Homilía en la Fiesta de San Juan de Ávila (2026)

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Homilía en la Fiesta de San Juan de Ávila (2026)

Parroquia del Sagrario de Sevilla.

7 de mayo de 2026.

Encuentro del Clero de la Archidiócesis de Sevilla.

Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: hermanos en el episcopado, presbíteros, diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada y del laicado; muy especialmente, queridos hermanos que hoy dais gracias al Señor por vuestros cincuenta y veinticinco años de ordenación sacerdotal y diaconal, a los que saludo especialmente: Manuel Martínez Alaminos y José Tomás Martín de Agar Valverde, que cumplen 50 años de ordenación. Antonio José Guerra Martínez, Juan José Linares Mota, Marcelino Manzano Vilches, Francisco Javier Nadal Villacreces, José Miguel Verdugo Rasco, Miguel Ángel Bernal Rodríguez, Manuel María Roldán Roses, Leonardo Sánchez Acevedo, y Juan José Sauco Torres, 25 años de ordenación. Los diáconos Aurelio Álvarez Ruiz y Andrés Cebrino Cordobés, 25 años de ordenación diaconal. Y vuestro arzobispo, 25 años de ordenación episcopal.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos conduce al centro mismo de nuestra vocación. Contemplamos a Pablo y Bernabé anunciando con valentía la Palabra, en medio de la acogida y también de la contradicción. El Evangelio nos recuerda que el discípulo ha de ser sal de la tierra y luz del mundo. Y el salmo pone en nuestros labios una confesión que nos llena de paz y consuelo: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22,1). San Juan de Ávila leyó su propia vida a la luz de esta Palabra. Fue un hombre consumido por el celo apostólico, enteramente entregado al anuncio del Evangelio y al cuidado de las almas. En tiempos recios, fue sacerdote recio. En tiempos de confusión, fue sacerdote luminoso. En tiempos de necesidad de reforma, fue sacerdote santo.

La primera lectura nos presenta una escena muy expresiva. La predicación apostólica, que suscita adhesiones, pero también provoca rechazo. Y, sin embargo, los discípulos quedan “llenos de alegría y de Espíritu Santo” (Hch 13,52). He ahí una enseñanza decisiva para nosotros. El sacerdote no mide la fecundidad de su ministerio por el aplauso, ni por el éxito externo. La mide por la fidelidad. Nuestro santo patrón lo vivió perfectamente. Conoció la incomprensión, la sospecha, la cárcel y la prueba. Pero no se volvió amargo ni resentido, ni se replegó sobre sí mismo, y no dejó de predicar a Jesucristo.

También hoy se nos pide esa entereza sobrenatural. No vivimos tiempos fáciles. Son muchas las fatigas del ministerio: secularización creciente, indiferencia religiosa, soledad interior, cansancio apostólico, activismo, heridas personales y comunitarias. Precisamente por eso la fiesta de san Juan de Ávila nos llama a volver a lo esencial. Más que estrategias o métodos nuevos, por eficaces que sean, lo que necesitamos es, sobre todo, fuego interior, una mayor identificación con Jesucristo, reavivar la conciencia de la grandeza del don recibido. San Juan de Ávila contempló esa grandeza con palabras que siguen estremeciendo. Dice: “Muchas cosas se requieren para cumplir con la obligación del oficio de cura de almas; porque, si miramos a la dignidad sacerdotal que le es aneja, conviene tener ferviente y eficaz oración y también santidad… pues se llama padre de sus parroquianos” (SAN JUAN DE ÁVILA, Tratado del sacerdocio, 36).

Esta expresión es de enorme densidad. El sacerdote es padre. No es un mero gestor de lo sagrado, ni un funcionario del templo, ni un profesional de lo religioso. Es padre en el orden de la gracia, padre que engendra por el Bautismo, alimenta con la Eucaristía, reconcilia en la Penitencia, acompaña, corrige, consuela, enseña y guía. Y precisamente porque es padre, ha de tener alma de padre. El pueblo de Dios percibe enseguida si el sacerdote ama de verdad a sus fieles, si reza por ellos, si los lleva en el corazón, si sufre con sus sufrimientos y se alegra con sus gozos. El ministerio no se sostiene con la organización, se sostiene con la caridad pastoral.

