Celebramos el II domingo de Pascua, también llamado Domingo de la Misericordia divina. Volveremos a escuchar estas palabras que dirige el Resucitado al Apóstol Tomás, «No seas incrédulo, sino fiel» (Jn 20, 27). Lo explicaba san Juan Pablo II: La fe es ―y jamás deja de ser― el programa de Cristo en relación con el hombre. «Dichosos los que sin ver (como Tomás) creyeron» (Jn 20, 29). La fe es la finalidad de la resurrección. Es su fruto”. En este sentido la incredulidad de Santo Tomás, como afirma San Gregorio Magno, «nos ha sido mucho más útil respecto a la fe, que la fe de los otros discípulos. En efecto, mientras Tomás es llevado de nuevo a la fe mediante el tacto, nuestra mente se consolida en la fe con la superación de toda duda. Así el discípulo que dudó y tocó, se convierte en testigo de la realidad de la resurrección» (XL Homiliarum in Evangelia, lib. II, Homil. 26, 7; PL 76, 1201).
El tiempo pascual es una auténtica escuela de fidelidad a la fe de la Iglesia, que proclama que Jesucristo ha resucitado verdaderamente. La Iglesia no habla hoy con voz apagada ni con acentos dubitativos. La Iglesia canta. La Iglesia anuncia. La Iglesia exulta ante la permanente globalización del paradigma tecnocrático. No hay acontecimiento más grande en la historia del mundo que la Resurrección del Señor. San Pablo lo afirma con claridad rotunda: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido” (1Cor 15,17). Pero Cristo ha resucitado. Y porque ha resucitado, nuestra fe no es una ideología, ni una tradición cultural, ni un sentimiento religioso entre otros. Nuestra fe es encuentro con una Persona viva, con Jesucristo resucitado, Señor de la historia y Salvador del mundo.
La Pascua nos llama a reavivar la certeza que Cristo está vivo y actúa en su Iglesia. Esta certeza es la fuente de la alegría cristiana. Por eso la alegría pascual puede convivir incluso con las lágrimas, con las pruebas, con la enfermedad, con la pobreza, con las noches del alma. Porque no depende sólo de las circunstancias externas. Brota de una presencia: la presencia del Señor resucitado. Irradiamos esta alegría pascual cuando perdonamos de verdad, cuando servimos sin buscar reconocimiento, cuando perseveramos en la oración, cuando acompañamos al que sufre, cuando defendemos la verdad sin agresividad, cuando amamos a la Iglesia, cuando participamos con fidelidad en la Eucaristía dominical, cuando no nos avergonzamos de nuestra fe, cuando damos razón de nuestra esperanza. En una sociedad con frecuencia cansada, herida y triste, la alegría cristiana se convierte en una verdadera forma de evangelización. El Santo Padre León XIV ha enseñado que la tristeza es una de las enfermedades de nuestro tiempo, y que la resurrección de Cristo puede curarla (cf. LEÓN XIV, Audiencia general, 22 de octubre de 2025). No se trata de repetir eslóganes piadosos, sino de vivir de tal modo unidos al Resucitado que nuestra misma vida sea un anuncio.
Que el Señor conceda a Sevilla una Pascua verdadera. No sólo una Pascua celebrada externamente, sino una Pascua vivida interiormente. Pascua en las familias, en las parroquias, en la vida consagrada, en los seminarios, en los jóvenes, en los enfermos, en quienes están cansados o alejados. Pascua también en nuestras hermandades y cofradías, llamadas a ser, con renovada autenticidad, escuelas de fe, de oración, de caridad y de vida cristiana.
Que María Santísima, la Virgen fiel, que permaneció firme en la noche de la Cruz y acogió con fe perfecta la victoria de su Hijo, acompañe y sostenga nuestro camino diocesano. Que ella nos enseñe a vivir una Pascua plena y nos alcance la gracia de ser discípulos alegres, firmes en la esperanza, fieles en la caridad y valientes en el testimonio. Que María, Madre de amor y misericordia nos ayude a experimentar la misericordia de Dios. Que María, Reina de la paz, nos ayude a construir un mundo de paz. Cristo ha resucitado. Y ésta, hermanos, es la fuente de nuestra alegría.
+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla















