En la memoria de Nuestra Señora de los Dolores

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

15 de septiembre. Huele la tarde a rastrojo quemado, a membrillo sazonado y a esa luz dorada y oblicua que solo el mes de septiembre sabe derramar sobre los campos de España. Es un tiempo de recogida, de graneros que se llenan y de golondrinas que ensayan su último vuelo hacia el sur. En este recodo del año, cuando la tierra ostenta una fértil madurez, la Iglesia nos detiene el paso para contemplar un misterio que no se explica con razones, sino que se abraza con fe: la memoria litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores.

No es un sollozo estridente ni un aspaviento trágico. La aflicción de María, dibujada en el lienzo de los siglos, tiene la consistencia discreta de la encina castellana y la gracia cuitada de una copla que se pierde en un callejón andaluz. Hay en Ella una dignidad tan honda, tan colmada de Dios, que el alma, al percibirla, no puede sino arrodillarse, sentir que el pecho se le ensancha y experimentar un deseo ardiente de santidad, de limpieza interior, de ofrenda sin condiciones.

I La profecía en el templo: el destello del primer puñal

«Y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lucas 2, 35). Imaginemos la escena con la sencillez con la que Miguel Delibes retrataría la pureza de un niño del campo. María sube las gradas del Templo llevando en sus brazos un manojo de luz: al Niño Jesús, apenas un brote tierno de carne y majestad. Todo parece fiesta, rito gozoso de palomas y pañales níveos. Pero sale al paso el anciano Simeón, un hombre curtido por la espera, con los ojos gastados de otear el horizonte de la promesa divina. Sus palabras no son un bálsamo de triunfo fácil; son un tajo limpio de realidad.

En ese instante, la candidez de la Virgen experimenta el primer vislumbre de su destino. No hay refunfuño en sus labios. Manuel Machado, con su pluma de seda y sombra, habría cantado aquí la elegancia soberana de una aceptación que se torna música cadenciosa. María no esquiva a Simeón; recoge su profecía como el labrador acoge la escarcha del invierno, sabiendo que la semilla necesita del frío para germinar bajo la tierra.

Para nosotros, que a menudo huimos de la menor contrariedad como de un flagelo, la Virgen de los Dolores nos muestra el valor de la aceptación noble. ¿Cómo pretender la santidad si cerramos la puerta a la paciencia que gana el pan de hoy y deja a Dios el cuidado del mañana? Ser santos no es vivir una existencia de porcelana, inmunes al rasguño del mundo. Ser santos es, como Ella, permitir que la voluntad de Dios nos conquiste, adecentando las estancias del alma para que solo quede el oro bruñido de su amor.

III. El calvario: el vigor que sostiene al mundo

«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre…» (Juan 19, 25). El Gólgota no es un escenario de cartón piedra; es un páramo de polvo negro, sangre reseca y mofa de soldadesca. José María Pemán, con su vibrante tonalidad de pulcritud clásica, nos recordaría que allí, donde los hombres huyeron despavoridos por el miedo, la que permaneció firme fue una Mujer. Stabat. Estaba de pie. No desplomada, no vencida por el histerismo terrenal, sino erguida como una columna de ternura inquebrantable.

Contemplemos a la Virgen al pie del áspero madero. Su rostro, que tantas veces acarició las mejillas del sublime Infante en Nazaret, ahora se apesadumbra ante Cristo ultrajado, llagado en su cuerpo divino. Es la hora de la gran desolación. Una Madre Inmaculada que acompaña a un manso Cordero degollado. El sentir popular pone belleza a este cuadro con voz anónima:

Un dolor que no se queja,

un llanto que no se vierte;

es la vida que se entrega

en los brazos de la muerte.

Cosida a la Cruz del Salvador, María se convierte en el sagrario del desconsuelo del mundo. Hay un lirismo rasgado, pero sereno, en esa dulce figura recortada contra el cielo de plomo. En su pecho lacerado caben todas nuestras reiteradas dudas, nuestras noches oscuras, nuestras flaquezas acibaradas. Ella no nos mira con reproche, a pesar de que nuestros pecados son los clavos que sujetan a su Hijo al tronco abrupto. Nos mira con la delicadeza inefable de quien se sabe ya Madre de todos los hombres. Su devoción se nos mete en la sangre no como una gélida teoría, sino como una caricia húmeda que enjuga nuestras propias lágrimas y nos espolea a seguir avanzando, no obstante los baches del sendero.

III. El dolor fecundo: el surco de la santidad cotidiana

La veneración a la Virgen de los Dolores no es una invitación a la melancolía estéril. ¡Qué lejos está el verdadero dolor cristiano de la desesperanza! El sufrimiento de María rezuma sabor a resurrección. Cada uno de sus siete dolores es una brecha abierta por donde entra la luz del cielo. Ella labró su santidad en el yunque del padecimiento aceptado por amor. Hemos de descubrir la grandeza en lo pequeño. Hemos de aprender a buscar a la Virgen Dolorosa no solo en los grandes altares de plata y terciopelo, sino en el rincón más humilde del hogar, en las manos callosas de una esposa que vela el sueño de su marido enfermo, en el silencio del campesino que ve perderse la cosecha y aun así levanta los ojos al cielo diciendo: «Hágase tu voluntad».

La santidad no es cuestión solamente de milagros extraordinarios; se amasa día a día con el barro de nuestras debilidades puestas en las manos de Dios. Al contemplar a la Virgen de los Dolores, nuestro fervor debe traducirse en propósitos concretos. Ante todo, aceptar con paz las contrariedades diarias: el mal genio del prójimo, la salud que aminora, la incomprensión de quienes amamos. Podríamos, asimismo, decidirnos, sin formular pretextos, a acompañar asiduamente la soledad ajena, siendo bálsamo y pañuelo para los cristos rotos que encontramos en nuestro camino; o a no gruñir continuamente por el cansancio, transformando el sudor del trabajo en una oración fecunda. En este sentido, os invito a un recogimiento confiado, para suplicar a María Santísima:

Señora de la mirada callada y el corazón desgarrado,

Madre de los Dolores y Reina de la Esperanza.

Bajo la luz crepuscular de septiembre,

sentimos que el alma se nos escapa hacia Ti,

herida por la belleza de tu amor tan puro.

No queremos ser meros espectadores de tu llanto;

queremos imitar tus gestos de bondad.

Enséñanos a estar de pie junto a las cruces de nuestro tiempo.

Que tu dolor sea la fragua donde se temple nuestra fe vacilante,

y que al mirarte con los siete puñales clavados en tu pecho escarnecido,

brote en nosotros una sed irrevocable de ser santos,

de amar a tu Hijo con la locura con la que Tú lo amaste,

hasta el extremo.

Danos aliento para servir a los hermanos sin tibieza,

sin lamentos,

hasta que gocemos de tu compañía por toda la eternidad.

Amén.

Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

Ciudad del Vaticano

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