EN EL CORAZÓN DE LA MADRE

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

Querida comunidad. Damos gracias a Dios porque, un año más, estamos celebrando a nuestra Madre y Patrona: la Virgen del Mar. Recordamos con amor a los devotos que durante este año han fallecido y a las personas impedidas que, por diversos motivos, no pueden participar de esta celebración.

SALUDOS

Querida Hermandad de la Virgen del Mar, Hermano Mayor, Camareras y Horquilleros, servidores de nuestra Señora. Presidente de la Junta de Hermandades, Hermanas y Hermanos Mayores, Superior y Comunidad de los Padres dominicos, personas Consagradas, Vicario General, Canónigos de nuestra Catedral, Sacerdotes y Diáconos, Seminaristas y jóvenes que lleváis a Santa María del Mar en vuestro corazón.

Ilustrísima Alcaldesa, Corporación municipal, autoridades civiles, (provinciales, regionales y nacionales), autoridades militares, judiciales, académicas y portuarias. Hermanas y hermanos todos.

Aquí estamos a tus pies, setenta y cinco años después de tu Coronación Canónica. Setenta y cinco años reconociéndote como Reina y Señora de nuestra tierra y de nuestro pueblo. …Pero una corona no es un adorno más. En el lenguaje de la fe significa que ponemos nuestra vida bajo tu amparo y que reconocemos en María el camino más seguro para llegar a Cristo. No coronamos a la Virgen para hacerla más grande, la coronamos porque nosotros necesitamos recordar quién ocupa un lugar de honor en nuestro corazón.

Las fiestas patronales son mucho más que un programa de actos o unas tradiciones que pasan de generación en generación. Son una oportunidad para preguntarnos qué lugar ocupa María en nuestra vida personal y también en la vida de nuestra comunidad cristiana. La devoción auténtica nunca termina en una emoción pasajera. Nos impulsa a vivir el Evangelio con más alegría, a mirar a los demás con más misericordia y a comprometernos con quienes más nos necesitan. Toda devoción, todo el cariño, solo es verdadero cuando se convierte en obras de amor.

María llegó del mar y la convertimos en nuestra patrona, de este barco que somos la Iglesia. Y este detalle tampoco deja de hablarnos. Del mar llegaron, en distintos momentos de la historia, hombres y mujeres que trajeron la fe y sembraron el Evangelio entre nosotros. Del mar llegó aquella imagen que ha acompañado la historia de Almería durante siglos. Del mar han llegado pueblos, culturas y personas que nos conforman. El mar nos configura, ha sido un puente, un camino por el que Dios ha seguido escribiendo nuestra propia historia. Estamos ligados al mar y en María estamos ligados a la fe.

A esa que, desde hace siglos, acompaña el caminar de nuestro pueblo y que, como una estrella en la noche, nos recuerda que nunca estamos solos. Porque hay muchos días en los que necesitamos mirar al cielo. Y hay momentos en los que necesitamos una Madre.

Ahora, Madre, la creación gime con dolores de parto. Este verano, hemos escuchado los gritos de la tierra desgarrada, sin aliento. Hemos vivido la tragedia de los incendios, el grito de la tierra agrietada por los terremotos, el sufrimiento de tantas personas cercenadas por un futuro incierto.

Hoy venimos a María con nuestras alegrías, pero también con nuestras heridas; con aquello que agradecemos y con aquello que todavía no sabemos cómo colocar delante de Dios. Venimos con nuestros fracasos en la convivencia y con nuestros logros y esfuerzos de corazones generosos. Y la Virgen del Mar nos recibe como somos.

Una madre no dice: «¿De dónde vienes?»  Una madre se preocupa y nos pregunta: «¿Qué te pasa?» o «¿Qué os pasa?» ¡Hijo, no tienen vino! Y la Madre, con mayúsculas, nos enseña precisamente eso: a mirar al otro con misericordia.  Almería necesita esa mirada. Necesita hombres y mujeres capaces de mirar más allá de las diferencias, capaces de tender puentes, de perdonar, de comenzar de nuevo. Necesita cristianos que no tengan miedo de vivir el Evangelio en medio de la sociedad. Porque nuestra fe no puede quedarse encerrada en las paredes del templo. El final de todas nuestras Misas siempre es un envío: «¡Podéis ir en paz!» Y la paz no se improvisa, está entretejida de virtudes, de Evangelio.  Querida comunidad, la fe, portadora de la paz de Cristo, tiene que bajar a la calle. Tiene que entrar en nuestras casas. Tiene que llegar a nuestros trabajos. Tiene que hacerse servicio, cercanía, justicia y misericordia.

Por eso hoy María nos invita a la compasión y a la misericordia, del mismo modo que hace pocas semanas todos nos volcamos, cada uno en su medida, con las personas de las tierras arrasadas, casi sin futuro inmediato, si no ponemos entre todos una solución. Esta compasión por el sufrimiento de la creación, para los que creemos que todo viene de las manos de Dios, es esencial y urgente en estos tiempos; no sentirla significaría la destrucción de la humanidad, del bien común, significaría deshumanizarnos y vivir como depredadores. Nuestra riqueza está en la naturaleza, la casa que nos cobija, la tierra que nos alimenta, el espacio para convivir en busca del Edén.

La Virgen del Mar no es solamente una imagen que veneramos. Es una presencia que nos conduce a Jesús. María nunca se queda en ella misma. Su vida entera parece decirnos una sola cosa: “Haced lo que Él os diga”. Ese es el secreto de María que desgrana las páginas del Evangelio. Ella sabe escuchar. Sabe guardar la Palabra. Sabe confiar incluso cuando no entiende. Sabe acercarse a la persona que la necesita. Y sabe permanecer junto a quienes sufren. Y acompaña a la Iglesia desde el principio de nuestros días.

Alrededor de la Virgen desaparecen muchas diferencias. Personas de distintas edades, pueblos e historias que nos configuran y nos exigen caminar juntos porque descubrimos que tenemos una misma Madre. Y cuando un pueblo aprende a encontrarse en torno a aquello que le une, la convivencia deja de ser un deseo para convertirse en una realidad.

Ojalá que, al celebrar estos setenta y cinco años de la Coronación, no nos quedemos solo contemplando una serena imagen con una magnífica corona. Ojalá volvamos a casa con el deseo de parecernos un poco más a María: disponibles para Dios, cercanos a los demás y capaces de llevar esperanza allí donde haga falta. Porque esa será siempre la mejor manera que tengamos de honrar a la Virgen del Mar.

Hoy, ante nuestra Madre, no pidamos solamente que nos proteja. Pidámosle también que nos transforme. Que nos haga más humanos. Más compasivos. Más capaces de escuchar. Más generosos. Más valientes para defender la dignidad de cada persona. Y que nos enseñe a mirar a Almería con ojos nuevos. A amar esta tierra no solamente porque es nuestra, sino porque en ella Dios nos ha puesto para cuidarla y para servir.

Almería mira al mar. Y en el mar contempla a María. Que María mire hoy a Almería. Que mire nuestras casas. Que mire nuestras heridas. Que mire nuestros sueños. Y que, bajo su manto, aprendamos todos a caminar juntos. Santa María, Nuestra Señora del Mar, Patrona nuestra: quédate con nosotros. Sé faro en nuestras noches. Sé consuelo en nuestras heridas. Sé esperanza en nuestros caminos.

Y llévanos siempre hasta Jesús.

Amén.

+ Antonio Gómez Cantero, Obispo de Almería

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