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Fiesta de san Cecilio, patrón de Granada, en “El Espejo”

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Programa emitido en COPE Granada y COPE Motril, el 30 de enero.

Ante la próxima celebración en la Diócesis y en toda la ciudad de su patrón, san Cecilio, dedicamos el programa “El Espejo Granada en Mediodía COPE” a la figura de este santo, cuyas cenizas se custodian en la Abadía del Sacromonte y en sus Santas Cuevas.

Entrevistamos al canónigo, secretario del Cabildo sacromontano y responsable del Archivo y Biblioteca en la Abadía, D. Sergio Fajardo, que nos habla de esta festividad que une a todos los granadinos, junto a su patrona, la Virgen de las Angustias. Conocemos los actos programados en el marco de esta festividad litúrgica ante su celebración el día 1, y la importancia para nuestra historia de fe cristiana granadina.

También escuchamos al superior general de la Orden de los Franciscanos de Cruz Blanca, que el lunes recibe la Granada de oro que el ayuntamiento de Granada concede con motivo de la fiesta del patrón. Y nos acercamos a la Campaña de Manos Unidas en su nueva Campaña contra el hambre en el mundo 2026, presentada esta semana en la Curia Metropolitana.

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Encuentro de familias en torno al día de los enamorados

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La Delegación diocesana de Familia y Vida está organizando, para el próximo 14 de febrero, y enmarcado en la Semana del Matrimonio una jornada de convivencia, que han titulado, «El amor: la aventura más épica de todas». Se trata de una día diseñado para disfrutar en familia: convivencia, formación y mucho más.

La comida, preparada por la Delegación de Familia, tiene un donativo de 10 euros por persona, y los niños no pagan.

También se ha previsto una sobremesa activa y una tarde llena de diversión y sorpresas para recargar energía.

La jornada concluirá con un momento especial de oración.

La hora prevista de finalización del encuentro es sobre las 18:30 horas .

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El Obispo continúa su Visita pastoral en Castro del Río

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El prelado ha sido recibido por el párroco y los fieles para conocer la vida parroquial de esta localidad

Continuando con su Visita pastoral, monseñor Jesús Fernández ha estado en Castro del Río el viernes, 30 de enero. A su llegada a la localidad, ha sido recibido por el párroco, Ángel Lara, quien le ha acompañado a conocer el Santuario del Beato Juan Elías Medina, el Ayuntamiento y el Centro de Educación Especial Futuro Singular, además de realizar una visita a los enfermos.

El Obispo se ha dirigido a los fieles que le han dado la bienvenida con unas cariñosas palabras en las que ha puesto de manifiesto que este encuentro es para él un momento gozoso que le recuerda a su etapa de párroco. “Agradezco vuestra presencia y me dispongo a conocer vuestras inquietudes, vida de fe y vida religiosa en una parroquia con mucha riqueza no sólo de personas, sino también de servicios”, ha subrayado.

Esta visita continuará durante esta tarde con la visita a la residencia de ancianos y a  la comunidad de las religiosas Franciscanas de Jesús Nazareno, la celebración de la Palabra y la Unción de enfermos. Asimismo, monseñor Jesús Fernández realizará una visita a la Patrona, la Virgen de la Salud, mantendrá un encuentro con los niños de Iniciación Cristiana en la Iglesia Madre de Dios, así como con los jóvenes de catequesis de Confirmación y adultos.

La jornada concluirá con la Santa Misa.







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Visita del Santo Hermano Pedro a Candelaria

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Con motivo de la conmemoración del IV Centenario del nacimiento del Santo Hermano Pedro de San José de Betancourt, se ha organizado una visita de la imagen del santo a la Basílica de Candelaria, permaneciendo en el referido templo del 10 al 15 de febrero.

El día grande de la visita será el 14 de febrero, con la celebración de la Eucaristía presidida por el obispo Eloy Santiago en la Basílica, a las 12:00 horas.

Esta cita pastoral se enmarca en los actos que se están desarrollando con motivo del Año Jubilar para celebrar los 400 años del nacimiento del primer santo canario.

Asimismo, la visita también quiere simbolizar el deseo del propio Hermano Pedro de volver a su tierra natal, tras su paso por Guatemala, e ir en peregrinación al Santuario de la Patrona de Canarias.

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Declara la guerra al hambre

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Manos Unidas convoca el próximo 8 de febrero su campaña anual, que en este 2026 lleva por título Declara la guerra al hambre. Como un dardo que da en el centro de la diana, el lema vuelve a la razón de ser originaria de esta organización —la lucha contra el hambre— y, al mismo tiempo, interpela una realidad contemporánea marcada por la violencia desmedida. De este modo, el mensaje alcanza no solo la inteligencia, sino también el corazón de cada persona. Vienen entonces a la mente los versos de Miguel Hernández, pertenecientes a su libro Cancionero y romancero de ausencias:

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

En los párrafos que siguen quiero evocar algunas afirmaciones significativas que, en relación con esta cuestión tan candente, han formulado los Sucesores de Pedro a lo largo de los últimos decenios. No se trata de un recorrido exhaustivo, sino de un breve botón de muestra que nos ayude a iluminar el presente y a animarnos a un compromiso compartido para plantar cara al hambre, enfrentándonos a ella con decisión. Porque esta es, en verdad, la única guerra que merece la pena.

