«Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15,24)

Diócesis de Cartagena
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La diócesis de Cartagena es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la catedral de Santa María, situada en la ciudad de Murcia.

Shejiná es una asociación que ofrece a jóvenes de 18 a 30 años acompañamiento psicológico, espiritual y formativo para reconstruir sus vidas.

En El Palmar (Murcia) hay una casa en la que cada día se convierte en una nueva oportunidad para recuperar la vida. Vidas que fueron robadas por las adicciones y otros trastornos. Ahora luchan a diario para adquirir un futuro, para liberarse de aquellos comportamientos y rutinas que les han esclavizado tiempo atrás.

«Pero esto no es un lugar de desintoxicación ni nada similar», aseguran desde esta asociación, «sino un hogar donde los chicos pueden sentirse queridos, escuchados y libres para expresar lo que realmente piensan». Esto es Shejiná, una realidad que nació como respuesta «a la necesidad urgente de apoyar a aquellos jóvenes que luchan contra la ansiedad, la depresión, las adicciones o las situaciones difíciles en el hogar».

Pedro José González Najas es un cartagenero que con 24 años entró al Seminario Redemptoris Mater en la Diócesis de Cartagena, donde se formó hasta ser ordenado sacerdote. Asegura que, durante toda su vida, el Señor le ha ido marcando «a través de ciertos acontecimientos». En su periodo de misión estuvo en lugares como Méjico, Ecuador o Nicaragua. «Sin buscarlo, el Señor me regaló estar allí, en ambientes donde los jóvenes estaban metidos en un mundo de adicciones, y en medio de ellos estaba la Iglesia anunciando el Evangelio para dar respuesta». De vuelta a la Diócesis, ejerció su servicio pastoral en Cieza. Al igual que en los territorios de misión en los que había estado, allí también encontró a «muchísimos jóvenes arrastrados por el mundo, como ovejas sin pastor». Y en mitad de la evangelización «hubo una respuesta de muchachos que, además de acercarse a la parroquia, pedían una ayuda integral, no solamente catequesis sino un orden de vida». Una situación ante la que él no sabía muy bien cómo proceder, «pero con la claridad de que había que tender la mano, abrir los brazos y acoger».

Llegó el tiempo de pandemia, con un viaje a Canarias y un cambio de parroquia: «A Mula –y a todos sitios– vinieron conmigo siete chavales que pedían ayuda, porque lo que necesitaban era orden en su vida y el Señor daba respuesta: eran curados». Pero ante la petición masiva, este sacerdote sintió que no tenía capacidad ni recursos suficientes para poder seguir atendiéndoles. Decidió «parar a ver lo que el Señor quería», y en ese tiempo se dieron situaciones que le marcaron muchísimo: «Eso ya fue cuando dije “se acabó, no podemos mirar a otro lado”».

Tras un proceso de discernimiento el proyecto cogió forma y crearon la asociación. Lo siguiente que necesitaban era un espacio para poder desarrollarlo. Un 13 de mayo –fiesta de la Virgen de Fátima– fueron a ver una casa de campo, pero no tenían dinero para poder vivir allí. Al día siguiente Pedro celebró la misa de exequias de una feligresa. Después del entierro la familia le comunicó al sacerdote que la señora María le había dejado una imagen de la Virgen de Fátima y todos sus animales. «La imagen estaba metida en una urna y los familiares me dijeron que las cosas de oro que había a los pies de la Virgen también las había dejado para mí. Gracias a esto comenzamos los primeros pasos en Mula».

Desde el 1 de julio de 2025 se encuentran en una finca en El Palmar (Murcia) gracias a la colaboración de Cáritas y de la Diócesis de Cartagena. Recuerdan con emoción, a su llegada a este nuevo lugar, el encuentro de la comunidad terapéutica de Shejiná con el obispo, Mons. José Manuel Lorca Planes: «Vosotros sois el ejemplo de que “los muertos resucitan”». Se trata de una casa transformada en hogar a la que ha llegado «un grupo de chavales que tuvieron la desgracia de caer en los brazos del demonio y que han encontrado aquí a una madre, que es la Virgen, y a una comunidad donde se sienten amados, libres, donde pueden hablar y reciben misericordia», presenta el sacerdote.

De la esclavitud a la tierra prometida

La palabra shejiná significa «la presencia del Señor en el desierto», explica. «Es un poco la historia real de estos chicos, que vienen de un periodo donde han estado sometidos, sin el control absoluto de su voluntad y ansían la libertad. En mitad de ese desierto Dios se hace presente», explica sobre la elección del nombre de esta asociación González Najas.

