
Con profunda alegría, ponemos a disposición de la comunidad diocesana esta Carta pastoral con motivo de la próxima beatificación del Venerable Salvador Valera Parra, el Cura Valera, que se celebrará, si Dios quiere, en Huércal-Overa el 7 de febrero de 2026.
Este acontecimiento de gracia, tan esperado por las Iglesias de Almería y Cartagena, supondrá el reconocimiento oficial de una santidad que el pueblo de Dios ha venerado y custodiado durante generaciones.
Esta carta, de estilo sencillo y profundamente pastoral, está escrita a tres manos por D. Ginés García Beltrán, obispo de Getafe y natural de Huércal-Overa; D. José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena; y nuestro obispo D. Antonio Gómez Cantero, obispo de Almería. Desde la comunión entre Iglesias hermanas, los pastores nos invitan a prepararnos espiritualmente para este acontecimiento eclesial.
Invitamos a todos —sacerdotes, consagrados, laicos y familias— a leer, meditar y compartir esta carta pastoral, como camino de preparación, memoria agradecida y esperanza ante la próxima beatificación del Cura Valera.
CARTA PASTORAL BEATIFICACIÓN CURA VALERA
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EL BEATO CURA VALERA
Una vida para los demás
Carta pastoral de los Obispos de Almería, Cartagena y Getafe
con motivo de la Beatificación del sacerdote Salvador Valera Parra
de Huércal-Overa (Almería)
1. VOX POPULI
Querida comunidad diocesana de Almería y de Cartagena, hemos sido bendecidos y estamos alegres, exultantes de gozo, por la beatificación del Venerable Salvador Valera Parra, el Cura Valera, en Huércal-Overa el 7 de febrero de 2026, a las once horas, tras la aprobación del milagro realizado por Dios a través de su intercesión –el primero aprobado por el Papa León XIV–, cuando se cumple este año el 210º aniversario de su nacimiento en este pueblo almeriense, entonces de la diócesis de Cartagena.
Esta sencilla carta de pastores, con motivo de su beatificación, ha sido realizada a tres manos: por D. Ginés García Beltrán, obispo de Getafe, y natural de Huércal-Overa; por D. José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena; y por D. Antonio Gómez Cantero, obispo de Almería.
Hasta el siglo X no hubo procesos de canonización, ni pruebas, ni exigencia de milagros, ni veredictos, ni tampoco era el Papa el que canonizaba a los santos con una liturgia especial de reconocimiento de su santidad. El pueblo santo de Dios era quien, pasando de boca en boca la evidencia de su santidad, con los recuerdos que la sustentaban, hacían evidente su vida santa y así mantenían durante los años y siglos el deseo de veneración.
Así ha pasado con nuestro Cura Valera, que hizo honor a su nombre de Salvador. En el corazón de la Villa de Huércal-Overa, permanece la memoria de su párroco, en placas, monumentos, bustos e instituciones, así como la conservación de su humilde casa, llena de recuerdos. Los huercalenses y los habitantes de las poblaciones limítrofes hablan de él todavía en presente, y muchas casas están adornadas con un cuadro de su querido párroco, así como muchos lo llevan entre las fotografías familiares de su cartera.
2. PASÓ HACIENDO EL BIEN
A las 10 de la noche del viernes 15 de marzo de 1889, entregaba su vida al Padre, el buen cura de Huércal-Overa, D. Salvador Valera Parra. Dos días antes había cumplido 49 años de sacerdote. Nació 73 años antes, el 27 de febrero de 1816, allí donde se apagó su vida terrena. Nuestro Cura Valera era un hombre que, aparentemente, no hizo nada extraordinario. No escribió nada, no fundó nada, no se recuerdan ninguno de sus sermones, pero su presencia, manifestada en las historias mantenidas en el tiempo, nos lo muestran como un párroco entregado a su pueblo, en fidelidad, en humildad, y cuidando a sus fieles desde la caridad: la caridad material y la caridad pastoral, que van tan juntas, exponiendo su vida por ellos, en dos ocasiones de peste. Esta caridad mantiene viva su memoria en su parroquia y en los alrededores, de generación en generación, hasta nuestros días.
Ordenado Sacerdote en 1840, sirvió con absoluta dedicación primero en su Parroquia natal de 1840 al 1849; después en Alhama de Murcia de 1849 a 1851; regresando de nuevo a su pueblo como Párroco desde 1851, siendo también desde 1864 a 1868 Párroco de Nuestra Señora de Gracia de Cartagena.