Comenzamos con san Pablo VI, quien, durante su peregrinación a Bombay (India), en noviembre de 1964, lanzó un mensaje con inaudita audacia: “Que toda nación, cultivando pensamientos de paz y no de aflicción y de guerra, ponga a disposición también una parte de las sumas destinadas a los armamentos a fin de constituir un gran fondo mundial destinado a subvenir a las muchas necesidades de alimento, de vestido, de casa, de cuidados médicos que afligen a tantos pueblos”. Tres años después, esta vehemente petición fue recogida por Montini en su encíclica sobre el desarrollo de los pueblos, donde subrayó su urgencia y sus profundas implicaciones (cf. Populorum Progressio, nn. 51-53).

A instancias de san Juan Pablo II, el Consejo Pontificio Cor Unum publicó en 1996 un importante documento titulado El hambre en el mundo: un reto para todos. El desarrollo solidario. En su número 28 se asevera con claridad: “Una paz duradera no es el resultado de un equilibrio de fuerzas, sino de un equilibrio de derechos. La paz no es tanto el fruto de la victoria del fuerte sobre el débil sino —en cada pueblo y entre los pueblos— el fruto de la victoria de la justicia sobre los privilegios injustos, de la libertad sobre la tiranía, de la verdad sobre la mentira, del desarrollo sobre el hambre, la miseria o la humillación”. Palabras clarividentes que, casi treinta años después, resuenan hoy con renovada contundencia.

El papa Benedicto XVI dedicó su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2009 al tema Combatir la pobreza es construir la paz. En él se refería a “la actual crisis alimentaria, que pone en peligro la satisfacción de las necesidades básicas”, evidenciando que dicha crisis “se caracteriza no tanto por la insuficiencia de alimentos, sino por las dificultades para obtenerlos y por fenómenos especulativos y, por tanto, por la falta de un entramado de instituciones políticas y económicas capaces de afrontar las necesidades y las emergencias”.

Por su parte, el papa Francisco, en el Mensaje Urbi et Orbi de 2022, denunció una vez más que “nuestro tiempo está viviendo una grave carestía de paz” en diversas regiones del mundo, verdaderos “escenarios de esta tercera guerra mundial a pedazos”. Y nos invitaba, en la Noche de Navidad y siempre, a no apartar la mirada de Belén, que significa casa del pan, recordándonos a quienes sufren hambre —especialmente los niños— mientras cada día se desperdician grandes cantidades de alimentos y se derrochan ingentes recursos en armamento. “Toda guerra —afirmaba el pontífice— provoca hambre y usa la comida misma como arma, impidiendo su distribución a los pueblos que ya están sufriendo”. Por ello, concluía, debemos comprometernos para que la comida sea siempre un instrumento de paz.

Más recientemente, en octubre de 2025, Su Santidad León XIV visitó la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), con ocasión del Día Mundial de la Alimentación. Allí puso de relieve que los conflictos actuales han hecho resurgir el uso de los alimentos como arma de guerra, en abierta contradicción con el derecho internacional humanitario. Con palabras particularmente intrépidas afirmó: “El silencio de quienes mueren de hambre grita en la conciencia de todos. No podemos seguir así, ya que el hambre no es el destino del hombre sino su perdición”. Y concluyó con una llamada inequívoca a la responsabilidad mancomunada: nadie puede quedar al margen de esta lucha; esta batalla es de todos.

Declarar la guerra al hambre no es, por tanto, un enunciado retórico ni una consigna piadosa. Es una vigorosa toma de postura ética, humana y cristiana. Es decidir, en medio de un mundo desgarrado por conflictos, que esta es la única guerra justa y necesaria: una guerra que no se libra con armas, sino con tesón, solidaridad, cooperación, justicia y amor fraterno. Hemos de convencernos de que el hambre solo se erradicará si es el amor lo que nos mueve.

Manos Unidas nos alienta una vez más a no permanecer indiferentes, a implicarnos generosamente desde lo que somos y tenemos, y a sumar esfuerzos para que el pan llegue a todas las mesas y la dignidad a todas las personas. Porque el hambre no es inevitable, porque callar nos hace cómplices y porque esta batalla —como nos recuerdan con insistencia las voces proféticas de la Iglesia— nos reclama a todos, aquí y ahora.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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Vida consagrada, ‘¿para quién eres?’

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En vísperas de la fiesta de la Presentación del Señor, la Iglesia nos convoca a dar gracias por el don inmenso de la vida consagrada. Es una ocasión para mirar con fe y con gratitud a tantos hombres y mujeres que han entregado la vida al Señor “para” los demás, como lámparas encendidas en medio del pueblo. El lema de este año es directo, sobrio y, a la vez, exigente: “Vida consagrada, ¿para quién eres?”. No es una pregunta teórica. Es una llamada a purificar la mirada, a evitar la autorreferencialidad y a volver a lo esencial: la identidad se comprende plenamente cuando se vive como misión. De hecho, la pregunta por el “quién soy” es importante, pero puede volverse estéril si no nos abre al horizonte de Aquel y de aquellos “para quienes” vivimos. Por eso se nos invita a sostener a la vez las raíces y las alas: raíces hondas en Dios, alas abiertas para el servicio.

