
Últimamente se han puesto de moda los suplementos alimenticios. Los hay de todo tipo: para el sueño, para la salud intestinal, para el fortalecimiento de los huesos, para el crecimiento de los músculos, para el rendimiento deportivo. No sé qué hemos hecho hasta ahora sin el magnesio en nuestra vida. Frente a los suplementos y complementos alimenticios nos encontramos con los llamados “alimentos totales”. Muchos de ellos destacan por ser más naturales y aportar una gran riqueza nutricional cuando se combinan adecuadamente en la dieta.
En la espiritualidad cristiana sucede algo similar. Existen muchos libros que nos hablan de cómo enfocar nuestra vida, de cómo comenzar a hacer oración o de la manera en que hemos de cultivar las virtudes. Estos son a la espiritualidad como los complementos alimenticios a la dieta. Sin embargo, existe también un alimento total, el Evangelio. Me sorprende cómo muchas de las personas que acuden a formación o catequesis nunca se han detenido a leer y orar con los evangelios, siendo que allí se encuentra todo el alimento espiritual que necesitamos, la vida de Cristo.
Si la vida cristiana es el seguimiento de Jesús, no podemos ignorar sin más aquellas enseñanzas y ejemplos que nos han legado quienes convivieron con él. El evangelio no consiste en unos consejos opcionales que podemos o no seguir, sino que nos da una lógica nueva ayudándonos a discernir y alentándonos a la conversión por la entrega. Así entendemos que Jesús no es un complemento emocional sino el centro desde el que redefinir nuestra entera existencia enfocándola desde el seguimiento y el servicio.
El otro gran pilar de la espiritualidad cristiana es necesariamente la Liturgia. Si el Evangelio es norma de vida, en la liturgia ese Evangelio se vuelve acontecimiento presente. No se trata de un acto devocional sino el corazón palpitante de la Iglesia donde el Evangelio se proclama y se actualiza. En la liturgia no somos meros espectadores de un espectáculo más o menos agradable según el gusto de la época o las circunstancias, en ella nosotros también entramos en la vida de Cristo y nos convertimos en ofrenda al Padre junto con él, haciendo vida la palabra que recibimos.
Uniendo estos dos ámbitos de la vida cristiana nos encontramos con Cristo proclamado y celebrado. No es necesario inventar nuevas espiritualidades, lo que necesitamos es volver al centro: Cristo vivo. Cuando Él se convierte en nuestro centro todo encuentra orden y sentido, porque nadie puede vivir solo de vitaminas, necesitamos el alimento total.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