Cuidó y atendió con heroísmo a los enfermos del cólera en las continuas epidemias del siglo XIX. El Estado le condecoró con la Cruz de la Orden de Carlos III. También el Ayuntamiento de Cartagena, le regaló un cáliz que se conserva en su parroquia de Huércal-Overa.
Ante los terremotos e inundaciones trabajó sin descanso por su pueblo. Fue padre de los pobres, de los enfermos, de los marginados, dedicó su vida sólo a ser párroco, pastor solícito y humilde, llevando a sus feligreses a Dios y atento en la caridad en sus necesidades. En 2021 fue declarado Venerable. Casi dos siglos de fama de santidad, sigue viva entre nosotros, mantenida gracias a las familias de su pueblo y comarca y a la Asociación pro-canonización, que tanto ha trabajado para que este día llegara a término.
El siglo XIX y principios del XX, ha sido una época de grandes santos en nuestras tierras de España. Parece que el Señor, ante las grandes dificultades sociales y religiosas, suscita santas y santos que iluminen nuestro camino y nos marquen a todos la dirección de la santidad. En ningún momento debemos olvidar que salimos de las manos de Dios y él quiere y hace lo posible para que volvamos a sus manos.
La comunidad parroquial de Huércal-Overa, las comunidades de las diócesis de Almería y de Cartagena, vivimos este acontecimiento de su beatificación como un tiempo de gracia, un momento de gozoso orgullo, porque uno de nuestros hijos ha llegado a la plenitud de la vida cristiana, estar con Cristo, y ser bienaventurado, reconocido como modelo por todos los que aún somos peregrinos en este camino hacia Dios.
Si ponemos nuestra mirada en el Cura Valera, como modelo a seguir, en este momento de la historia, nos llevará a todos a vivir en fidelidad, en humildad y en caridad. Él, de una manera muy concreta, nos enseña a vivir un quinto Evangelio en nuestras vidas, encarnándolo en cada momento, mirando la vida con los ojos de Jesús, amando cada momento al unísono de los latidos del corazón de Jesús, edificando la comunidad con cada palabra y con cada gesto y entregando la vida sin pedir nada a cambio, sólo por amor.
¡Alegrémonos! el Señor nos ha manifestado su gracia en la vida humilde y entregada de este hombre, de este creyente, de este sacerdote que como su Maestro pasó por el mundo haciendo el bien.
3. UNA LUZ EN LA OSCURIDAD
Muchas veces nos quejamos de este tiempo y esta sociedad que nos ha tocado vivir, pero se nos olvida contemplar la época de los primeros cristianos y de las primeras predicaciones apostólicas a lo largo de los pueblos del mediterráneo y de algunas ciudades del interior. Olvidamos a los mártires, que entregaron su vida por Cristo y su Evangelio. Olvidamos a los misioneros que dejando sus tierras y familias se fueron a la aventura, dejando sus vidas en manos de Dios. Olvidamos el sacrificio de los Varones Apostólicos que nos evangelizaron. Olvidamos a tantos y tantos párrocos que en circunstancias difíciles han sido un faro entre las tormentas y roca firme en medio de su pueblo, muchos de ellos aún recordados por nuestros abuelos.
Tampoco la vida de Salvador Valera Parra, ni la de su gente fue fácil en aquel siglo XIX. Fueron tiempos convulsos: la guerra de la independencia, el sexenio absolutista, el trienio liberal, en el que gobernó el general Riego, el decenio absolutista, los diferentes gobiernos de Isabel II, el bienio liberal de Prim, Amadeo I de Saboya, la primera República, el gobierno de Alfonso XII y la regencia de María Cristina. Época de pugnas entre liberales y absolutistas tan características del siglo XIX. El recuerdo de la anarquía en el período de la Primera República produjo una atmósfera social dominada por el temor a la revolución y al caos político.
Además, los efectos de la climatología, que alternaba periodos de sequias con lluvias torrenciales, provocando terribles avenidas de los ríos y ramblas, produciendo destrucción, como la riada de 1879, que vino a añadir más desgracias. La irregularidad de las lluvias ocasionaba años sin cosecha y la falta de alimentos trajo la miseria y debilidad del sistema inmunológico de la población, y con ella las enfermedades epidémicas, la fiebre amarilla y el cólera.