En este momento son 17 los muchachos, de entre 18 y 30 años, que residen aquí. «Dos de ellos son chicos que han vivido el proceso y ya han salido del infierno, pero han decidido quedarse como voluntarios en la casa para dar la vida y ayudar a estos chavales desde su experiencia», señala el sacerdote.

«Muchos venimos con las heridas tapadas»

Ya son más de trescientas personas las que han compartido esta experiencia, con perfiles y problemas diferentes. «Desde un chaval que tiene problemas en casa, o que no ha tenido padres, que ha vivido en la calle o cualquier cosa», explica David Vidal Pérez, un chico de 22 años, natural de Barcelona y que es miembro de esta comunidad. «Muchos venimos con las heridas tapadas y nos cuesta mucho hablar, pero las más superficiales se ven, como las adicciones o los problemas de comportamiento; a cada uno el demonio nos ha engañado con sus habilidades».

David, desde una edad muy temprana, sucumbió a la adicción. Por eso le recomendaron entrar en algún centro de desintoxicación, «pero solo veía que iba a estar encerrado». Hasta que un día, y ante su grito de socorro, su madre le dijo que ya no podían hacer nada más por él «porque rechazaba todo». En su parroquia les hablaron de Pedro. «Fue el Espíritu Santo; en Barcelona hay muchísimos centros, pero me pusieron en contacto con él».

De primeras, la idea de tener que desplazarse a Murcia, dejar lejos a su hijo y apartarse de toda su vida no le entusiasmó. «Pero Pedro me dijo “organízate, déjalo todo preparado y vente aquí”. Esa seguridad con la que me habló me convenció». Su proceso de adaptación a la nueva realidad no fue fácil pues «consumía prácticamente todo tipo de drogas y presentaba muchos problemas de autoridad debido a una vida de libertinaje». Al llegar encontró que había que respetar unas rutinas, unos horarios, un orden y una autoridad. «Me salía rechazo, pero vi que no se me juzgaba, sino que se me entendía, tanto Pedro como los psicólogos y el resto de compañeros».

Asegura David que los habitantes de esta casa se han convertido en una familia en la que «si uno falla está el otro para ponerse en su sitio y arreglarlo». A diario se reparten las tareas propias de un hogar, como cocinar, limpiar o arreglar los exteriores; comparten momentos de oración; y estudian. «Después de las tareas vienen los voluntarios que son profesores y terapeutas. Ahora estamos matriculados para sacarnos la ESO y el Bachillerato a distancia gracias a que hemos recibido la donación de unos ordenadores. A veces nos sentimos frustrados de no llegar, porque hemos estado mucho tiempo sin estudiar y, por el tema de la droga, a veces nos cuesta, pero siempre están ahí apoyándonos». Por la tarde hay tiempo para el deporte y hasta para posibilitar el sacarse el carné de conducir: «Ha sido gracias a un voluntario que nos ha permitido entrar en la autoescuela».

Una formación que reciben con la ilusión puesta en el futuro que desean. «Cuando entras sientes que estás perdiendo el tiempo, pero poco a poco te vas dando cuenta de que estás ganando la vida, de que realmente estábamos muertos y el Señor nos regala el poder renacer, una vida nueva recuperando a nuestras familias. No es que sea esta una gran oportunidad, es que esta casa es la mejor oportunidad que tenemos».

Una reinserción posible gracias al apoyo de otros

Ya son más de trescientos los jóvenes que han sido acompañados en Shejiná, una casa donde Dios se hace presente. Para que David, Jaime o Pablo, entre otros, puedan salir adelante necesitan del apoyo económico. «Los medios con los que contamos son los corazones; vivimos de la Providencia», indica González Najas. Además de tener la ayuda de los voluntarios y diversos movimientos eclesiales y organizaciones que forman parte de la familia de Shejiná, así como con la oración de varios conventos, los miembros de esta comunidad participan en eventos y realizan talleres y actividades para su sostenimiento como la venta de flores en torno a la fiesta de Todos los Santos, o la elaboración de dulces en otras fechas señaladas.

«Pedimos que recen por nosotros, por los chavales que están combatiendo el mono. Tenemos un número de cuenta, gracias a ello tenemos todos los días un plato de comida y todo lo que conllevan las terapias; la mayor ayuda que se puede hacer a Shejiná es que cumpla su misión».

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