

El Centro Diocesano de Espiritualidad Manuel Medina Olmos acogió la tercera sesión de formación permanente del clero accitano, organizada junto a la ACdP, con la ponencia de los prestigiosos doctores Rodrigo Orozco y Juan Luis Alcázar.
El Centro Diocesano de Espiritualidad “Obispo Medina Olmos” ha acogido la tercera charla de formación del clero accitano bajo el título “La vida desde la ciencia, la ética y la esperanza”. Un encuentro de hondo calado pastoral y humano que ha estado organizado por la delegación para el Clero en estrecha colaboración con la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) y su delegada en Guadix, Maika Fornieles.
La jornada comenzó con la bienvenida de nuestro obispo, quien en su intervención introductoria subrayó el valor absoluto de cualquier vida humana, un principio que el Magisterio de la Iglesia y su doctrina han defendido de forma inquebrantable. El prelado realizó un breve recorrido histórico por los pronunciamientos de la Iglesia, deteniéndose especialmente en las enseñanzas y encíclicas de los últimos Papas, que han iluminado el respeto a la dignidad humana desde su concepción hasta su término natural.
Para abordar la realidad desde la primera línea médica, el encuentro contó como ponentes con el doctor Rodrigo Orozco Fernández, especialista en Ginecología y Obstetricia del Hospital QuirónSalud de Málaga, y el doctor Juan Luis Alcázar Zambrano, catedrático de Medicina en la Universidad de Navarra. Y se dispusieron tres bloques.
En el primer bloque, dedicado al embarazo, el aborto y el postaborto, los doctores enfatizaron que el primer deber de la Iglesia y de la medicina es la presencia y el acompañamiento: “La Iglesia está aquí para ayudarte y estar a tu lado”. Insistieron en la importancia de ganar tiempo ante diagnósticos difíciles, evitando tanto minimizar la situación como dramatizarla sin más.
Asimismo, advirtieron del peligro de alguna terminología actual; expresiones como “feto incompatible con la vida” actúan como un storytelling de condena que condiciona severamente a las familias. Los ponentes visibilizaron las secuelas psicológicas del aborto —marcadas por la presión familiar, el miedo al juicio social o espiritual y la culpa— frente a una sociedad en la que este drama ha calado bajo la etiqueta de un «derecho».
El segundo eje de la formación giró en torno a la eutanasia y los cuidados paliativos, deshaciendo la frecuente confusión entre eutanasia activa y pasiva. Y mientras los cuidados paliativos mitigan el dolor, el miedo al ahogo y el sufrimiento —grandes temores del ser humano—, la eutanasia causa y provoca la muerte mediante la administración de fármacos en dosis letales y de manera rápida.
Los doctores desmontaron el mensaje edulcorado del “descanso”, cuestionando la potestad humana para decidir el momento del fin de una persona. Y se preguntarían si la ley de eutanasia en España es un reflejo de un espíritu relativista abocado al fracaso. Frente a la petición de la eutanasia propusieron la empatía y la oferta de alternativas médicas dignas como la sedación y los paliativos.
No hubo suficiente tiempo para abordar con profundidad el último bloque sobre la adolescencia. Tan solo se ofrecieron algunos apuntes. Los ponentes advirtieron que los jóvenes están siendo engañados a través de una educación sexual ideologizada. Calificaron como “una gran mentira” el dogma social de que “el sexo es seguro”, obviando las implicaciones afectivas, psicológicas y relacionales de la afectividad en esa etapa del desarrollo.
Y finalizaron la sesión ofreciendo claves pastorales cruciales para los sacerdotes. Los doctores recordaron que cuando una persona en situación límite acude a un párroco, no busca una fría formulación teórica de la doctrina, no buscan quizá solo el Magisterio de la Iglesia, sino saber si su propia vida tiene valor y es redimible.
Ahí radica la gran tarea pastoral: el sacerdote debe ser quien sostiene, la medida de la misericordia y el testigo de que ninguna vida queda fuera del amor de Dios. La vida humana, concluyeron, necesita más cuidado precisamente cuando se rompe y pierde su dignidad aparente. La misión de la Iglesia es lograr que quien se acerque a ella salga con la certeza de que no está solo, que no es una carga y que Dios jamás abandona. “No podemos cambiar la historia de una persona, pero sí podemos hacerle ver que está acompañada y que hay esperanza”.
Antonio Travé
Subdelegado diocesano de MCS. Guadix