La vida del Cura Valera fue sencilla en medio de su pueblo. Una vida humilde que hablaba de Dios iluminando las tinieblas de los distintos rostros del sufrimiento y la desolación política, social y religiosa. Hablaba con la palabra, con el corazón y con una vida entregada de servicio hasta el final. El ungido mostraba su vida con unción.
4. UN OFICIO DE AMOR
Aunque San Agustín ya escribió sobre ello refiriéndose a la misión del obispo, en el año 1971 San Pablo VI escribió Amoris Officio, que define la misión del sacerdote no como un poder, sino como un compromiso radical de amar y servir a cada miembro de la comunidad, imitando de esta manera el amor de Cristo.
La beatificación de don Salvador Valera Parra, nuestro querido Cura Valera, nos invita a volver la mirada a la obra que Dios realizó en él a través de una existencia humilde, entregada y profundamente evangélica. Su figura, tan cercana al corazón de nuestro pueblo, resplandece hoy con una luz nueva; la Iglesia reconoce oficialmente lo que tantos fieles han sabido durante generaciones y lo han transmitido: que en él brilló con especial transparencia la gracia de Cristo Buen Pastor. Contemplar su vida es dejarnos interpelar por el Evangelio vivido sin adornos, con la sencillez de quien se sabe instrumento y no protagonista, servidor y no dueño, hermano y no superior.
Este capítulo quiere recorrer los rasgos esenciales de su biografía personal, espiritual y pastoral, para que su ejemplo nos siga alentando y siga alentando a nuestras comunidades y, de modo particular, a los sacerdotes llamados a reproducir en su ministerio los sentimientos del Corazón de Cristo.
Orígenes humildes. Como hemos dicho al inicio de la carta, don Salvador nació aquel 27 de febrero de 1816, viernes de cuaresma, en el seno de una familia sencilla, marcada por la escasez vivida con alegría, por el trabajo honrado y la fe transmitida de manera natural y sencilla a sus hijos. “Vivían en casa humilde en la que resplandecía el orden y la limpieza”, dice uno de sus biógrafos. Este ambiente imprimió en el alma del nuevo beato una sensibilidad especial hacia la gente humilde, hacia quienes viven de la tierra y conocen el valor del sacrificio cotidiano. Desde niño aprendió que la grandeza no está en la apariencia, sino en la rectitud del corazón, lo que despertó en el niño una caridad sincera que se realiza de modo espontáneo y a base de pequeños gestos –comida, ropa entregadas a los pobres–.
En ese hogar modesto germinó, a temprana edad, la semilla de su vocación. No fue fruto de un acontecimiento extraordinario, sino de la escucha silenciosa de Dios en la vida ordinaria. Pronto se quedó huérfano de padre, y son sus hermanos mayores los que acompañan al joven Salvador en sus viajes a Murcia, en un burro, para realizar los exámenes de humanidades que le abrieran las puertas del Seminario. La oración familiar, la cercanía a la parroquia y, posiblemente, el testimonio de sacerdotes, fueron configurando en él un deseo profundo de consagrarse al Señor.
Vocación sacerdotal. Quienes le conocieron en su juventud recuerdan su carácter sereno, su conversación de altura impropia de su edad, su capacidad de trabajo, su inclinación natural a ayudar a los demás y su sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. La preparación al sacerdocio la hizo, después de los estudios de Gramática en Huércal-Overa, en el seminario de Murcia; la filosofía como externo residiendo en el convento de las monjas Capuchinas, después la teología, como interno en San Fulgencio.
Su ordenación sacerdotal, en la iglesia de Santa María de Alicante, por el cardenal Cienfuegos, arzobispo de Sevilla allí exiliado, fue un acontecimiento de gracia rodeado de sencillez gozosa que marcó definitivamente su existencia. “Se ordenó con dispensa de edad y pelo blanco”. Como gesto de agradecimiento cantó su primera misa en el convento de las Capuchinas que lo acogieron en sus primeros pasos vocacionales.
Un testigo lo describe así años después de su muerte: “alto, enjuto de carnes, delgado, muy cano (algunos incluso dicen que era cano de joven), de tez blanca y con porte majestuoso y modales de gran señor. Su aspecto era imponente, aun cuando atraía por su finura y bondad. Hacían conjunto en él su andar, sus modales, su sonrisa y su palabra… Todo era armónico, sencillo, correcto, limpio, santo”.
