OBISPO DE CARTAGENA
ORDENACIÓN SACERDOTAL
Antonio David Gil Pereira
Basílica de Nuestra Señora de la Caridad.
Cartagena
28 de junio del 2026
Vicario General, vicario de Cartagena y vicarios episcopales, arciprestes;
rector del Seminario Mayor San Fulgencio y formadores;
rector Seminario Redemptoris Mater y formadores;
director del Centro de Estudios Teológicos San Fulgencio;
queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas mayores y menores de San José.
Hno. Mayor del Santo Hospital de Caridad y junta de gobierno;
párroco y fieles de Nuestra Señora de la Esperanza, Urb. Mediterráneo;
un saludo a toda la familia del ordenando;
amigos, invitados, aquí presentes.
Hermanos.
Querido diácono, Antonio David:
La alegría que corre hoy por tu cuerpo tiene un sentido muy especial y su explicación no está lejos ni de tu corazón, ni de tu alma, ya que está más dentro de ti que tú mismo, parafraseando a san Agustín. Hoy te presentas ante nuestro Señor, delante de este pueblo de Dios, para ser un sacerdote, un llamado a servir a tus hermanos en la Iglesia y para anunciar el Reino de Dios al mundo. Quizás estés preocupado por si no te llegan las fuerzas para cargar con esta bendita cruz del servicio, pero mucho ánimo, no temas, ya sabes cual fue la preocupación de nuestro Señor cuando decía a sus discípulos que «la mies es mucha y los trabajadores pocos, rogad al dueño de la mies…», para a continuación asegurarle: «No temas, yo estaré contigo» siempre. Te aseguro que Dios Padre no se olvida de sus sacerdotes, porque la responsabilidad es mucha y sabe que le necesitamos, así que confía, ten ánimo, emprende el camino de la misión.
Todavía suenan las palabras del Santo Padre, el Papa León XIV, de su viaje apostólico a España, que nos invitaban con una palabra serena y firme, alentándonos a sostener la misión que nos ha encomendado el Señor en este momento histórico. El Papa nos exhortó a alzar la mirada, a no dejarnos vencer por el miedo, a ser discípulos misioneros y a acompañar a nuestros hermanos en el descubrimiento y en la fidelidad a la belleza del Evangelio. Nos pidió que la Iglesia no se replegase sobre sí misma, porque está llamada a compartir las esperanzas y las heridas de la humanidad y a ofrecer a todos la luz de Cristo, por eso debes mantener la lámpara encendida como las vírgenes prudentes. También nos insistió repetidamente sobre la dignidad inviolable de la persona, en la necesidad de superar las polarizaciones y en nuestra vocación de facilitar el encuentro, acompañando a los que quieren seguir a Cristo y, sobre todo en vivir según el modelo que él nos enseñó como anunciadores mansos y fuertes de la Palabra que salva, obedientes a la voluntad de Dios, servidores de una Iglesia abierta y de una Iglesia en salida y misionera.
Jesús te ha llamado ante todo para vivir una experiencia de amistad con él (cf. Mc 3, 13); una experiencia destinada a crecer de manera permanente, que involucra todos los aspectos de tu vida. Dios te ha llamado tal como tú eres, sí, con tus valores y limitaciones, con el fin de convertirte en un sacerdote feliz, para que seas puente y no un obstáculo para el encuentro con Cristo de toda la gente que se acerque a ti. Ya sabes el papel del precursor: él debe crecer y tú disminuir, así serás un pastor, según su corazón. Antonio David, verás cómo irá cambiando tu vida, tus costumbres, tus intereses, si te dejas llevar por el Señor, ya que la vida es difícil y más en este contexto social y cultural marcado por el conflicto y el narcisismo, por eso necesitarás aprender a amar a los demás como lo hace Jesús. Es sencillo, Cristo amó con corazón de hombre, ¡y tú estás llamado a amar con el corazón de Cristo! Amar con el corazón de Jesús. Pero para aprender este arte hay que trabajar en la propia interioridad, donde Dios hace oír su voz y desde donde parten las decisiones más profundas; pero que es también un lugar de tensiones y luchas (cf. Mc 7, 14-23), que hay que convertir para que toda tu humanidad huela a Evangelio.
El primer trabajo hay que hacerlo en la interioridad. Recuerda bien la invitación de san Agustín a volver al corazón, porque allí encontramos las huellas de Dios. Bajar al corazón a veces puede darnos miedo, porque en él también hay heridas. No tengas miedo de cuidarlas, déjate ayudar, porque precisamente de esas heridas nacerá en ti la capacidad de saber estar junto a los que sufren. Sin vida interior tampoco será posible la vida espiritual, porque Dios nos habla precisamente allí, en el corazón. Dios nos habla en el corazón y debes aprender cada día a escucharlo. Pero, al corazón hay que entrenarlo, es necesario, para no dejarte llevar de los impulsos o de las emociones rápidas, de las decisiones precipitadas… Un sacerdote debe aprender a domar y a conocer su corazón, para ser más auténtico, más persona y el mejor entrenamiento para la interioridad es la oración.
El Papa León nos invitó a buscar la verdad desde el silencio de la oración y nos dijo: «Tened la certeza de que Dios conoce bien vuestra voz: Él os escucha y os responderá. No tengáis miedo de expresar lo que sentís en el corazón. Hay un Salmo que dice: “El que hizo el oído, ¿no va a oír?”» (Sal 94, 9).
Querido Antonio David, hoy comenzarás a vivir como sacerdote de verdad, cuida tu corazón y tu vida interior, porque los momentos diarios de silencio, meditación y oración, podrán ayudarte a aprender el arte del discernimiento y esto es importante para acompañar a quien confía en ti su intimidad y su relación con el Señor. La vida de un sacerdote no es nada fácil, porque se le pide olvidarse de sí mismo y cargar con la Cruz de Cristo en la donación y entrega. Es verdad que dejas atrás muchas cosas, pero Dios te va abriendo camino y verás cómo nada ni nadie te llena tanto como el corazón de Dios. Nunca estarás solo, porque Cristo camina contigo y te defenderá, porque Dios es fiel.
Rezamos por ti y confiamos en la misericordia del Señor, por eso acudimos a la Santísima Virgen de la Caridad, que llevas grabada en tu ser, para que siga intercediendo ante su Hijo Jesús. Felicidades.
José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