Esta pregunta se despliega en tres interrogantes. En primer lugar, “vida consagrada, ¿a quién llamas?”. La vida consagrada es “para” aquellos a los que es capaz de convocar: no por propaganda, sino por irradiación; no por estrategia, sino por testimonio. La vida consagrada es para quienes reciben la llamada de Dios, con voz “siempre antigua y siempre nueva”, abriendo “una puerta de esperanza”. Aquí nos hemos de aplicar en la pastoral vocacional y en la cultura vocacional. El Señor no ha dejado de llamar. Lo que quizá falta es el silencio interior, la valentía para responder, el acompañamiento serio, la alegría contagiosa de una entrega total. Y, en esto, la vida consagrada presta a toda la Iglesia un servicio decisivo: cuando se vive con autenticidad, se convierte en un “sí” público y luminoso que despierta preguntas, abre caminos y sostiene a los jóvenes para no contentarse con lo mínimo.

En segundo lugar, “vida consagrada, ¿a quién buscas?”. La vida consagrada es “para Dios”: para buscarle, para ponerle en el centro. El material de la Jornada lo dice con claridad: no hay nada más importante que Aquél a quien cada consagrado busca; de esa búsqueda nace la verdad última de la consagración y la tarea cotidiana. En el pasado Jubileo de la Esperanza, el papa León XIV ha querido subrayar precisamente estas actitudes del corazón creyente con los tres verbos evangélicos: pedir, buscar, llamar. En la homilía del Jubileo de la Vida Consagrada afirmaba: “‘Pedir’ es reconocer, en la pobreza, que todo es don del Señor y dar gracias por todo; ‘buscar’ es abrirse, en la obediencia, a descubrir cada día el camino…; ‘llamar’ es pedir y ofrecer a los hermanos los dones recibidos… esforzándose en amar a todos con respeto y gratuidad” (9 de octubre de 2025).

Estas palabras tienen un peso espiritual enorme, y nos proyectan al tercer interrogante: “Vida consagrada, ¿a quién sirves?”. La vida consagrada es “para los pobres”: para el que sufre, para el olvidado, para el que ha sido herido por la vida y necesita la ternura de Dios. En un mundo de fracturas y tensiones, la fraternidad no es un adorno: es un mandato evangélico. Cuánto necesita nuestro tiempo este “cuidar, preocuparse, apoyar y sustentar”. Cuánto necesita Sevilla —nuestras familias, nuestros barrios, nuestras periferias— la presencia discreta y fiel de quienes sostienen obras educativas, sanitarias y sociales; y, más aún, de quienes sostienen el mundo desde el silencio de la clausura, con el incienso de la intercesión.

Por todo ello, os invito a uniros a la Eucaristía diocesana en la Catedral. Que sepamos decir “gracias” por los carismas que el Espíritu ha derramado en la Iglesia; gracias por la fidelidad escondida; gracias por la vida entregada; gracias por tantas comunidades que, con humildad, mantienen encendida la lámpara. Que la Virgen María, que presentó a su Hijo en el templo, nos enseñe a presentar al Señor lo mejor de nosotros mismos: la vida, el corazón, la fe. Y que, por su intercesión, conceda a toda la Iglesia la alegría de la santidad.

+José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla

Gratitud y esperanza para la vida consagrada

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Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla:

La vida consagrada es un tesoro que el Espíritu ha suscitado desde los orígenes del cristianismo. También hoy, en nuestra Diócesis de Málaga, sigue siendo un regalo precioso. Lo sabéis bien quienes disfrutáis de la amistad de una persona consagrada o habéis tenido cerca una comunidad religiosa alegre, unida y entregada a su misión.

En esta carta deseo, ante todo, invitar a toda la comunidad eclesial a reconocer la grandeza de este don. La vida consagrada no es un adorno opcional dentro del cuerpo eclesial; es una presencia esencial que nos recuerda que Dios es lo primero, que el Evangelio puede vivirse con radicalidad y que una existencia entregada anticipa ya la plenitud del cielo.

Los consagrados no viven apartados del mundo, sino profundamente insertos en él desde la lógica del amor incondicional de Dios. Sus comunidades son escuelas donde se aprende a perdonar, a compartir, a escuchar, a discernir y a servir. Sus obras —educativas, sanitarias, sociales, contemplativas, misioneras— son signos visibles de la ternura de Dios hacia los más pequeños y vulnerables.

La Iglesia —nuestra diócesis de Málaga— necesita la vida consagrada, y el mundo también. Por eso, queridos hermanos y hermanas, os invito a valorar, acompañar y sostener a quienes han entregado su vida al Señor. Y animo a los chicos y chicas que se encuentran en discernimiento vocacional a preguntarse, delante de Dios, si Él los llama a este camino.

A vosotros, queridos consagrados y consagradas, deseo dirigiros una palabra especial en estos tiempos complejos. A quienes vivís vuestro carisma en esta diócesis, os pido con afecto lo mismo que el papa León ha pedido recientemente a los sacerdotes: “una fidelidad que genera futuro”. Es una expresión luminosa y desafiante para todos los bautizados. Os animo, pues, a permanecer firmes en la oración, fieles a la vida fraterna, disponibles para la misión, abiertos a la Iglesia diocesana, atentos a los pobres y dóciles al Espíritu. La fidelidad cotidiana —a veces escondida, a veces cansada— es la que fecunda a la Iglesia y transforma el mundo desde dentro.