Ejercicio del ministerio. El ministerio del Cura Valera se desarrolló siempre en la diócesis de Cartagena, a la que entonces pertenecía la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Huércal-Overa. Comienza en esta parroquia su ministerio y no en condiciones fáciles, entre otros motivos por la incomprensión de los que lo rodean, pero a pesar de ello don Salvador, con gran humildad, se muestra siempre en profunda fidelidad a la Iglesia y en entrega generosa al pueblo que se le confiaba. Su estilo pastoral se caracterizó por la cercanía, la disponibilidad y la capacidad de escuchar. Así ocurrió en todos los destinos pastoral que tuvo (Alhama de Murcia, Cartagena, y en el mismo Huércal-Overa como Párroco).
Su presencia en la parroquia era constante y discreta. Conocía a sus feligreses, sabía sus preocupaciones, compartía sus alegrías y sufrimientos. Caminaba por las calles sin prisa, porque sabía que cada encuentro podía ser una oportunidad para consolar, orientar o simplemente acompañar. Su casa estaba siempre abierta, y su corazón aún más.
La fidelidad fue uno de los rasgos más visibles de su ministerio. Fidelidad a la oración, que sostenía su vida interior; fidelidad a la doctrina de la Iglesia, que transmitía con claridad y sin rigideces; fidelidad a las tareas pastorales, que asumía con responsabilidad y sin quejas; fidelidad a los pobres, a quienes consideraba los predilectos del Señor.
Su predicación sin gran elocuencia llegaba al corazón de sus oyentes y les movía el corazón para que respondieran al Señor. Tenemos testimonios como este: “No ha dicho nada extraordinario, pero con tal sencillez y tal fe que yo salgo completamente emocionado”. Transmite con la palabra su amor a Cristo, tomaba la imagen de Cristo en sus manos y se emocionaba ante tanto amor.
Su entrega no conocía horarios. Era de esos sacerdotes que se desgastan sin hacer ruido, que no buscan reconocimiento, que viven la caridad pastoral como una forma de martirio cotidiano. Su disponibilidad para atender a los enfermos, para consolar a las familias en duelo, para acompañar a los jóvenes en sus inquietudes, era expresión de un corazón configurado por el amor de Cristo.
La cercanía al pueblo era para él una consecuencia natural de su identidad sacerdotal. Se sabía enviado a servir, y por eso no se reservaba nada para sí. Su vida estaba entretejida con la vida de su pueblo, y su presencia se convirtió en un signo de la presencia misma de Cristo entre los suyos. Ante los hechos extraordinarios que acontecían a su alrededor la gente sencillamente decía: “las cosas del Cura Valera”. Estos eran sus grandes milagros que lo acreditaban ya como santo en vida.
El Pan, el Perdón y los Pobres. Si hubiera que señalar el centro espiritual del Cura Valera, sin duda sería su amor ardiente a la Eucaristía. Celebraba la Santa Misa con una devoción que conmovía a quienes participaban. Cada gesto, cada palabra, cada silencio, revelaba su conciencia profunda del misterio que tenía entre sus manos. Su modo de celebrar era una catequesis viva, una invitación a entrar en el misterio del amor de Dios que se entrega hasta el extremo. Son expresivos de este amor los gestos sencillos hacia la Eucaristía como su preocupación por que luciera ardiendo la lámpara ante el Santísimo. Vivía de la Eucaristía.
Junto a la Eucaristía, el confesionario fue otro de los pilares de su ministerio. Pasaba horas escuchando, orientando, absolviendo, animando. Tenía un don especial para acoger a los pecadores con misericordia y firmeza, sin juzgar, pero sin trivializar el pecado. Sabía que el perdón de Dios es un tesoro que no se puede administrar con ligereza, y por eso se preparaba con oración y penitencia para ejercer este ministerio. Muchos fieles recordaban la paz y la alegría que experimentaban al salir de su confesionario, donde se sentían escuchados, comprendidos y reconciliados.
Su atención a los pobres y enfermos era expresión concreta de su amor a Cristo. Son muchos los episodios de su vida que confirman este amor a los más necesitados: la caridad sencilla y cotidiana de dar no de lo que le sobra, sino de lo necesario. Hay hechos en su vida que confirman esta predilección por los pobres, por citar algunos: la actuación en la sublevación de los presos en el penal de Cartagena, la actuación ante la epidemia de cólera que asolaba la zona, la invitación a Santa Teresa de Jesús Jornet para que fundara un asilo de sus Hermanitas que acogieran a los ancianos desamparados, etc. Visitaba a los enfermos con frecuencia, llevando no sólo los sacramentos, sino también consuelo humano, compañía y esperanza. Con los pobres era generoso hasta el extremo, compartiendo lo poco que tenía.
