puestos, esa que no pelea, esa que no está ideologizada, esa que está sirviendo, esa que está preocupada de los demás. Esa persona que es generosa, esa persona que piensa en los más necesitados. Esa persona que no se queja. Esa persona que ha hecho del sufrimiento de su vida una ofrenda a Dios. Esa persona. Y estoy ante cofrades de la Eucaristía que viven el domingo, la fiesta del domingo, el amor a Cristoen la Eucaristía.

Queridos amigos cofrades, vuestro culto a vuestra imagen de la Cena, tiene que tener detrás horas de sagrario, horas de adoración eucarística. Porque si no estáis venerando la imagen y no veneráis la realidad.

Queridos amigos, queridos hermanos y hermanas, estamos llamados a ser santos. Vamos a vivirlo y vamos a vivir esta fiesta de gozo y de alegría. Vamos a pedir porque nosotros seamos santos y vamos a pedirle a los santos que intercedan por nosotros, que sigamos su ejemplo. Los santos no necesitan nuestro culto. Vamos a pedirle que nos ayuden.

Y sobre todo a la Reina de los Santos, la Santísima Virgen. A ella le pedimos que ruege por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Y que entonces nos muestre a Jesús, el fruto bendito de su vientre. Y que entonces nos haga alcanzar plenamente las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo, como les decimos en la Salve.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

1 noviembre de 2026
Catedral de Granada

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