La vida consagrada florece cuando se vive desde la verdad del Evangelio, sin rebajas ni exageraciones, sin prisa ni miedo; aunque seáis menos, aunque tengáis que unir comunidades, incluso de congregaciones distintas para llevar adelante un proyecto misionero. En cambio, no sirven de nada los atajos para obtener más vocaciones, el “todo vale” para conservarlas, los experimentos extraños para sostener comunidades sin recursos humanos suficientes, la rigidez que no da consistencia interior o la mundanización que busca satisfacer todos los caprichos.

El Señor no os llamó para tener éxito, ni para ser más en número e influencia, sino para ser testigos fieles de su amor, como Él y con Él, que manifestó su gloria desde el madero de la cruz. El Señor bendice vuestra entrega y sostiene vuestra esperanza.

Contad con mi oración, mi aprecio y mi apoyo.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

Homilía en la Misa funeral por las víctimas del accidente ferroviario

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Majestades,

hermanos Obispos, sacerdotes y diáconos,

familias de los fallecidos y heridos,

autoridades civiles nacionales, autonómicas, provinciales y locales, militares, judiciales y académicas,

hermanos y hermanas, amados por el Señor:

Hoy nos reunimos con el corazón abatido. La tragedia del accidente ferroviario enAdamuz ha irrumpido en nuestras vidascomo un golpe inesperado, dejándonossumidos en el duelo por las víctimas mortales y con la preocupación por los heridos y los familiares. A vosotros, sus seres queridos, deseamos abrazaros con respeto y expresaros nuestra cercanía y nuestro pésame. Y queremos rezar por los que han muerto, para que Dios les conceda el descanso eterno y los abrace en su infinito amor.

Majestades, en vuestra presencia reconocemos un gesto de cercanía y solidaridad con las familias de las víctimas y con toda la sociedad onubense. También a las demás autoridades y a quienes prestan su servicio a la comunidad agradecemos su presencia en estos días de dolor compartido.

Estamos aquí porque el sufrimiento humano necesita ser acompañado, y porque creemos que, incluso en la noche más oscura, levantando los ojos a Dios podemos vislumbrar un rayo de luz y de esperanza.Dios nos habla en muchas ocasiones y de muchas maneras, como lo hizo con su pueblo elegido y, ahora, nos dirige su palabra por su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, la Palabra hecha carne.

La Palabra de Dios no ignora el sufrimiento de su pueblo. El libro de las Lamentaciones, que hemos escuchado en la primera lectura, nace de la experiencia de un pueblo devastado, desconcertado: He perdido la paz, me he olvidado de la dicha…Recordar mi aflicción es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello, estoy desolado, dice el profeta. Estas palabras podrían ser hoy las nuestras. Son las lágrimas de quienes han perdido a un ser querido; el sentimiento de muchas comunidades cristianas y de la propia sociedad española, que no encuentra explicaciones fáciles ni respuestas rápidas.

Pero en medio de ese lamento, la Sagrada Escritura nos brinda un mensaje: el dolor no es falta de fe. La pregunta, la queja, incluso el silencio, caben en el corazón creyente. Dios no se escandaliza de nuestro llanto ni de nuestras preguntas; al contrario, las acoge. El dolor de las víctimas y de sus familias no es un dolor anónimo: ha sido visto, escuchado y recogido por el Señor. Dios no es indiferente al sufrimiento; camina con nosotros cuando atravesamos cañadas oscuras. Por eso, como sigue diciendo la Palabra escuchada, hay algo que traigo a la memoria, por eso esperaré: Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia.

También el Evangelio según san Marcos nos lleva hoy al Calvario. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblashasta la hora nona. El Evangelio no disimula la oscuridad, no abrevia el final, no suaviza el drama. Hay tinieblas, hay un grito, hay muerte. La exclamación de Jesús,Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? es la voz de todo ser humano que experimenta la pérdida inesperada y el vacío que deja la muerte. Dios mismo, en su Hijo, ha pronunciado ese grito.

Y es precisamente allí, al pie de la cruz, cuando un centurión, un hombre pagano, al ver morir a Jesús, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. Esta confesión defe no nace de la contemplación del éxito ni de la gloria del Nazareno, sino de vislumbrar en el Crucificado el amor llevado hasta el extremo, descubriéndolo incluso cuando todo parecía perdido.

Pero el Evangelio no termina con la muerte de Jesús. Hemos escuchado también el anuncio que cambia la historia: No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. El Resucitado es el mismo Crucificado. No es otro. Lleva consigo las heridas, el dolor atravesado, la vida entregada. Y esto nos atañe a todos nosotros, pues como nos dice el apóstol san Pablo: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él (Rm 6, 8). Por eso creemos que las personas por las que hoy oramos no se han perdido, atrapadas en el sinsentido de una muerte inesperada. Sus vidas, sus nombres y sus historias están ahora y para siempreen las manos del Dios de la Vida, que se nos ha dado a conocer en la muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Señor.

Hoy, en este funeral diocesano, no venimos a negar la herida que habéis sufrido, queridas familias de las víctimas, ni a cubrirla con hermosas palabras. Venimos a incorporar el nombre de los que han perdido su vida temporal y vuestro propio dolor al sacrificio de Cristo. Para que, aun desde el sufrimiento, como dice la carta a los Hebreos: cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza … la cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina (Heb 6, 18-19), de la muerte temporal.

