«Una fidelidad que genera futuro», por María Victoria Hernández Rodríguez Postuladora de la Causa de canonización

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

El año 2026 se presenta para la Iglesia en España como un verdadero año sacerdotal. Convergen en él el centenario de la ordenación sacerdotal de los venerables José María García Lahiguera y Ángel Riesco Carbajo y el 90.º aniversario de la persecución religiosa del siglo XX en España. Los dos primeros hicieron del sacerdocio la forma y la razón de sus vidas, fueron obispos, fundaron institutos de vida consagrada y participaron en el Concilio Vaticano II, donde compartieron una misma preocupación por el sacerdocio ministerial, su formación y su fecundidad en la vida de la Iglesia.

A otros, sin embargo, el Señor les pidió la entrega de la propia vida en el martirio cruento. Una vida que habían ido entregando en la existencia cotidiana, día tras día, en ese otro martirio que es el cumplimiento fiel de los propios deberes como sacerdotes y obispos. Hagamos memoria de ellos, porque su memoria no hace daño a nadie: fueron presbíteros y obispos que se empeñaron en ser creíbles y ejemplares. El martirio selló definitivamente esa ejemplaridad y esa credibilidad.

La Iglesia en Almería fue, en este sentido, “premiada” con la entrega martirial de su obispo, D. Diego Ventaja Milán (1880-1936). El premio fue compartido también por la Iglesia en Guadix con el martirio de su padre y pastor, D. Manuel Medina Olmos (1869-1936), asesinado junto a D. Diego en la madrugada del 30 de agosto de 1936, en el barranco del Chisme (Vícar, Almería). Desde el 27 de julio les habían precedido otros atletas en la fe: sacerdotes de Almería murieron alabando y confesando a Jesucristo y perdonando a sus verdugos.

El beato mártir Diego Ventaja es recordado por su comprometida labor con la enseñanza y el apostolado tanto en Almería como en su pueblo, Ohanes. El beato Manuel Medina, considerado como uno de los grandes catequistas españoles de su época, colaboró estrechamente en la abadía del Sacromonte de Granada con el venerable P. Andrés Manjón, del que fue confesor y sucesor como director de las Escuelas del Ave María. Durante buena parte de los 23 años que D. Manuel estuvo en el Sacromonte coincidió con Diego Ventaja. Ambos compartieron afanes, ideales y amistad espiritual.

Desde el inicio de su episcopado, el 16 de julio de 1935, el beato Diego Ventaja mostró una preocupación particular por su clero, por cada uno de sus sacerdotes. Muchos vivían en condiciones precarias, de absoluta pobreza material, agravada por la amenaza de la persecución religiosa. En su breve episcopado, como buen teólogo, supo apreciar el valor de un presbiterio santo y bien formado para la vida de la Iglesia local.

Buscó para ello los medios adecuados: visitas pastorales, ayudas, contactos personales, ejercicios y retiros espirituales. Pese a la gravedad de los acontecimientos, puso a estudiar a sus sacerdotes y les propuso un concurso de parroquias los días 3 y 4 de julio de 1936. Fue para todos un momento de gracia en vísperas de la gran prueba: días después, numerosos miembros del presbiterio serían llamados a dar el supremo testimonio de la fe con el martirio.

En aquellas vísperas acentuó su solicitud pastoral, sosteniendo a sacerdotes, religiosos y religiosas. A todos exhortó a orar y animó a sufrir por amor de Jesús cualquier tribulación. También la correspondencia de D. Manuel refleja su serenidad ante la prueba y su disponibilidad para aceptar el don del martirio. En 1931 escribía: «Estas pruebas son como arneros que criban el trigo». Y a su sobrina sor Rosario la animaba: «Es necesario tener menos miedo. Donde hay amor, no hay temor».

El 21 de julio de 1936 se consumó el llamado “martirio de las cosas” en Almería: los templos de la ciudad fueron saqueados y quemados; al día siguiente fue incautada la residencia episcopal. El 24 de julio se invitó a D. Diego a marcharse a Granada, pero no aceptó: el pastor no abandona a sus ovejas cuando ve venir al lobo. Por ese mismo motivo, D. Manuel tampoco quiso quedarse en Granada: no podía abandonar a sus ovejas.

