Homilía en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Hermanos sacerdotes,
queridas Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote,
queridos seminaristas,
Hermanas y hermanos, amados por el Señor:

Celebramos hoy la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, una fiesta por la que luchó, sufrió y que más hondamente amó nuestro venerable don José María García Lahiguera, quien fue pastor de esta diócesis de Huelva y fundador de nuestras Hermanas Oblatas.

Y la celebramos en una fecha especialmente significativas, puesto que mañana se cumplirán cien años de su ordenación sacerdotal, recibida el 29 de mayo de 1926 de manos de don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid-Alcalá. Aquel joven sacerdote tenía ya en el alma un fuego que no le abandonaría jamás: la pasión por la santidad sacerdotal.

Hoy damos gracias a Dios por ese fuego. Y pedimos que vuelva a encenderse en nosotros.

Porque la gran intuición del venerable García Lahiguera no fue una estrategia pastoral. Fue una convicción interior: la llamada a la santidad, particularmente, del sacerdote.

Él mismo lo escribió en unos ejercicios espirituales de marzo de 1939: En mí hay lo que llamaríamos dos vocaciones, la interior y la exterior. La vocación interior es: Ser sacerdote santo. La vocación exterior es: Ser el sacerdote de los sacerdotes. Primero: ser sacerdote santo. Después: ayudar a los sacerdotes a ser santos.
No podía concebir el sacerdocio separado de la santidad. Y esta convicción le acompañó toda la vida. En su Diario espiritual, ya en sus últimos años, escribía: quise ser siempre sacerdote y jamás quise ser otra cosa. Algo parecido debo decir de la santidad. Nunca recuerdo una época en que no quisiera ser santo.

Queridos hermanos sacerdotes:

Quizá una de las tentaciones de nuestro tiempo sea reducir el sacerdocio a función, a actividad, a organización, a eficacia pastoral. Y corremos el riesgo de olvidar lo esencial.

Precisamente por eso resultan tan importantes las enseñanzas del papa León XIV sobre la santidad sacerdotal en este primer año de su pontificado. El Santo Padre nos recuerda que la Iglesia no necesita sacerdotes definidos por la multiplicación de tareas o la presión de los resultados, sino hombres configurados con Cristo, hombres cuya vida nazca de una relación viva con Él.

No somos gestores religiosos. No somos funcionarios de lo sagrado. No somos simplemente animadores de comunidades. Somos hombres configurados con Cristo Sacerdote. León XIV ha insistido con fuerza en que el sacerdote debe ser alter Christus: otro Cristo, por identificación interior; dejando que Cristo configure la vida, unifique el corazón y modele el ministerio.

Eso mismo vivió el venerable D. José María. Por eso su espiritualidad era profundamente eucarística. Él entendió que el sacerdote nace del altar y vuelve siempre al altar. Que la fecundidad pastoral no brota del activismo, sino de la unión con Cristo.

El Papa actual ha dicho recientemente: Sed adoradores, hombres de profunda oración. Y quizá hoy necesitamos escuchar estas palabras con especial humildad. Porque existe un peligro silencioso: acostumbrarnos a las cosas de Dios sin vivir de Dios. Hablar de Cristo y no permanecer con Cristo. Administrar la gracia mientras el corazón se seca interiormente.

León XIV ha usado una imagen impresionante: la del árbol que aparentemente sigue en pie, pero que por dentro está seco. Sacerdotes que mueren de pie: mantienen las estructuras, continúan las actividades, pero han perdido las raíces interiores.

Por eso la santidad sacerdotal exige vida sobrenatural. No basta trabajar mucho. No basta organizar bien. No basta mantener las obras.

Es necesario vivir desde Dios. Tener una mirada sobrenatural. Reconocer la acción de la gracia. Permanecer en oración. Custodiar el corazón.

Queridas hermanas Oblatas:

Vuestra congregación nació precisamente de esta intuición espiritual de vuestro fundador: que la santidad sacerdotal es obra de la gracia y que la gracia se implora de rodillas.

En 1936 escribía don José María: Como la santidad es obra de la gracia, y ésta se alcanza con la oración, urge de un modo apremiante lanzarse a una Cruzada ‘Pro Sacerdotio’, a base de oración y sacrificio. Y añadía: Debe irse pensando en la fundación de una orden religiosa de monjas de clausura cuyo fin principal (…) había de ser la oración y el sacrificio por la santificación de los sacerdotes y seminaristas.

¡Qué intuición tan verdadera y actual! Vosotras nos recordáis que los sacerdotes no se sostienen solamente con medios humanos, sino con oración, adoración, sacrificio y gracia.

Y esa intuición encontró providencialmente a quien compartiría plenamente ese ideal: la Madre María del Carmen Hidalgo de Caviedes. Y así, en medio de la guerra, entre sufrimientos y oscuridades, Dios hizo nacer una obra escondida y fecunda: la Obra Sacerdotal que después sería la Congregación de Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote.

Queridos hermanos:

La Iglesia no se renueva principalmente mediante estrategias. Se renueva mediante santos. Y la santidad sacerdotal es, particularmente, necesaria. Recordemos, hoy, con que énfasis y apremio el Vaticano II llamaba a la santidad de los sacerdotes, diciendo: este sacrosanto Sínodo, para conseguir sus fines pastorales de renovación interna de la Iglesia, difusión del Evangelio en todo el mundo y diálogo con el mundo moderno, exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, empleando los medios recomendados por la Iglesia, se esfuercen en alcanzar una santidad cada día mayor, que los haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo de Dios (Decreto Presbyterorum ordinis, 12).

La llamada a la santidad sacerdotal no es una invitación al intimismo. Es señalar la fuente de la caridad pastoral, porque el sacerdote santo no vive encerrado en sí mismo. Vive entregado. Vive para Dios y para el pueblo.
Por eso León XIV insiste en una santidad: pastoral, misionera, cercana, misericordiosa y humilde. El sacerdote santo acompaña, escucha, sostiene, reconcilia y evangeliza.

La santidad del sacerdote implica también la fraternidad sacerdotal. León XIV ha insistido mucho en que la fraternidad forma parte de la santidad ministerial. Qué importante es hoy: sostenernos, rezar unos por otros, cuidarnos, acompañarnos, vivir como verdadero presbiterio. Un sacerdote aislado se debilita. Un presbiterio unido transparenta a Cristo.

El Papa ha utilizado una imagen muy hermosa: el sacerdote como la fachada de una catedral. Visible, sí; pero no para exhibirse, sino para conducir hacia el misterio. Así debe ser nuestra vida: una transparencia humilde de Cristo.

La conclusión es clara, -son palabras radicales y verdaderas de García Lahiguera- y la expondremos en forma de dilema: o ser sacerdote santo o no ser sacerdote. Si no soy santo, ¿para qué soy sacerdote? Y si soy sacerdote, ¿por qué no soy santo?

Estas palabras nos recuerdan que nuestra primera responsabilidad pastoral es dejarnos santificar por Cristo.
El mejor homenaje que podemos ofrecer a don José María García Lahiguera en el centenario de su ordenación sacerdotal no es solamente admirar su figura, sino acoger su herencia espiritual.

Volver a creer que la santidad sacerdotal es posible. Volver a creer que Cristo basta. Volver a creer que la oración sostiene la Iglesia. Volver a creer que la Eucaristía es el centro. Volver a creer que un sacerdote santo puede transformar el mundo.

Que Cristo Sumo y Eterno Sacerdote renueve hoy nuestro corazón.

Y que María, Madre de los sacerdotes, nos enseñe a vivir totalmente para Él.

Amén.

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