Fernando Moreno sirve como diácono permanente a esta Iglesia en la ciudad autónoma de Melilla, donde ejerce, además profesionalmente como profesor de la especialidad de Servicio a la Comunidad en el centro público Juan Antonio Fernández Pérez. Es colaborador de la Delegación Diocesana de Migraciones y es miembro de la Asociación Despuntes de Primavera, que, a través del Proyecto Geum Dodou, comenzado por la comunidad intercongregacional de las Apostólicas del Sagrado Corazón y las Hermanas del Santo Ángel, acompaña a personas migrantes en tránsito que acceden a Melilla.
El 23 de abril, Fernando impartió una formación a sus compañeros de especialidad en torno al proceso de regularización extraordinaria que se está llevando a cabo en España, dado el alto impacto que esta tiene sobre la infancia. La jornada formativa tuvo lugar en la Dirección Provincial del Ministerio de Educación en Melilla, y participaron más de quince docentes, contando con la participación del Inspector de Educación.
Se asocia la acogida e integración de las personas migrantes a entidades (eclesiales o civiles) especializadas. ¿Es también competencia de todos los creyentes?
Creo que es una tarea que todos los cristianos tenemos que hacer en la construcción de la de la comunidad eclesial y universal. El papa Francisco, en Fratelli tutti, nos invita a caminar juntos, no solo como Iglesia, sino también como familia humana. En todos los espacios donde estemos -no solo en las comunidades cristianas o parroquiales, en las que por supuesto tenemos que acompañar, sino en todos-, debemos facilitar la acogida, el acompañamiento y la inclusión de todas las personas. Y eso incluye por supuesto a las personas migrantes, que, además, tienen una dificultad específica de sentirse acogidos, aceptados e integrados en los espacios donde quieren crecer, contribuir y compartir. Creo que es una tarea de todos los cristianos.
¿Cómo afecta a realidad migratoria al ámbito educativo en el que desarrolla su actividad profesional?
Melilla es una ciudad donde hay un fenómeno migratorio con una presencia muy localizada en la cultura tamazight, que también comparten muchas personas nacidas en Melilla. Esta tiene unas peculiaridades específicas, propias de esta cultura y su idioma. Los centros, sobre todo por dificultades de la lengua, tienen una dificultad mayor para atender a la población migrante cuyas nacionalidades fluctúan mucho dependiendo de los procesos migratorios. En Primaria, más que en Secundaria, ha habido momentos concretos de afrontar el reto educativo de la llegada de personas de otros países, sobre todo de Sudáfrica, con la dificultad que plantean las costumbres culturales, el idioma, la no escolarización previa de niños que han estado en el CETI… Creo que, de hecho, uno de los retos más grandes que tiene Melilla se encuentra en el ámbito educativo, con un gran porcentaje de fracaso escolar y de abandono.
En todos los espacios donde estemos, debemos facilitar la acogida, el acompañamiento y la inclusión de todas las personas. Y eso incluye por supuesto a las personas migrante
Esta formación que ha llevado a cabo, ¿puede considerarse presencia pública de la fe, Evangelio encarnado en la sociedad?
Para mí, sí. Creo que todos los cristianos tenemos la responsabilidad de hacer presente el Evangelio en el ambiente donde vivimos y, también, en el espacio laboral. Por eso, aquí hemos unido, por un lado, una presencia formativa que nos posibilita favorecer el desarrollo de la dignidad humana de las personas en situación de vulnerabilidad y, por otro, que lo hemos hecho en nuestro ámbito profesional.
Mis compañeros y yo trabajamos, entre otras tareas, atendiendo precisamente la situación de vulnerabilidad de los alumnos y de sus familias. Por eso, hacer presente ahí, en ese trabajo, los valores humanos de la justicia, yo lo considero un Evangelio encarnado y una forma de hacer presente al Señor, aunque sea colaborando con muchas otras personas de confesiones distintas e incluso no creyentes.
Para un diácono permanente, además, tiene más fondo.
