Clausura del Año Jubilar Día de la Sagrada Familia
28 de diciembre de 2025
Queridas familias.
A todos los peregrinos de la esperanza.
Terminamos hoy este año dedicado a reflexionar sobre la esperanza, a entrar en este misterio de amor y misericordia de Dios y lo hemos hecho con una asistencia notable de personas a esta Santa Iglesia Catedral, donde hemos venido con ilusión, entrando antes a participar en el Sacramento de la Reconciliación y a ponernos en las manos de Dios, como hijos queridos de un Padre bueno. La experiencia ha sido positiva y damos gracias al Santo Padre y a la Iglesia, que nos ha ayudado a caminar hacia el encuentro de la voluntad de Dios, con Cristo.
Y hoy, en este día también celebramos un acontecimiento muy importante, la fiesta de la Sagrada Familia, nuestro modelo original. Precisamente en nuestro mundo que pone interrogantes a la familia como institución y crecen las tensiones en la convivencia entre los esposos, entre los padres y los hijos, dudas sobre la estabilidad del matrimonio, las dificultades con la educación de los hijos y el empeño que querer romper este modelo de familia para poner otros cada vez más difíciles y complejos.
Pues bien, hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, que es por una parte el recuerdo festivo, en el ambiente de la Navidad, de la Familia de Nazaret; y por otra, un compromiso cristiano de cara a nuestras propias familias. El Papa Francisco nos proponía la centralidad del amor en Cristo: En Él nos volvemos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construir en este mundo el reino de amor y de justicia. Nuestro corazón unido al de Cristo es capaz de hacer milagros.
Queridas familias, la Iglesia os pide que seáis siempre faros y signos de esperanza y de paz en el mundo, pensad que el mundo os mira y os dice: os necesitamos, os queremos con nosotros para compartir esta misión, la de anunciar a Cristo, porque tenéis a Cristo en vosotros, vuestro modelo de vida es el que buscamos. Por eso, nos atrevemos a pediros: mantened los oídos abiertos, escuchad con atención la Palabra de Dios, porque seguro que os pedirá que penséis qué cosas podéis hacer más por los demás; cómo les podéis ayudar a conocer al Señor, a saber construir la comunidad o a encontrar el verdadero sentido de la vida familiar; a perdonar, a renovar la fidelidad y la caridad, porque hay tantas personas que sufren diversas experiencias de depresión o tristeza, que necesitan descubrir que el amor de Dios es realmente capaz de curar, de recuperar la alegría. El mundo podría deciros: queremos parecernos a vosotros, vivir la experiencia de los hijos de Dios…
Nuestro modelo está al alcance de todos los creyentes, es el de la familia de Jesús, donde quiso nacer Él; nacer y vivir en una familia, experimentar la vida de una familia, y, por añadidura, pobre, de trabajadores. Una familia que tuvo la amarga experiencia de la emigración y las zozobras de la persecución. Una familia que tenía momentos extraordinarios como la presentación en el Templo, y luego meses y años de vida sencilla, monótona, de trabajo escondido en Nazaret. La fiesta de hoy es una invitación a que valoremos y orientemos la vida de nuestra familia a la luz de la de Nazaret.
Ciertamente el marco social ha cambiado mucho desde entonces. Pero la actitud que él señala sigue siendo actual: atender a los padres, también cuando se vuelven viejos y empiezan las debilidades, cuando ya no se valen por sí mismos. Qué hermosas palabras hemos escuchado: «El que honra a su padre, cuando rece será escuchado, el que honra a su madre, el Señor le escucha». Pero el mandamiento de Dios continúa, y debe tener aplicación en cualquier circunstancia: honra a tu padre y a tu madre…
La vocación matrimonial es un camino particular, es el germen de la sociedad, la hace crecer, la enriquece y aumenta. Sin unos esposos abiertos a un amor fecundo, la vocación al matrimonio pierde uno de sus sentidos fundamentales: ser prósperos; aun en los casos de situaciones de infertilidad es la fecundidad lo que les da sentido y los realizará. El matrimonio es una verdadera vocación, llamada a visibilizar, nítida y abiertamente, el amor con mayúsculas sin rebajas ni aditamentos que lo desvirtúen. El hogar es el primer tabernáculo, el ámbito de la intimidad más profunda donde el amor auténtico se hace visible.
Hermanos, hay que decir alto y claro que necesitamos familias que, como Iglesia doméstica, sean testigos vivos del amor de Cristo por su esposa, la Iglesia, manifestando con su vida cotidiana la gracia que las capacita para responder a la llamada de Dios y reflejar su amor único y entregado.
En este tiempo de Navidad cuando la salvación del mundo quiso nacer en una familia, la Sagrada Familia de Nazaret, os invitamos a redescubrir vuestra vocación matrimonial. En palabras del Papa León XIV: «El matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo. Este amor, al hacerlos «una sola carne», los capacita para dar vida, a imagen de Dios».
Acudamos a la Sagrada Familia, para que todas aquellas familias que se encuentran en situaciones difíciles, de adversidad o de guerra, encuentren consuelo y puedan, a pesar de sus circunstancias, sentirse amadas y acompañadas.
+ José Manuel Lorca Planes Obispo de Cartagena