En él se cumplía la palabra del Evangelio: “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Su vida fue una parábola viva de la misericordia de Dios.
Vida Evangélica. La santidad del Cura Valera no se manifestó en hechos extraordinarios, sino en la fidelidad cotidiana vivida con sencillez y austeridad. Su estilo de vida era sobrio, sin lujos ni comodidades innecesarias. Vivía con lo justo, y a veces con menos de lo justo, porque prefería que los recursos de la parroquia se destinaran a quienes más lo necesitaban. Su habitación, sus objetos personales, su modo de vestir, todo hablaba de un hombre desprendido, libre de ataduras materiales.
Esa austeridad no era fruto de una actitud amarga o rígida, sino de una libertad interior que le permitía vivir centrado en lo esencial. No necesitaba nada más que a Cristo para ser feliz. Su alegría era serena, profunda, contagiosa. Su presencia irradiaba paz, porque su corazón estaba anclado en Dios.
Su vida evangélica se expresaba también en su humildad. No buscaba protagonismo, y por eso Dios lo engrandeció ante los ojos de su pueblo. Su autoridad no provenía del cargo, sino de la coherencia entre lo que predicaba y lo que vivía.
En un mundo marcado por la prisa, el individualismo y la superficialidad, la figura del Cura Valera se alza como un recordatorio de que la verdadera grandeza está en la sencillez, en la entrega silenciosa, en la fidelidad perseverante. Su vida es una invitación a volver al Evangelio en su pureza, sin añadidos, sin complicaciones, sin excusas.
Murió de un “catarro intestinal”, según consta en su acta de defunción, pero murió amando, hasta el último suspiro; amando a Dios, a su ministerio, a su pueblo. Fue enterrado en medio de un clamor popular que lo reconoce como santo, en el presbiterio de la parroquia que lo vio nacer y morir para este mundo. Desde entonces ha cuidado con su intercesión a todo el pueblo que se encomienda a él como el mayor signo de identidad de Huércal-Overa.
5. LA MISIÓN DEL SIERVO
Contemplar la vida y el ministerio del Cura Valera es dejarnos iluminar por un testigo que vivió el sacerdocio como un don inmerecido y como una misión apasionante. Su ejemplo nos anima a todos —de un modo especial a los sacerdotes— a vivir nuestra vocación con mayor autenticidad, a poner a Cristo en el centro, a servir a los hermanos con humildad y alegría, a cultivar una vida interior que sostenga nuestras obras.
Nunca ha sido fácil vivir el Evangelio, el seguimiento de Cristo con radicalidad, solo los grandes santos se han acercado, sobre todo los que han seguido el camino de los consejos evangélicos. La Carta Apostólica de nuestro Papa León XIV, Una fidelidad que genera futuro, con motivo del 60º aniversario de los decretos para la renovación sacerdotal, Optatam Totius y Presbyterorum Ordinis, consta de cinco capítulos que comienzan con la palabra FIDELIDAD y añade: Servicio, Fraternidad, Sinodalidad, Misión y Futuro.
Todas estas fidelidades nacen del mismo corazón de Cristo que, siendo de origen divino, sin alardes, pasó entre nosotros como uno de tantos, y nos dijo que el que quiera ser el primero sea el servidor de todos. Cuánto se tiene que trasfigurar nuestro corazón para llegar a este seguimiento tan radical. Cuántas esclavitudes debemos abandonar para llegar a la verdadera libertad de los hijos de Dios. Solo la humildad, de humus, tierra, nos puede hacer tener los pies sobre el suelo, porque humildad es encarnación, y ésta es servicio y éste genera la comunidad fraterna, y la comunidad nos envía a la misión, y ésta nos hace mirar hacia adelante y nunca atrás, que es la tentación del que no cree en la venida del Señor.