Exacto. Yo lo intento vivir unificado, que a veces no es fácil; es decir, no separar mi dimensión laboral de mi diaconado. En ese sentido, creo que el ministerio de la Palabra que los diáconos tenemos encomendado por el Orden es un espacio concreto -quizá a veces olvidado por nosotros mismos y también por desconocimiento de otros miembros de la comunidad cristiana- para vivirlo en el ámbito laboral. Tanto si lo hacemos explícitamente o esa parte preciosa que nos dice el documento para el ministerio de los diáconos permanentes: con nuestra presencia activa, allí donde de alguna manera se forma la opinión pública y la ética. Creo que lo he unificado como una experiencia diaconal del servicio al mundo y en nuestro ámbito laboral, y de servicio también al Evangelio y a la presencia del Reino.
¿Cómo cree que el Evangelio puede dar luz para afrontar la realidad migratoria a personas que pueden no compartir la misma fe, las mismas creencias?
El Evangelio, sobre todo, es una buena noticia para el hombre y la mujer de hoy, una noticia que humaniza. En lo humano, tenemos cabida todas las personas. El Evangelio nos hace más humanos y ayuda a humanizar a aquellos que necesitan vivir más dignamente. Por tanto, es un espacio de encuentro donde podemos poner luz, porque llevamos el reconocimiento de la dignidad de cualquier persona humana, también los migrantes, que son hermanos nuestros, que tienen una dignidad sagrada que no se puede violar y que necesita ser reconocida y promocionada para permitirles vivir en condiciones de dignidad.
¿Qué retos concretos plantea al mundo educativo el proceso de regularización de migrantes?
Por un lado, que ninguna de las personas que ya están, sobre todo los alumnos ya escolarizados, -que era la preocupación que teníamos- se quedé sin recibir la información. Sería muy frustrante que al final del proceso de regularización, en julio, surjan alumnos en nuestros colegios o en nuestras ciudades que no se hayan enterado ni se hayan podido acoger a este proceso de regularización. Ese sería el primer reto. Por otro lado, son alumnos que ya están escolarizados en los centros, y ya los estamos atendiendo. Lo que supone el proceso de regularización es la oportunidad de que tengan mayor acceso a la protección jurídica, al reconocimiento jurídico de la situación documental, al acceso a otro tipo de recursos sociales, de salud y, en algunos casos, de prestaciones. Sobre todo de garantía de futuro. En ese sentido, el proceso no va a suponer un reto diferente a lo que ya se está asumiendo, sino una mayor garantía de la protección que esos niños y niñas pueden recibir.
Creo que he unificado mi servicio a la Palabra y mi trabajo profesional, como una experiencia diaconal del servicio al mundo y en el ámbito laboral, y de servicio también al Evangelio y a la presencia del Reino
¿Qué frutos puede compartir de esta experiencia? ¿Qué resultado y qué ecos encontró en sus compañeros?
Quizás lo más significativo fue la recepción de los compañeros. Fue una iniciativa personal, junto con las entidades con las que colaboro, y nacida también de la reflexión, con la Delegación de Migraciones, de cómo hacer llegar la información. Pero no me esperaba, primero, una recepción tan buena, en el sentido de interés, de actitud, de querer conocer. Estuvo también presente el Inspector Jefe. Y uno de los frutos, que me parece muy significativo, es que él ha elaborado unas instrucciones a todos los equipos directivos de los centros, indicando pasos a seguir tanto en la detección de los niños que se encuentren en situación irregular, como en la forma de hacer llegar la información, de emitir documentos, certificados de escolaridad y otro tipo de documentación que sean necesarios para el proceso, y también de dar información para el contacto con la entidad colaboradora o entre entidades sociales que están trabajando en el acompañamiento de este proceso. Estuvieron presentes la UCOE, que es la Unidad de Coordinación de Orientación, y la UPE, la Unidad de Programas Educativos. Creo que salieron todos entusiasmados por la iniciativa. Al mismo tiempo, también por ver un compañerismo unido en torno a la certeza de que es un trabajo precioso el poder facilitar la inclusión de las personas migrantes y de nuestro alumnado. Me sentí muy acogido, muy escuchado y muy arropado.

