La iglesia de San Miguel de Geneto, finalista en los Premios Arquitectura 2026

Diócesis de Tenerife
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El Obispado de Tenerife está situado en San Cristobal de La Laguna. La jurisdicción de la diócesis comprende Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro.

El Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España (CSCAE) ha seleccionado la rehabilitación y ampliación de la iglesia de San Miguel de Geneto, en San Cristóbal de La Laguna, como una de las 25 obras finalistas de los Premios Arquitectura 2026, el galardón más importante que concede la profesión a nivel nacional.

El proyecto, firmado por el arquitecto Alejandro Beautell, ha sido elegido entre 534 candidaturas presentadas de todo el territorio español. El jurado ha destacado de la intervención que «la reutilización de materia existente, incluso aquella nacida de la controversia, se convierte en gesto resiliente: la memoria del proceso se incorpora al espacio y al uso cotidiano, prolongando la vida del edificio y resignificando su materialidad».

Los 25 finalistas optan a seis distinciones basadas en valores —sostenibilidad, cultura, hábitat, rehabilitación, profesión y compromiso— y a tres reconocimientos especiales, entre ellos el Premio de Arquitectura Española. La gala de entrega se celebrará el próximo 9 de junio en el Teatro Alcázar de Madrid.

San Miguel de Geneto

Tiempo, materia y luz en una iglesia contemporánea

La intervención en la iglesia de San Miguel de Geneto, en San Cristóbal de La Laguna (Tenerife), parte de un doble encargo: la restauración rigurosa de una ermita del siglo XVIII y su ampliación mediante una nueva nave capaz de responder a las necesidades litúrgicas actuales sin desvirtuar la identidad histórica del conjunto.

La ermita original, levantada a comienzos del siglo XVIII a pie del antiguo camino de Candelaria, responde a una arquitectura austera y funcional, ligada a los ciclos agrícolas y a la asistencia espiritual de los habitantes y viajeros del lugar. De planta rectangular y cubierta con armadura mudéjar de par y nudillo, constituye un ejemplo significativo de la arquitectura religiosa rural de Canarias. La intervención ha recuperado íntegramente este volumen histórico, restaurando su artesonado de tea con técnicas tradicionales y criterios de mínima intervención, y eliminando las adiciones del siglo XX que habían alterado su lectura tipológica, entre ellas la cubrición del antiguo patio de acceso.

La ampliación se concibe como un cuerpo autónomo, claramente diferenciado del edificio histórico. Entre ambos se dispone un deambulatorio que actúa como espacio de transición y respeto, permitiendo que lo antiguo y lo nuevo coexistan sin confundirse. Esta franja intermedia no es solo un elemento funcional, sino un umbral temporal que subraya la condición específica de cada arquitectura y evita cualquier mimetismo formal.

El nuevo volumen se resuelve mediante una envolvente continua y blanca, que simplifica y reinterpreta la nave histórica sin reproducirla. Su escala y altura se mantienen en un segundo plano frente a la ermita, renunciando a cualquier gesto de protagonismo. La neutralidad de su arquitectura hace posible la convivencia con la edificación histórica, entendida no como contraste, sino como continuidad serena en el tiempo. En el interior, un gran tragaluz introduce la luz natural directamente sobre el presbiterio, convirtiéndola en el principal material de construcción y en el elemento que articula la experiencia espacial del templo.

Uno de los gestos más significativos del proyecto surge de un conflicto durante la obra. Un muro de hormigón armado, construido para proteger el patio del tráfico rodado, fue demolido tras una controversia administrativa.

Lejos de desechar su memoria material, el muro fue cortado en secciones y reutilizado para conformar el altar, el ambón y la pila bautismal. El acero corrugado de su interior se recuperó para construir la cruz del retablo. La materia, herida y fragmentada, adquiere así una condición sacramental, ocupando el centro de la liturgia.

Este gesto no pretende ser narrativo ni simbólico en un sentido explícito, sino estrictamente constructivo y material. La arquitectura asume el conflicto, incorpora la herida y la convierte en permanencia. El hormigón deja de ser un material anónimo para convertirse en memoria condensada, en materia atravesada por el tiempo y resignificada por el uso.

Durante el día, la arquitectura se limita a dejar entrar la luz. No hace falta añadir nada más. Basta con permanecer atento.

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