En este momento de dolor, queremos también detenernos para dar gracias. Gracias a quienes acudieron los primeros, a los vecinos de Adamuz, a los equipos de emergencia, sanitarios, fuerzas de seguridad, voluntarios y personal de apoyo. Gracias a quienes han acompañado con una presencia discreta y cercana: a los sacerdotes y tantas personas que han ofrecido tiempo, escucha, recursos y oración. En cada gesto de ayuda hemos podido percibir un reflejo de la compasión de Dios.

Y junto a la gratitud nace también un compromiso. Porque el sufrimiento de estas familias no va termina cuando se apaguen los focos o se acallen las noticias de este luctuoso suceso. Acompañarlas en su dueloy reparar las consecuencias del daño que han recibido será una tarea larga y exigente. Compromete a la sociedad entera y también a quienes tienen responsabilidades públicas. Es necesario esclarecer la verdad de lo ocurrido y actuar con justicia, para que su sacrificio no sea olvidado y para que, en la medida de lo posible, se eviten tragedias semejantes en el futuro.

Antes de concluir, ponemos todo lo que somos y todo lo que hoy nos duele bajo la mirada maternal de María, la Virgen de la Cinta, nuestra Madre y Patrona, a quien Huelva ha acudido siempre en los momentos de gozo y de aflicción.

Santa María, Virgen de la Cinta,
Madre del Crucificado y Resucitado,
acoge bajo tu amparo a quienes han perdido la vida
y preséntalos a tu Hijo.

Consuela a las familias que lloran,
sostén a quienes se sienten abatidos,
y danos un corazón atento y compasivo
para acompañar con respeto y cercanía.

Virgen fiel, que permaneciste al pie de la cruz,
enséñanos a confiar, incluso en la noche del dolor,
en la promesa de Dios.

Santa María de la Cinta,
ruega por nosotros.
Amén.

Carta Pastoral para la Misión mariana diocesana: «María, Madre en salida»

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Preparándonos para el Año Jubilar Diocesano por el VIII Centenario de la Aparición de la Virgen de la Cabeza (1227–2027)

Queridos diocesanos:

Nuestra Diócesis de Jaén se dispone a vivir un tiempo de gracia singular. Ya se vislumbra en el horizonte una gran efeméride: el VIII Centenario de la Aparición de la Santísima Virgen de la Cabeza, nuestra Patrona diocesana, al humilde pastor Juan de Rivas, en 1227. Este acontecimiento ha modelado el alma de nuestra tierra y ha dejado una huella profunda en la historia espiritual del Santo Reino.

Por eso, con alegría y responsabilidad, queremos prepararnos bien. Y esta preparación necesita, como bien sabemos, dos dimensiones inseparables: una preparación exterior, necesaria y valiosa (programación pastoral, coordinación, celebraciones, acogida, signos visibles…), y una preparación interior, que es el verdadero cimiento. Sin ella, corremos el riesgo de celebrar mucho y convertirnos poco; organizar actos sin dejar que el Señor nos transforme.

En este contexto, la Iglesia nos ofrece un camino concreto: la Misión Mariana diocesana, que vive y expresa nuestro lema: «María, Madre en salida». Es la Madre que no se queda lejos, sino que se pone en camino; la Madre que sale al encuentro y visita a sus hijos, para conducirlos a Jesucristo.

Vamos a celebrar el VIII Centenario de la Aparición de nuestra Patrona Diocesana

En el año 1227, en nuestras sierras jiennenses, la Virgen quiso fijar su mirada y su morada en esta tierra del Santo Reino. Ocho siglos contemplan este misterio de cercanía maternal: ocho siglos de fe sencilla y perseverante, de promesas y lágrimas confiadas, de esperanza transmitida en familia, de peregrinaciones, de oraciones pronunciadas con el corazón.

Celebrar este Centenario no es sólo recordar un hecho histórico. Es revivir la presencia de María en nuestra historia concreta, y dejar que esa presencia nos eduque y nos transforme hoy. Porque María, como Madre, no nos invita a quedarnos en lo emotivo o en lo exterior, sino a abrirle espacio a Dios en la vida real.

Aquí viene muy a propósito lo que subraya el documento María, estrella de la evangelización«la piedad popular, bien acompañada, muestra cómo la fe se encarna en una cultura y se sigue transmitiendo; es un patrimonio vivo que acompaña al pueblo en el ritmo del año litúrgico y en la vida cotidiana» (Carta pastoral de los Obispos del Sur de España al cumplirse el 30º aniversario del viaje apostólico de San Juan Pablo II a Sevilla y Huelva)

Y, al mismo tiempo, pide ser cuidada con cariño y responsabilidad, para que resplandezca “la belleza del Evangelio” en plena comunión con la Iglesia.

Por eso, este Centenario es también una llamada a purificar, iluminar y fortalecer nuestra devoción, para que sea una devoción con raíz evangélica, eclesial, sacramental; una devoción que lleve a una vida cristiana más coherente y más misionera.