El Evangelio nos ha recordado que somos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14). Nos habla de identidad antes que de tarea. El sacerdote, configurado sacramentalmente con Cristo, está llamado a transparentar a Cristo. La sal no vive para sí misma, da sabor a lo que toca. La luz no se enciende para ocultarse, se pone en lo alto para que alumbre. También el sacerdote pierde su verdad cuando vive encerrado en sí mismo, cuando deja de transparentar a Cristo, cuando se acostumbra a una vida espiritual pobre o a una rutina sin alma. San Juan de Ávila diría hoy a los sacerdotes de Sevilla: no rebajéis el ideal, no pactéis con la mediocridad, no os dejéis robar el fervor de la primera entrega, no descuidéis la oración, no celebréis los sacramentos de cualquier manera, no os acostumbréis a la Palabra que predicáis, no os resignéis a una vida interior empobrecida.

Nos diría también: vivid centrados en Cristo, meditad la Pasión del Señor, mantened la vida de oración, no olvidéis el examen de conciencia, y la confesión frecuente. Mantened un trato filial con la Santísima Virgen. Porque el sacerdote se sostiene de rodillas o termina debilitándose por dentro. Y nos diría algo más: amad a la Iglesia concreta que se os ha confiado. Amad a Sevilla. Amad a sus parroquias, a sus barrios, a sus pueblos, a sus enfermos, a sus ancianos, a sus jóvenes, a sus pobres, a sus familias, a sus niños. Amad también a vuestros hermanos sacerdotes, cuidaos mutuamente. Él fue un hombre de comunión eclesial y de fecunda fraternidad sacerdotal.

En este punto resuenan con fuerza las palabras del papa León XIV, que nos pide ser constructores de unidad y de paz, hombres de comunión, que nos pide “un impulso en la fraternidad presbiteral, que hunde sus raíces en una vida espiritual sólida, en el encuentro con el Señor y en la escucha de su Palabra” (LEÓN XIV, Discurso al clero de la diócesis de Roma, 12 de junio de 2025). Son palabras muy oportunas para nosotros hoy. Sí, hermanos: hombre de comunión. Éste es uno de los grandes retos de nuestro tiempo. En una cultura marcada por la fragmentación, la autorreferencialidad y el aislamiento, el sacerdote no puede vivir solo para sí. Necesitamos cuidar de verdad la fraternidad sacerdotal. Necesitamos vernos, escucharnos, acompañarnos, sostenernos, corregirnos fraternalmente, rezar unos por otros. Un presbiterio dividido o frío debilita la evangelización; un presbiterio unido y fraterno se convierte en signo creíble del Resucitado.

Y aquí me dirijo con afecto especial a quienes celebráis hoy cincuenta y veinticinco años de ordenación. Queridos hermanos: Gracias por vuestra perseverancia, por vuestra entrega callada, por tantos años de altar, confesonario, catequesis, despacho, visita a enfermos, atención a los pobres, predicación, dirección espiritual, acompañamiento de familias, servicio humilde y fidelidad cotidiana. Habéis pasado por alegrías y cruces, por momentos de consuelo y por noches oscuras. Y aquí estáis, dando testimonio de que el Señor es fiel y vosotros correspondéis a su fidelidad. Vuestra vida sacerdotal es un don para la Iglesia de Sevilla, vuestra presencia hoy nos recuerda que vale la pena entregar la vida a Cristo. Vale la pena ser sacerdote.

Pidamos al Señor, por intercesión de san Juan de Ávila, que nos conceda una renovación profunda del corazón sacerdotal. Que nos haga hombres de Dios, hombres de oración, hombres de Eucaristía, hombres de comunión, hombres de misericordia, hombres de celo apostólico. Que no dejemos de ser sal. Que no ocultemos la luz. Y pongamos esta súplica en manos de la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que llevó a Cristo en su seno, nos enseñe a llevarlo con pureza en el corazón y a entregarlo con fidelidad a los hombres. Que ella nos alcance la gracia de una vida sacerdotal humilde, santa, alegre y fecunda. San Juan de Ávila, patrono del clero secular español, ruega por nosotros. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

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