n helicóptero transporta una estatua de Cristo sobre los tejados de Roma en la célebre escena de la película La dolce vita (Federico Fellini, 1960). Desde las terrazas, los hombres y las mujeres interrumpen sus ocupaciones, levantan los ojos y miran. No saben bien qué sienten; tampoco su director lo explica del todo. Pero algo en ese gesto —alzar la mirada hacia una figura que pasa sobre el ritmo afanado del mundo— condensa una de las preguntas más antiguas del ser humano: ¿hay algo más allá de lo inmediato que merezca nuestra atención? El lema elegido para la visita de León XIV a España: Alzad la mirada (Jn 4,35) recoge esa misma interpelación y la convierte en clave de lectura de cuanto está por suceder. El Santo Padre visitará España del 6 al 12 de junio. Es su primer viaje a Europa y el primer viaje pontificio a este país desde 2011. Su significado es, a un tiempo, pastoral, institucional y social; y ninguno de estos planos puede comprenderse bien sin los otros.
El Papa es el obispo de Roma y sucesor de Pedro: principio y fundamento de la unidad de la Iglesia, vicario de Cristo y cabeza del colegio episcopal. Su primera tarea es confirmar en la fe a los hermanos, conforme al encargo que Cristo dirige a Pedro en la víspera de la Pasión: «Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22,32). Ser roca de firmeza en medio de las tormentas, voz profética que no cede ante los vaivenes del mundo, testigo fiel de la verdad del Evangelio: en esto consiste, ante todo, el servicio de Pedro. La segunda dimensión de ese servicio es el cuidado pastoral. Cristo resucitado confía a Pedro: «Apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17). Este encargo da forma a un ministerio de entrega hasta el fin; el Papa es, en este sentido, el primer servidor de la Iglesia. Preside en la caridad a la Iglesia universal, cuyo fundamento no son las estructuras humanas, sino la comunión que nace de Cristo. El Concilio Vaticano II lo expresa con precisión: el sucesor de Pedro es «el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles» (Lumen gentium, 23). Su magisterio, su intercesión y su presencia visible mantienen unida a la Iglesia extendida por toda la tierra.
El lema Alzad la mirada remite directamente a la homilía con que León XIV inauguró su ministerio petrino. En ella proclamó que era la hora del amor e invitó a la Iglesia a ser signo de unidad, fraternidad y esperanza para un mundo marcado por la discordia. Comenzó evocando la conocida frase del inicio de las Confesiones de san Agustín: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Esa inquietud constitutiva del ser humano es el trasfondo espiritual desde el que ha de leerse cuanto el Papa dirá y hará durante estos días en España. Alzar la mirada significa, sobre todo, superar todo interés para descubrir la presencia de Dios y abrirse a los demás. Y, por eso, significa además trascender los proyectos meramente materiales y efímeros para contemplar a Cristo: cuyo sacrificio en la cruz es fuente de vida inmortal, principio de justicia y de paz, ofrenda de misericordia y perdón, garantía de un amor que llevó a Dios a hacerse hombre y a morir crucificado. Sus brazos abiertos son una invitación a cada ser humano y a cada hermano necesitado; en ellos se reconoce la gracia y la salvación.
Esta clave espiritual ilumina también cada uno de los actos que jalonarán su visita, especialmente aquellos de mayor relieve institucional. El discurso que el Santo Padre pronunciará ante el Congreso de los Diputados —un hito sin precedente próximo en la historia parlamentaria española— tendrá, sin duda, la vocación de ofrecer una referencia ética para la regeneración democrática y el diálogo social, así como para afrontar con humanidad el fenómeno migratorio y las desigualdades económicas que azotan a vastos sectores de la humanidad. Las celebraciones eucarísticas multitudinarias, la visita a la abadía de Montserrat y los encuentros dedicados a la caridad y la reconciliación completan un itinerario en el que lo visible —los gestos, los lugares, los rostros— remite siempre a algo que lo trasciende.
La imagen de Fellini sigue mostrándose con toda su carga de provocación: el helicóptero pasa, la estatua de Cristo planea sobre Roma, y los hombres miran hacia arriba sin saber del todo qué nombre dar a lo que sienten. León XIV llega a España para acoger esa inquietud y dar nombre a esa mirada; para decir, como lo ha dicho desde el primer día de su pontificado, que la expectación del corazón humano tiene una respuesta, que es únicamente el amor. Bienvenido, Santo Padre.
+José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