Un Año Jubilar diocesano con las gracias jubilares

Como fruto de esta efeméride, nuestra Diócesis celebrará un Año Jubilar diocesano, con la concesión del Papa León XIV de las gracias jubilares, en particular la indulgencia plenaria. El Jubileo es, ante todo, un tiempo de misericordia ofrecida y acogida: Dios abre una puerta para que nosotros abramos nuestro corazón.

La indulgencia jubilar, vivida con las disposiciones y condiciones que la Iglesia establece: confesión sacramental, comunión eucarística, oración por las intenciones del Papa y las demás condiciones concretas,  quiere ayudarnos a comprender que la vida cristiana no se sostiene sólo con buenos deseos, sino con gracia, con sacramentos y con conversión personal real.

Y esto, en el contexto actual, marcado por secularismo y descristianización, no caben ni resignación ni desánimo; al contrario, hemos de sacar de nuestras raíces: nuestra fe en Jesucristo y nuestra devoción a su Madre, energías para una nueva evangelización.

Por tanto, el Año Jubilar no será fecundo sólo por lo que organicemos, sino por lo que el Señor haga en nosotros, si le dejamos: reconciliación, vida sacramental renovada, caridad concreta, comunión diocesana más fuerte y ardor misionero más humilde y valiente.

La “Virgen Peregrina” enviada a todas las parroquias: una visita de Madre que prepara el corazón

Al inicio de la Misión Mariana, que dará comienzo el día 1 de febrero con la Eucaristía de envío en el Santuario,  el Obispo diocesano enviará la imagen de la “Virgen Peregrina” a visitar todas las parroquias y realidades eclesiales de nuestra diócesis jiennense, para que, como “embajadora” de nuestra Patrona, nos prepare al gran acontecimiento jubilar. Este gesto tiene una fuerza pastoral enorme: María entra en nuestros pueblos y comunidades como entró en la casa de Isabel, llevando a Cristo. Por eso, el lema «María, Madre en salida» se entiende con el Evangelio abierto: “María se levantó y se puso en camino de prisa” (Lc 1,39). No es sólo una imagen que “pasa”; es una Madre que visita, y su visita es una oportunidad para despertar lo mejor de nuestras comunidades. Para acompañar este itinerario, se han creado una serie de catequesis y materiales específicos que guiarán este paso de la Virgen de la Cabeza por cada parroquia y por cada comunidad.

Esa es la actitud con la que queremos vivir la Misión: con afecto entrañable, sin durezas, sin sospechas, acompañando la fe del pueblo, cuidando lo auténtico y ayudando a purificar lo que lo necesite, “del polvo del camino”.  “En la piedad popular… subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar”.

Eso significa que la visita de la Virgen Peregrina, las acogidas, los rosarios, las vigilias, las procesiones y los encuentros… no son un adorno: pueden ser, si se viven con hondura espiritual, un auténtico camino de evangelización, una puerta abierta para que muchos vuelvan a Cristo.

 Una Misión mariana diocesana

Una Misión Mariana diocesana es un tiempo de gracia en el que la Iglesia jienense, de la mano de María, busca avivar la fe, promover la conversión, fortalecer la comunión y reimpulsar la misión. No es un “paréntesis devocional”, sino una verdadera misión popular con rostro maternal y que podemos expresarlo con cuatro acentos:

a) Un itinerario del alma

No es sólo un recorrido geográfico. Es un recorrido espiritual: María viene a tocar el corazón, a despertar la fe dormida, a llamar a la puerta de lo que está cerrado, a suscitar el deseo de Dios.

b) Un camino que conduce a Cristo y a la vida sacramental

María no sustituye a Cristo: nos conduce directamente a Él. En la Misión, su voz vuelve a ser la de Caná: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Por eso, el fruto esperado no es sólo emoción, sino retorno a lo esencial: Eucaristía, confesión, Palabra de Dios, oración, caridad. La piedad auténtica nace de la oración y conduce a la oración, y la oración cristiana no es aislamiento ni simple relajación, sino vivencia de comunión con Dios.

c) Un estilo sinodal: caminar juntos

La Misión nos convoca como diócesis. Nos ayuda a sanar divisiones y a reconocernos familia, a fortalecer el valor humano y eclesial de caminar juntos: las procesiones y los itinerarios han de expresar comunión y conducir hacia la liturgia, cuidando oración y sentido eclesial.

d) Una fe que se hace servicio

La devoción verdadera no se queda en los labios: pasa por las manos y llega a las obras. Nuestra devoción, cuando es auténtica, fortalece la coherencia entre lo que se cree y lo que se vive, y no olvida las implicaciones morales de la fe.

Una llamada maternal

Durante este tiempo, la Virgen de la Cabeza, Madre y patrona, nos llama con ternura, pero con claridad. Nos consuela, sí; pero también nos despierta. Nos saca de una fe de costumbre para llevarnos a una fe viva.

a) A ser una Iglesia “en salida”, con corazón de Madre

El lema «María, Madre en salida» no es un eslogan: es un programa espiritual. María sale a buscar al que está lejos, al cansado, al herido, al que perdió la fe, al que se siente solo. Y nosotros, con Ella, aprendemos a salir: a acercarnos, a escuchar, a acompañar.