El 25 de julio, D. Diego fue obligado a abandonar la residencia episcopal y se trasladó a la casa del vicario general. Al día siguiente, unos súbditos ingleses le ofrecieron embarcar rumbo a Gibraltar. Su respuesta volvió a ser negativa: el pastor no abandona a sus ovejas.

Al día siguiente acogió a D. Manuel Medina junto con otros dos sacerdotes, llegados desde Guadix después de un traslado vejatorio. Habían sido custodiados en un vagón de ganado y, durante el trayecto, recibieron insultos y amenazas e intentaron obligarlos a blasfemar. A partir del 12 de agosto fueron encarcelados en las Adoratrices, una de las muchas prisiones improvisadas, antes de ser trasladados, el día 28, al barco Astoy Mendi.

El Concilio Vaticano II recordaría años después que los candidatos al sacerdocio no están destinados «al mando o a los honores, sino a entregarse totalmente al servicio de Dios y al ministerio pastoral […] y a identificarse con Cristo crucificado» (Optatam totius, 9). D. Diego Ventaja lo había hecho vida años atrás. Por eso, cuando durante su arresto le dijeron que se arrepentiría de ser obispo, respondió que poco le importaba el episcopado; sin embargo, nunca, tampoco en aquel momento, el sacerdocio fue un peso para él.

En los días previos al martirio, los dos beatos vivieron esa amistad con Cristo que constituye el fundamento espiritual del ministerio sacerdotal y que sostiene en los momentos de prueba. En la celebración eucarística unieron sus propios sufrimientos al sacrificio de Cristo, celebrando incluso en las condiciones peligrosas y secretas de las prisiones.

La Providencia, que los había unido en vida en tantos afanes pastorales, iba a unirlos definitivamente a la hora del testimonio final. La prisión de las Adoratrices y después el barco Astoy Mendi se convirtieron en una Iglesia: obispos, presbíteros y laicos formaron, con una sola alma, la asamblea reunida del Pueblo de Dios.

D. Diego y D. Manuel —entrañables amigos en la tierra, dos vidas paralelas unidas en afanes e ideales hasta su inmolación juntos en el martirio— fueron beatificados por san Juan Pablo II el 10 de octubre de 1993. Con ellos y como ellos, sacerdotes y laicos se hallan ante el Trono del Cordero, Rey de los Mártires, proclamando las alabanzas de la Trinidad.

El 90.º aniversario del martirio de los dos obispos nos ofrece la ocasión de contemplar nuevamente el don de esta fidelidad fecunda. Es necesario hacer memoria porque iluminan y hacen vida la teología del martirio. El martirio y el sacerdocio están íntimamente vinculados. El recuerdo vivo de los sacerdotes y obispos santos y mártires —asesinados por haber sido sorprendidos en el ejercicio de su ministerio o por no haber querido abandonar al rebaño confiado— muestra que esta imitación de Cristo, esta fidelidad, es posible y es además fecunda para todo el Pueblo de Dios.

No termines la lectura de estas líneas sin querer conocer más de cerca a D. Diego y a D. Manuel, Amigos de Dios. La lectura de sus biografías y escritos será un estímulo en tu vida, sacerdotal o laical, como consagrado, casado o soltero. Así como no quisieron en los días de la gran tribulación abandonar a sus rebaños de Almería y Guadix, tampoco hoy los abandonan.

Ellos siguen acompañándonos y guiándonos para dar testimonio de Cristo, cada uno según nuestra propia condición; salen a nuestro encuentro en las dificultades de la vida, en las necesidades cotidianas, grandes o pequeñas.

Encomendémonos, pues, a ellos con ánimo firme y confiado, con la certeza de que, así como pasaron por esta tierra haciendo el bien, interceden ahora por nosotros ante Dios. Los milagros lloverán y llegará el día glorioso en que podamos aclamarlos como santos.

María Victoria Hernández Rodríguez
Postuladora de la Causa de canonización

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