El beato Cura Valera, como hemos mostrado, nos enseña los pasos de la encarnación, que son los de la misión del siervo. Como Cristo, que siempre antes de un gran signo se retiraba la noche a orar. Cuánta oración en este hombre de Dios ante las dificultades, ante la pasión por la vida de los demás. Siendo libre, cuántas veces, como Pablo, se hizo esclavos de todos (cf. 1Cor 9,19). Viendo el egoísmo de algunos, cuántas veces ha tenido que luchar para alimentarles y mantenerlos en el amor, la armonía y los mismos sentimientos (cf. Flp 2,1-4) Desde la sencillez y la humildad, desde una vida entregada y llena de gestos, el Cura Valera, ha sido un profeta en medio de su pueblo.
Los sacerdotes también estamos llamados a permanecer en el amor de Cristo, para poder edificar nuestras comunidades. No olvidando nunca que hay un solo rebaño y un solo pastor.
6. LAS PUERTAS ABIERTAS: LA SANTIDAD
Es impresionante cómo la gente recuerda tantos testimonios de santidad de un pobre y humilde cura, cuya vida fue sencilla y prudente, eso sí, pero con un excepcional amor a Dios y un serio compromiso de servir a los hermanos. El Cura Valera no protagonizó nunca fenómenos deslumbrantes, ni buscó sobresalir en nada especial, no buscaba protagonismos inútiles, ni famas efímeras, no, todo lo contrario, su firme decisión era ser un alma para Dios y, por eso, buscaba el silencio, el recogimiento de la oración, la austeridad, la pobreza y salir raudo al encuentro de los hermanos que le necesitaban hasta dar la vida, olvidándose de sí mismo. En los múltiples testimonios que se describen en la positio sobre la vida, virtudes y fama del Cura Valera se puede observar que las puertas de su corazón siempre estaban abiertas para todos los fieles que le fueron encomendados y su celo le llevó a cuidar a los más necesitados, a los pobres de solemnidad.
La experiencia pastoral de don Salvador Valera como sacerdote fue sencilla, amaba a Dios profundamente y se fio de Él sin reservas. Ahora entendemos cómo el Señor lo fue modelando y movido por la fuerza del Espíritu Santo siguió a Cristo pobre, humilde y cargado con la Cruz. Así, en el silencio del amor, iba construyendo el camino de la santidad como un regalo, un don de Dios, porque su decisión fue seguir las huellas de Jesucristo. La vocación a la santidad la recibió en el bautismo, como todos nosotros, y al salir de las aguas bautismales fuimos hechos partícipes de la gracia santificante (cf. Ef. 4,7), pero hemos de saber permanecer en esa gracia siempre. En el Concilio Vaticano II se dice claramente que la santidad siempre se identifica con la estrecha unión con Cristo, como nos dice Lumen Gentium (cf. nn. 49-50): a causa de su más íntima unión con Cristo, los bienaventurados consolidan a toda la Iglesia en la santidad; y un poco más adelante se ofrece una especie de definición de la santidad al hablar de la vía segurísima por la que, entre las vicisitudes del mundo, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo, es decir, a la santidad.
La Llamada a la santidad pertenece a la esencia misma de la Alianza de Dios con los hombres ya en el Antiguo Testamento: Dios, que por su esencia es la suma santidad, el tres veces santo (cf. Is. 6, 3), se acerca al hombre, al pueblo elegido, para insertarlo en el ámbito de la irradiación de esta santidad. La vocación a la santidad, pues, es un regalo divino que hay que validarlo todos los días, sabiendo que encontrará su cumplimiento definitivo en la Nueva Alianza mediante la sangre de Cristo, cuando se realice la ‘adoración en espíritu y en verdad’, de la que Jesús mismo habla en Siquem, en su conversación con la samaritana (cf. Jn 4, 24).
Es posible que alguien se pregunte de dónde le vino al Cura Valera esta vocación de hacer el bien, su impresionante vida de caridad y por qué le importaban tanto los necesitados. La respuesta es sencilla, la entenderás cuando descubras que la Iglesia es ‘comunión’, que somos una familia de hermanos y que la fuente de esta comunión es Jesucristo. Esto lo explica San Pedro en su carta primera: ‘Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu’ (1Pe 3, 18). El ejemplo de Cristo ha dado su fruto, nos ha hecho capaces de ser santos, porque Cristo nos ha rescatado con su preciosa sangre derramada (cf. 1Pe 1, 18.19) y nos ha hecho nación santa (cf. 1Pe 2, 9). Los testimonios de vida que nos ha dejado el Cura Valera manifiestan que fue un hombre entregado a hacer la Voluntad de Dios y nunca olvidó que los demás somos sus hermanos. Estas palabras describen el ser de un pastor bueno, que sabía perfectamente a quien seguía: en las diversas parroquias donde ejerció el ministerio sacerdotal, tanto las de la diócesis de Cartagena como la de Huércal-Overa en la actual diócesis de Almería, la huella profunda que dejó de vida apostólica ejemplar pobre, orante, preocupado de las necesidades de los fieles organizando servicios de caridad, catequesis, fomento de la práctica de los sacramentos, piedad popular… y sobre todo, de intenso trabajo pastoral para ayudar a vivir en santidad, dan muestra de su virtuoso ejercicio del ministerio sacerdotal, convirtiéndose así en modelo ejemplar de párroco.