En este punto nos ayuda una enseñanza muy iluminadora del Papa León XIV en su homilía del Jubileo de la Espiritualidad Mariana (12 de octubre de 2025): al hablar de la espiritualidad mariana, el Papa recordó cómo el Magníficat nos mete en la historia real, donde Dios derriba soberbios, enaltece humildes, colma hambrientos y recuerda su misericordia; una espiritualidad que, por tanto, nos compromete con la vida concreta, con los pequeños y con la misericordia. María, Madre en salida, no nos encierra: nos abre; no nos acomoda: nos pone en camino.

b) A volver a la oración y a reavivar la fe en familia

El paso de la Virgen Peregrina puede convertirse en una oportunidad para recuperar la oración sencilla: un rosario en casa, un misterio rezado en familia, una oración ante la Virgen, una lectura del Evangelio. Nuestra piedad, cuando se vive bien, genera actitudes interiores valiosas: paciencia, sentido de la cruz en lo cotidiano, apertura a los demás, devoción…

c) A reconciliarnos: confesión, perdón, comunión

Si queremos un Jubileo fecundo, necesitamos corazones dispuestos. Que la Virgen nos encuentre disponibles para pedir perdón y perdonar; para sanar relaciones rotas; para restaurar la comunión en nuestras parroquias y hermandades; para reconciliarnos con Dios.

d) A cuidar la Eucaristía dominical y el ritmo de la Iglesia

Los ejercicios piadosos, que viviremos durante este tiempo de preparación jubilar, han de organizarse de modo que deriven de la liturgia y conduzcan a ella, porque la liturgia está por encima de ellos; y recuerda también la importancia de renovar el sentido cristiano del domingo, evitando reducirlo a “fin de semana”.

La Misión Mariana ha de empujarnos a amar más la Eucaristía, a vivirla con fe y a hacer de la Eucaristía el corazón de la comunidad.

e) A evangelizar con la belleza de la piedad popular, purificada y eclesial

«El caminar juntos hacia los santuarios… llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador» ( Carta pastoral de los Obispos del Sur de España al cumplirse el 30º aniversario del viaje apostólico de San Juan Pablo II a Sevilla y Huelva) ¡Qué bien describe esto nuestra tierra! La Virgen Peregrina, al recorrer la diócesis, puede reavivar esa dimensión evangelizadora: invitar a otros, llevar a los jóvenes, acercar a los alejados, abrir puertas.

f) A vivir la esperanza y a trabajar por la paz

También, en su homilía de María, Madre de Dios (1 de enero de 2026), el Papa León XIV situó a María como Madre que acompaña el camino del pueblo y orienta hacia la paz y la esperanza en el inicio del año. En tiempos recios, como los que vivimos, María nos enseña a sostener la esperanza sin ingenuidad y a sembrar paz con obras pequeñas y constantes: reconciliar, escuchar, servir, unir.

Conclusión

Hermanos, la Misión Mariana Diocesana, «María, Madre en salida»,  es un don para nuestra Iglesia de Jaén: un verdadero pórtico hacia el Año Jubilar del VIII Centenario. Acojamos a la Virgen Peregrina no sólo con actos externos, sino con el corazón abierto: dejando que su visita nos lleve a Jesucristo, nos renueve por dentro, fortalezca nuestra comunión y nos haga más misioneros.

Que, en cada parroquia, en cada familia, en cada persona, se cumpla lo más hermoso: que donde entra María, entre Cristo; y donde entra Cristo, la vida se ordena, renace la fe, se enciende la caridad y brota la esperanza contagiosa.

¡Virgen de la Cabeza, Madre en salida, ¡llévanos a Jesús y haznos Iglesia en camino!

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

Sevilla celebra la Jornada por la Vida Consagrada el 1 de febrero

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Sevilla celebra la Jornada por la Vida Consagrada el 1 de febrero

Más de 400 mojas de clausura rezan a diario en la Archidiócesis de Sevilla por cada uno de nosotros. Oran por las necesidades de la diócesis hispalense y de sus fieles, por las intenciones del arzobispo, monseñor José Ángel Saiz Meneses, por su ministerio y el de todo el clero que sirve al Pueblo de Dios en esta Iglesia diocesana. En su oración hay nombres propios, miedos concretos, proyectos a realizar e ilusiones por venir, pero también hay muchas caras desconocidas, hay peticiones atemporales y solicitudes tan íntimas que nunca saldrán de entre los muros del convento. Su vida es oración y entrega generosa a través del diálogo continuo con Dios. Una labor discreta y humilde que, sin embargo, sostiene toda la actividad pastoral y evangelizadora de la Iglesia. Una labor que cada año se recuerda y se agradece en la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que este año celebra su treinta aniversario bajo el lema ‘¿Para quién eres?’.

Esta, explica José Ángel Martín, vicario episcopal para la Vida Consagrada en la Archidiócesis de Sevilla, es “una pregunta sencilla y profunda que interpela el corazón de toda la Iglesia y, de manera particular, de quienes han sido llamados a consagrar su vida totalmente a Dios”. El lema de este año, por tanto, “nos recuerda la necesidad de mostrar al mundo que Dios es luz y esperanza para todos, especialmente en medio de las dificultades, incertidumbres y desafíos de nuestro tiempo. Nos invita a redescubrir que toda vocación nace del amor de Dios y está orientada al servicio generoso de los hermanos”.

