OBISPO DE CARTAGENA
Fiesta de la Virgen de la Fuensanta
XXIV Domingo Ordinario. A. 2026
13 de septiembre del 2026
Queridos hermanos,
En este día de fiesta debemos dar gracias a Dios por nuestra Madre de la Fuensanta, más cuando la hemos visto recorrer las pedanías y la ciudad de Murcia. Esta bendita imagen ha recorrido caminos y veredas hasta llegar a todos los rincones de la huerta. La experiencia ha sido inenarrable, porque hemos visto a un pueblo volcado con la Morenica, una bendición, un regalo de Dios, que nos llena de felicidad. Gracias a todos los que habéis colaborado en esta santa aventura, gracias a los que habéis llevado sobre vuestros hombros a nuestra Fuensantica; gracias a las autoridades y a los cuerpos de seguridad que habéis velado en este tránsito, a Protección Civil, sanitarios, a todas las parroquias visitadas y a sus feligreses, porque hemos disfrutado del cariño, la cercanía y el gozo de muchísima gente. Y dentro de pocos días comenzará otro ciclo de visitas a los municipios que han pedido que vaya la Virgen de la Fuensanta; también irá a hospitales, residencias de ancianos, a la prisión, a los seminarios… Permitidme de nuevo dar gracias a Dios por este extraordinario festival de sonrisas, ilusiones y por tantas oraciones que se han podido elevar al cielo.
¡Cuánta suerte tenemos de participar en la fiesta de María! ¡Cuántas cosas nos tiene que decir a todos, especialmente, en este tiempo tan difícil! Ella nos ha enseñado el camino de la confianza en Dios, la fidelidad y el perdón; se puso a su disposición con una convicción ejemplar: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí, según tu palabra». Esto es algo más que una frase bonita, porque detrás de la palabra iba su vida entregada y la vida de todos los que han confiado en Dios a lo largo de todos los tiempos. Ha sido la primera lección que nos ha dado, decir sí, que se cumpla tu voluntad, Señor. Por todo esto nos ponemos delante de ella y le pedimos con confianza que nos ayude a imitarla, para que sintamos la propia vocación como tarea; que sepamos escuchar a Jesús, entender cuán grande es su misericordia y que siempre está dispuesto a perdonar y nos enseña a perdonar hasta setenta veces siete, porque es infinita su misericordia para con sus hijos.
Lo primero que vemos en nuestra Madre es su fe, su confianza, esto salta tanto a la vista cuando su prima Isabel se felicitaba cuando la vio llegar y la saludó así: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). Se fió de Dios al creer en el mensaje del ángel creyendo lo que parecía imposible. Pero, además, se lo recordó el ángel, y nos viene bien escucharlo nosotros: «Para Dios nada hay imposible» (Lc. 1, 37). María nos enseña a vivir la fe como un camino que compromete e implica, y que en todas las edades y situaciones de la vida requiere escuchar y perseverar. Su ejemplo nos anima a ponernos cada día a la escucha de la Palabra del Señor, para comprender el designio de amor de Dios en las diversas situaciones diarias y para colaborar en su realización.
La esperanza que nos provoca estar cerca de nuestra Madre nos enriquece con motivaciones siempre nuevas, porque nos da paso a Jesús en nuestro corazón y así seremos mejores, porque nos fiaremos más del Señor. Esta lección tenemos que aprenderla nosotros hoy, ya que flojeamos en la fe y le pedimos su ayuda como madre de la esperanza, para fiarnos de las promesas del Señor.
El Papa insistía estos días a los obispos recién consagrados la importancia de la vida de oración, del encuentro personal con el Señor activando la contemplación, el silencio, un silencio contemplativo, que se traduzca en una existencia humilde y escondida. María lo vivió así, no deseó nunca los honores y las ventajas de una posición privileged, sino que trató siempre de cumplir la voluntad divina, llevando una vida en silencio, oculta, en segundo plano, pero viva, guiada por el amor a Cristo y a los hermanos, pendiente de las necesidades.
La personalidad de María, cerca del corazón de Dios, le lleva a experimentar una viva compasión por los sufrimientos de la humanidad, le lleva a compadecerse y ayudar eficazmente ante las miserias materiales y morales de la humanidad. Por eso tiene sentido acudir a ella, aprender de su confianza. Por todo esto le pido que interceda ante el Señor y nos conceda la seguridad de la fe, que no nos puedan los cansancios ni las soledades. Oremos confiados ante ella, porque se compadece y atiende nuestras súplicas. Abramos el corazón para ayudar a los más necesitados, también para pedir perdón y para perdonar. Seamos sinceros, nos falta mucho para lograr una convivencia fraterna, para dejar a un lado las rencillas, las discordias y enemistades, somos demasiado flojos, pero aprovechemos la ocasión para mover los corazones para tener sentimientos de reconciliación, que nuestra Madre María nos ayudará, ya que quiere la unión de todos sus hijos. Su presencia es una garantía de unidad de corazón, de buscar la comunión y la paz entre todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Debemos superar las tendencias a la división, las tentaciones de venganzas y el odio o la fascinación perversa de la violencia, especialmente las tragedias que se dan y nos muestran los medios de comunicación con demasiada frecuencia.
Hoy te invocamos, Madre, como causa de nuestra alegría, ayúdanos a creernos eso, a hacerlo posible en medio de las pruebas de la vida. Ayúdanos a guiar a quien va desorientado, mostrándole la luz de tu estrella, la más bella de la mañana.
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

