Bodas de diamante, oro y plata sacerdotales

Homilía del Obispo de la Diócesis de Cartagena en la festividad de San Juan de Ávila.

Queridos sacerdotes:

Celebramos a San Juan de Ávila, sacerdote santo, doctor y maestro, celoso apóstol de Cristo, en cuya obra sobresale la fidelidad a Jesucristo y el amor a la madre Iglesia. Para el presbiterio de esta Iglesia de Cartagena ha sido siempre un referente, un modelo a imitar y la ocasión para reunirnos y celebrar las bodas de plata, oro y diamante sacerdotales. Este año sois 36 sacerdotes los que celebráis el aniversario de ordenación, 36 razones para dirigir nuestras plegarias a Dios para darle gracias por vuestra vida ejemplar, por vuestro ministerio de servicio, nunca fácil, pero señalado por la confianza y la fortaleza que os ha regalado el Espíritu Santo. Muchas felicidades, de corazón.

No es mi intención defender aquello de que los tiempos pasados fueron mejores, porque vosotros sois testigos de una vida nada fácil, gastada por la causa del hombre; en vuestra piel lleváis las marcas del riesgo, de haber caminado por cañadas oscuras, con las cicatrices de las batallas en las que os habéis arriesgado… No son los tiempos, sino los hombres, con el sello de los héroes, los que son capaces de dar la cara a los numerosos interrogantes surgidos de situaciones de pecado y que causan la inseguridad y miedo, a la criminalidad y violencia, a las injusticias y las guerras».1

Nosotros nos alegramos de compartir este día con los que celebráis el aniversario de ordenación, porque reconocemos vuestros trabajos por la causa del Evangelio, porque sabemos vuestra trayectoria y el empeño por ser verdaderos testigos de Nuestro Señor e interpretar los signos de los tiempos en la realidad que os ha tocado vivir, en la que no han faltado sombras y dificultades. Pero lo más hermoso que os ha sucedido, lo mas hermoso para un sacerdote que ejerce su ministerio de pastor, consciente de la llamada del Señor a servir a los hermanos, es iluminar el camino de todos con la Palabra de Dios, es saber que Cristo es compañero de viaje, que es el divino caminante que se acercó a los de Emaús, y que nos da su Espíritu Santo. Solo Él, presente entre nosotros, puede hacernos comprender plenamente su Palabra y actualizarla, para seguir iluminando las mentes y encender los corazones.

Está claro que quien nos sostiene y nos da la seguridad en este «oficio de amor» es Dios, no nuestras cualidades o capacidades, es Dios. Dios es el que nos lleva a un reconocimiento de lo que somos, a la humildad de sabernos instrumentos en sus manos, para esto nos invita a una constante conversión, que de aquí sale la fuerza para la tarea profética de tu vocación. Es Dios el que te llama a poner la propia existencia al servicio de la causa del Reino de Dios, a dejarlo todo y a imitar más de cerca la forma de vida de Jesucristo.

Insisto, la aventura en la que estamos metidos no es un invento nuestro, sino de Dios, de Él ha partido esta iniciativa de salvación, en la que nos encontramos por una expresa llamada personal. Todos hemos escuchado también que no tengamos miedo, que no estaremos solos en esta aventura: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). En el tiempo de Pascua se nos recuerda que el Señor Resucitado ha permanecido fiel a su promesa. A lo largo de los 2000 años de historia de la Iglesia, gracias a su Espíritu, se ha hecho constantemente presente en ella iluminándole el camino, inundándola de gracia, infundiéndole la fuerza para vivir siempre con mayor intensidad su palabra y para cumplir la misión de salvación como sacramento de la unidad de los hombres con Dios y entre ellos mismos.2

A todos vosotros, sacerdotes, religiosos, seminaristas, os invito en este señalado día a vivir en la esperanza, porque tenemos razones suficientes para no caer, ya que es Dios el que sostiene nuestra vida y es Todopoderoso. Afrontad la tarea de servicio a los hermanos con el mismo estilo de vida que Él eligió para Sí.3 Esta loable fidelidad, aun no buscando otra aprobación que la del Señor, se convierte en «memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos».4 Nuestro compromiso es vivir con amor apasionado la forma de vida de Cristo, de la Virgen María y de los Apóstoles. En el mundo actual es urgente un testimonio profético que se base «en la afirmación de la primacía de Dios y de los bienes futuros, como se desprende del seguimiento y de la imitación de Cristo casto, pobre y obediente, totalmente entregado a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas».5

No podemos olvidar en la dimensión pastoral la oferta de acercarse a Cristo a los jóvenes que tienen por delante una vida generosa, quien ha sido llamado, tiene que llamar. El servicio a las vocaciones es uno de los nuevos y más comprometidos retos que ha de afrontar hoy nuestra Iglesia diocesana. No nos vale con saber que la realidad es compleja; que las dificultades de los jóvenes para una entrega radical y duradera son muy fuertes; que las seducciones del mundo oscurecen la generosidad… No, eso no nos debe detener, porque si nos detenemos ahí, le estamos diciendo al mundo que nuestro Dios no tiene fuerza, que es débil y se derrumba ante sus «tentaciones»; le decimos al mundo que nuestra vida ha sido inútil, que la predicación ha sido vana… No, el mundo hace sus pinitos, pero es creatura, ¡Dios es el Señor!. Por esta razón es importante que haya quien anuncie con fuerza el mensaje de paz y de esperanza, quien lleve la salvación de Cristo. Por esta razón es necesaria nuestra tarea, la evangelización, la palabra profética y la vida entregada, la vida de cada sacerdote que está con los suyos, viviendo entre los suyos, con la grandeza de los que se han entregado del todo. Esto no es ser funcionario, a esto debemos aspirar siempre.