En la Archidiócesis de Sevilla la celebración de esta jornada tendrá lugar el domingo, 1 de febrero, a las cinco y media de la tarde en la Catedral de Sevilla. La Eucaristía será presidida por el arzobispo hispalense, monseñor José Ángel Saiz Meneses, y contará con la participación de todas las realidades consagradas presentes en la diócesis. “Será un momento privilegiado de oración, acción de gracias y renovación espiritual, en el que se hará visible la riqueza y diversidad de los carismas al servicio del Pueblo de Dios en nuestra Archidiócesis”, añade José Ángel Martín.

La vida consagrada es “un signo vivo y profético en medio del Pueblo de Dios”, continúa el vicario episcopal, quien defiende que, a través de este testimonio fiel y silencioso de tantas personas consagradas, “la Iglesia manifiesta que Dios sigue llamando y acompañando a quienes confían plenamente su vida a Él”. Por este motivo, la Jornada por la Vida Consagrada “no es solo una celebración para los consagrados, sino una invitación a toda la comunidad cristiana a reconocer, valorar y agradecer este don tan valioso para la Iglesia”. En este sentido, Martín desea que este día “nos ayude a preguntarnos, personal y comunitariamente, para quién somos, recordando que nuestra vida es don, entrega y servicio”.

Riqueza de carismas

En no pocas ocasiones podemos creer que atravesamos una crisis de vocaciones, como si Dios hubiera dejado de llamar a hombres y mujeres a consagrar su vida al servicio del Evangelio. Sin embargo, aunque es cierto que “la mies es mucha y los obreros pocos”, la realidad de la Archidiócesis de Sevilla invita más a la gratitud que al desaliento, ya que en nuestra Iglesia particular contamos con una riqueza notable de carismas y formas de vida consagrada que continúan dando fruto.

En lo que respecta a las comunidades claustrales femeninas, la Archidiócesis cuenta con 34 conventos pertenecientes a 14 órdenes distintas, que acogen a 426 mujeres de todas las edades, culturas y continentes.

Por otra parte, las comunidades de religiosas de vida activa suman un total de 53, mientras que las comunidades masculinas alcanzan las 26, lo que se traduce en más de 1.300 religiosos y religiosas que trabajan por el Reino de Dios en nuestra diócesis. Todos ellos desarrollan su misión en una amplia variedad de ámbitos pastorales y sociales: la educación en colegios y centros formativos, la atención pastoral en parroquias, la pastoral hospitalaria, el cuidado y acompañamiento de personas mayores, la evangelización a través de los medios de comunicación, la gestión de comedores y servicios sociales, la catequesis y la formación cristiana o la atención a personas con diversidad funcional, entre otras muchas tareas.

Asimismo, destaca la presencia de seis Institutos Seculares y cinco Sociedades de Vida Apostólica —tres masculinas y dos femeninas— que desarrollan su misión en medio del mundo, conjugando la consagración a Dios con la inserción en las realidades ordinarias de la vida social y profesional. Junto a ellos, han arraigado en la Iglesia diocesana otras nueve formas de vida consagrada, como las vírgenes consagradas, las auxiliares del Buen Pastor —conocidas popularmente como las religiosas de Villa Teresita— o las misioneras identes. Todas ellas contribuyen, desde su identidad propia, a mostrar la pluralidad de caminos por los que el Espíritu Santo sigue llamando y actuando en la Archidiócesis hispalense.

Ecos del Congreso de Vocaciones

El lema de la XXX Jornada de la Vida Consagrada recuerda la celebración del Congreso de Vocaciones ‘¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión’, celebrado en Madrid hace un año. “En aquel encuentro festivo y gozoso, al estilo de un «nuevo Pentecostés», sentimos cómo el Espíritu de Jesús nos envió, nuevamente, a seguir ofreciendo la buena noticia del Evangelio, con la confianza de saber que Dios, también hoy, sigue llamando y que cada persona, a pesar de los ruidos de nuestro tiempo, puede responder con generosidad”, recuerdan desde el Servicio de Pastoral de la Vocación de la Conferencia Episcopal Española.

En este contexto, se pide a los consagrados responsabilidad para vivir “como discípulo misionero en su vida cotidiana, en la búsqueda o desarrollo de su vocación concreta”. También se insta a cada institución (carismas) a discernir “cómo dar un renovado impulso a la pastoral vocacional en su ámbito particular”. Y a la vez, hacen una llamada a todos los cristianos para buscar “lo que podemos ir haciendo juntos (misión), en sinodalidad, dentro del marco y realidad de las Iglesias particulares, entre los diversos ministerios, servicios, dones y carismas”. Por tanto, “esta etapa del Pos-Congreso de Vocaciones y la Jornada de la Vida Consagrada de 2026 nos ofrece este indicador: «Todos por todos» para responder al don y a la tarea de la pastoral de la llamada: cómo generar una cultura vocacional que favorezca el reto de plantear la vida como vocación, y cómo ofrecer y promover todos los caminos vocacionales y de consagración en nuestra Iglesia”, concluye su exhortación este servicio episcopal.

Desde la Vicaría Episcopal para la Vida Consagrada en la Archidiócesis de Sevilla se invita a las parroquias, iglesias y oratorios a celebrar este día con los subsidios y materiales preparados por la Conferencia Episcopal Española, que puede descargar aquí.

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