«No se trata de tener más o menos poder, sino de servir más y mejor»

Diócesis de Málaga
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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Francisco Javier Guerrero (Urda –Toledo–, 1968) es el nuevo vicario general tras la remodelación del equipo de Gobierno que llevó a cabo el obispo de Málaga en junio. Nombrado vicario de Evangelización por Mons. Catalá en 2o14, se convierte ahora en la mano derecha de Mons. Satué para liderar el nuevo rumbo de la Diócesis, aunque él se siga sintiendo un simple “curilla” que no quiere olvidar su misión de curar y ser pastor

«No se trata de tener más o menos poder, sino de servir más y mejor»
Francisco Javier Guerrero, vicario general

¿Quién es Francisco Javier Guerrero? 

Pues un “curilla” que hace 34 años se ordenó en Toledo y al que, unos años después, le tocó venir a la Diócesis de Málaga. En principio era para tres años, pero aquí sigo sirviendo en lo que se me pida desde 1999. Soy de una familia sencilla, de un pueblo (Urda) cuya historia está relacionada con la diócesis, pues el que fuera nuestro obispo D. Antonio Dorado también era natural de allí. 

Ya es más malagueño que toledano.

Me gusta mucho el ambiente de Málaga, su gente, el carácter, la alegría, la ganas de vivir…  Y de Toledo, tengo esa parte un poquito manchega de “a veces Quijote y a veces Sancho”; de soñador, por un lado, pero también un poquito con los pies en el suelo. Intento descubrir lo bueno de los dos sitios, pero sí, me siento ya más malagueño.

¿Cómo vivió su nombramiento como vicario general? 

Con mucha paz, porque ya llevaba unos años de vicario episcopal con 

D. Jesús y trabajando en estos primeros meses de D. José Antonio. Cuando este me llamó y me dijo: «Javi, tengo un mal pensamiento para ti», yo le dije: «pues lo que usted vea». No me quejé de nada antes, tampoco me quejo de esto. Me he puesto a su disposición y a disposición de la Iglesia de Málaga para lo que pueda ayudar. También lo vivo con agradecimiento a mi predecesor, Antonio Coronado, por sus muchos desvelos y su buen hacer.

«Cuando D. José Antonio me llamó y me dijo: “Javi, tengo un mal pensamiento para ti”, yo le dije: “pues lo que usted vea”. Me he puesto a disposición de la Iglesia de Málaga para lo que pueda ayudar»

¿Cómo interpreta su nombramiento y, en general, el perfil del nuevo equipo de gobierno de la diócesis? 

Ha habido un cambio estructural. Hemos pasado de las vicarías sectoriales a las territoriales para facilitar el acompañamiento de la diócesis a las parroquias. Es un nuevo estilo, desde este modelo sinodal que está implementando la Iglesia Universal. El vicario general sigue haciendo lo mismo que antes: es el moderador de la curia, el que está más cercano al Obispo y al tanto de los acontecimientos; pero además se trata de acompañar a los otros vicarios para que lleven adelante esa tarea de acercar a la Iglesia a toda aquella gente, tanto sacerdotes como laicos, que puedan haberse sentido, a veces, un poco abandonados, especialmente en los pueblos. 

La sociedad malagueña es potentísima, salimos en todos los ránkings, pero también hay mucha pobreza, soledad, mucha falta de esperanza. ¿Qué tiene la Iglesia de Málaga que aportar? 

Primero, lo que acabas de decir: esperanza, pero también presencia. La esperanza no es solo un concepto bonito, sino que se tiene que concretar en presencia en esos lugares de mayor pobreza o de mayor necesidad. Tenemos nuestra Cáritas Diocesana que lo hace muy bien, nuestras Cáritas parroquiales, pero también tenemos nuestros sacerdotes ahí, al pie del cañón, que están cercanos a esa realidad de la gente más necesitada.

¿Un vicario general es el ejecutor de las órdenes del Obispo o el hermano mayor de los curas, para hacerle llegar sus peticiones al Obispo? 

Tiene que ser las dos cosas, ¿no? Lógicamente, es el hombre de confianza del Obispo, tiene casi las mismas capacidades jurídicas que él, pero por otro lado tiene que estar ahí, acompañando y queriendo a los hermanos curas. Tiene que ser un hombre de confianza también de los curas. No ser solo una persona sentada en un despacho, sino que se ocupe de que sea un despacho abierto para que la gente vaya. 