La admiración y devoción que guardan sus paisanos y los que fueron sus feligreses nos llevan a pensar que el Cura Valera se entregó por amor, sí, por amor, como el de Cristo, dando la vida, construyendo la Voluntad de Dios en la unidad, en la comunión, cual piedras vivas… en santidad (cf. 1 Pe 2, 5). Este sacerdote nunca pasó de largo ante las necesidades de sus hermanos, fue el buen samaritano que se acercó a los caídos y apaleados de la vida, porque eso era lo que aprendió de Cristo en el Evangelio (cf. Lc 10, 25-37), dejando un testimonio y un modelo ejemplar de vida cristiana que ha estimulado y ha ayudado al Pueblo de Dios a seguir caminando en santidad. Fue un modelo luminoso de ser sacerdote diocesano, que procuró con alegría y determinación vivir santamente su ministerio y promover incansablemente una auténtica pastoral de la santidad. La figura de este buen párroco austero y enjuto no se ha olvidado, porque los testimonios son impresionantes, han quedado grabados en la memoria colectiva y todavía llegan al corazón. Es importante recordar las palabras que el entonces obispo de Cartagena dirigió a los jóvenes que acababa de ordenar para el ministerio exhortándoles: “Solo os pido que os miréis en el espejo que tengo en Huércal-Overa, en el cura don Salvador Valera Parra, en cuyo espejo se mira también vuestro obispo”. Él mismo, siendo ya cardenal de Valencia, todavía elogiaba las virtudes de este sacerdote, diciendo: “No estoy hablando de un hombre ni de un sacerdote, hablo de un ángel”. Sus palabras nos indican la huella de santidad que iba dejando el sacerdote don Salvador Valera Parra por donde pasaba, como el suave olor a Cristo o como lo describía San Pablo: dejaba por todas partes el ‘sello del Espíritu Santo’ (Ef 1,13), con el que ha sido marcado. Dios, es ‘el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones’ (2 Cor 1, 21-22).
La vida de este buen sacerdote nos ayuda a confiar en la Palabra del Dios y a seguir adelante siempre con la vocación que hemos recibido en el Bautismo, porque nuestra meta es el cielo, donde confluye toda la santidad de la tierra. Pero no olvidar que los caminos que nos ayudan a subir al cielo son los de la inocencia, los de la penitencia, los de la caridad, además de los que nos proponía el Papa Francisco en su Exhortación apostólica sobre la santidad: aguante, paciencia, mansedumbre, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31) …, caminos que han tenido como punto de partida el Bautismo, la gracia que ese sacramento nos confirió, el carácter que imprimió en nuestra alma, conformándola y haciéndola participar, como escribe santo Tomás de Aquino, en el sacerdocio de Cristo crucificado, en la comunión de la santidad que se ilumina con la gloria de Cristo Resucitado.
Nos miramos en el espejo del Cura Valera para seguir caminando sin desalentarnos, porque tenemos la fuerza del Espíritu Santo. Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez… En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. Con palabras del Papa León XIV podemos tener en cuenta esto para todos los cristianos, sean sacerdotes, religiosos o laicos. No lo olvidéis: un sacerdote santo hace florecer la santidad a su alrededor.
Que el beato Cura Valera renueve en nuestras comunidades el deseo de santidad y nos impulse a caminar con esperanza. Y que él, desde el cielo, interceda por nosotros, para que sepamos ser instrumentos dóciles en las manos de Dios.
+ Antonio Gómez Cantero, obispo de Almería
+ José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena
+ Ginés García Beltrán, obispo de Getafe



