Resuenan hoy en nuestras mentes las palabras de Jesús a sus apóstoles: «La mies es abundante y los obreros pocos. Rogad al Dueño de la mies que mande obreros a su mies» (Mt 9, 37-38; Lc 10, 2).

El primer compromiso de la pastoral vocacional es siempre la oración. Esto es lo que estamos haciendo, potenciar el encuentro con Dios, porque se necesita una fe renovada en el Dios que puede hacer surgir de las piedras hijos de Abrahán (cf. Mt 3, 9) y hacer fecundos los senos estériles si es invocado con confianza. Os ruego, queridos hermanos sacerdotes y religiosos, que potenciéis entre los fieles, y sobre todo entre los jóvenes, las experiencias de oración, porque Él es el único que puede llamar y enviar obreros a su mies. Así lo hemos aprendido cuando el mismo Señor dijo a los apóstoles Juan y Andrés: «Venid y veréis» (Jn 1, 39). Una pastoral vocacional seria nos exige mucho a nosotros, porque no bastarán las buenas palabras, se nos exige el testimonio, vivir cerca de Cristo para poder ser un signo visible de la alegría que Dios da a quien escucha su llamada.

Suscitar vocaciones exige desarrollar nuevas y más profundas capacidades de encuentro; ofrecer, con el testimonio de la vida, itinerarios peculiares de seguimiento de Cristo y de santidad; anunciar, con fuerza y claridad, la libertad que brota de una vida pobre, que tiene como único tesoro el Reino de Dios; la profundidad del amor de una existencia casta, que quiere tener un solo corazón: el de Cristo; la fuerza de santificación y renovación encerrada en una vida obediente, que tiene un único horizonte: dar cumplimiento a la voluntad de Dios para la salvación del mundo.

No podemos olvidar la insistente llamada que se nos hace a cuidar la vida espiritual y sacramental, cuando existen tantas ofertas y seductoras que pretenden alejarnos de Dios. Estamos cimentados en el sólido fundamento de Dios y el Espíritu Santo pide disponibilidad y docilidad a su acción siempre nueva y creadora. Solo Él puede mantener constante la frescura y la autenticidad de los comienzos y, al mismo tiempo, infundir el coraje de la audacia y de
la creatividad para responder a los signos de los tiempos. Es preciso, por tanto, dejarse conducir por el Espíritu al descubrimiento siempre renovado de Dios y de su Palabra, a un amor ardiente por Él y por la humanidad. Se trata de dirigir la mirada a la espiritualidad entendida en el sentido más fuerte del término, o sea la vida según el Espíritu. Él es quien infunde el amor y engendra la comunión. El Espíritu Santo es el alma y el animador de la espiritualidad cristiana, por esto es preciso confiarse a su acción que parte del íntimo de los corazones, se manifiesta en la comunión y se amplía en la misión.

Celebramos las bodas de diamante, oro y plata sacerdotales, en definitiva, el haber entendido lo que nos pide el Señor, saber permanecer, mantenerse en la fidelidad al amor, en la contemplación de Cristo, con la mirada «más que nunca fija en el rostro del Señor».6 Pero, ¿dónde contemplar concretamente el rostro de Cristo? En la multiplicidad de presencias que es preciso descubrir de manera siempre nueva. Él está siempre presente en su Palabra y en los Sacramentos, de manera especial en la Eucaristía. Vive en su Iglesia, se hace presente en la comunidad de los que están unidos en su nombre. Está delante de nosotros en cada persona, identificándose de modo particular con los pequeños, con los pobres, con el que sufre, con el más necesitado. Viene a nuestro encuentro en cada acontecimiento gozoso o triste, en la prueba y en la alegría, en el dolor y en la enfermedad.

La santidad es el fruto del encuentro con Él en las muchas presencias donde podemos descubrir su rostro de Hijo de Dios, un rostro doliente y, a la vez, el rostro del Resucitado. Como Él se hizo presente en el diario vivir, así también hoy está en la vida cotidiana donde continúa mostrando su rostro. Para reconocerlo es preciso una mirada de fe, formada en la familiaridad con la Palabra de Dios, en la vida sacramental, en la oración y sobre todo en el ejercicio de la caridad, porque sólo el amor permite conocer plenamente el Misterio.

Os hago una petición, un ruego, como consecuencia de ser testigos de la presencia de Dios. El es quien nos da la vida y todos sabemos cómo se está valorando la vida de los no nacidos. Hace poco os invitaba a levantar la voz, con vuestra firma por la campaña «Uno de nosotros» y os pedía que pidierais firmas para llevar al Parlamento europeo nuestra voz en defensa de la vida. No os olvidéis de esto, por favor, no lo dejéis para después, animad e implicad a muchos, que Cristo sigue muriendo con el rostro de tantos inocentes. Aunque está en la página web el documento, pero en este templo están las hojas de firmas, para que las mandéis pronto llenas.

Que Dios os bendiga a todos, que os ayude a seguir adelante con un espíritu alegre y que no os canséis de hacer el bien. Realmente somos privilegiados por haber sido invitados por el Señor a seguir sus pasos, muy cerca de los que se os han confiado, entre ellos, viviendo en el lugar donde servís como hermanos.

Os encomiendo a la Santísima Virgen María, nuestra Madre y Señora.

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena en España


1 Juan Pablo II, Discurso a Caritas italiana (24 de noviembre de 2001): L’Osservatore Romano, 25 de noviembre de 2001, 4.

2 Cf. Lumen gentium, 1.

3 Cf. Lumen gentium, 44.

4 Vita consecrata, 22.

5 Vita consecrata, 85.

6 Novo millennio ineunte, 16.

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