En su homilía en las últimas ordenaciones, D. José Antonio pedía a los curas  «disponibilidad confiada a los planes de Dios, “en estos tiempos de cambios en los que nos inquieta una llamada del Obispado”». Usted tendrá que haber hecho ya muchas de esas llamadas, y más de una vez, el inquieto habrá sido usted… 

Cierto, porque detrás de un cambio o de un nombramiento hay una historia, una persona. Puede que uno, desde fuera, lo perciba como una necesidad, pero al que está viviendo ese cambio desde dentro le supone, quizá, alejarse de la familia o dejar esa otra familia que ha ido formando durante años en la parroquia. Somos humanos y eso duele. Hacer un traslado, una mudanza, empezar de nuevo -dependiendo de la edad- es más fácil o más complicado, pero podemos decir que la disponibilidad ha sido máxima. El clero de Málaga ha sido muy generoso ante los cambios que se les han propuesto. 

¿Qué le ilusiona más de esta nueva etapa? 

Pues el poder ayudar. Tengo la conciencia de no haber buscado nunca ningún cargo y sí haber descubierto que, muchas veces, los cargos son cargas que el Señor me pone, no como una cruz, sino como un acto de confianza en mí, a través del obispo. Espero estar tranquilo por las noches, cuando haga el examen de conciencia y diga que he intentado hacerlo bien, ayudar al otro, aunque a veces no me salgan bien las cosas o haya que tomar decisiones que no sean del agrado de todos. 

«El estilo sinodal nos hace ver que todos somos corresponsables, que la Iglesia es de todos, que aunque haya una jerarquía, esta necesita de todos para llevar adelante la tarea de anunciar el Evangelio»

La conversión sinodal a la que nos ha invitado la Iglesia no es una moda pasajera, sino que viene para quedarse.  ¿Cómo hacerlo? 

No es pasajera porque ya estaba. Desde los Hechos de los Apóstoles ya se ponían juntos a rezar para tomar decisiones. Luego, en 20 siglos de historia de la Iglesia, ha habido de todo, pero creo que es un estilo que tenemos que asumir, porque es el estilo que nos hace ver que todos somos corresponsables, que la Iglesia es de todos, que, aunque haya una jerarquía, esta necesita de todos para llevar adelante la tarea de anunciar el Evangelio. Yo creo que esto nos puede espabilar. Creo que puede ser un momento bonito en la Iglesia. A lo mejor no somos más, pero somos muchos. Y siendo tantos, podemos hacer muchas cosas por el bien de los demás, no solo de la Iglesia, sino de toda la sociedad. Y en el estilo se tiene que notar la alegría de ser cristianos. 

Su trabajo es también muy importante para mantener la comunión entre sacerdotes, laicos, movimientos, asociaciones. Debe de ser difícil.

Ya desde mi anterior responsabilidad como vicario de Evangelización, mi trabajo es ser árbitro en vez de juez. Tengo que ser ese nexo entre dos posiciones enfrentadas en un momento determinado e intentar acercar a la gente la idea de que estamos aquí no para tener más o menos poder, sino para poder servir más y mejor. A veces nos podemos olvidar en las instituciones de que quien tiene que estar en el centro es el Señor, y hay escritos y peticiones que me llegan en las que no se habla ni de Jesús. Tenemos que ponerlo a Él en el centro, que Jesús sea el motor que impulse la vida de nuestra Iglesia, de nuestras asociaciones, instituciones, parroquias, hermandades y cofradías. 

Por cierto, ¿cómo se lleva con estas últimas? ¿Cómo las valora? 

Desgraciadamente no he tenido nunca cofradías en los encargos que he tenido en la diócesis ni en las parroquias, pero sí que valoro muy positivamente lo que hay y el motor que significa la religiosidad popular. ¿Que tenemos que seguir ayudándonos a crecer? Seguro que sí; pero que hacen una labor fundamental, también se lo agradezco y se lo aplaudo.  

En febrero fue nombrado delegado episcopal para la Casa Diocesana, sin duda, una gran plataforma evangelizadora en nuestra Diócesis. ¿Seguirá al frente de ella?

No, el día que el Obispo me pidió ser vicario general me anunció que la Casa quedaría en manos de quien la asumió ya jurídicamente hace meses, la Fundación Victoria. Yo he ido haciendo el proceso y acompañando en este tiempo, pero ya se consuma el traspaso de su gestión a la Fundación y, sobre todo, a su presidente, Miguel Ángel Criado, que está haciendo un trabajo increíble. Nuestra Casa Diocesana es un orgullo y hay que agradecer su trabajo a la anterior directora, Inmaculada Román. Recuerdo a un Obispo que daba ejercicios por toda Europa, que nos dijo que posiblemente la mejor casa de ejercicios de todo el continente era la Casa Diocesana de Málaga; por sus instalaciones, por sus servicios y por la gente que la atendía. Creo que es algo tan potente que lo tenemos que cuidar y conservar y que seguro que en esta nueva etapa se seguirá haciendo. 

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