Carta de Pascua de D. Severino Calderón Martínez, ofm, Provincial de los franciscanos.
Queridos Hermanos/as: PAZ Y BIEN EN EL SEÑOR RESUCITADO.
La vida franciscana, y los cristianos en general, hemos de ponernos a la escucha de la Palabra. En nuestro mundo hay demasiadas palabras y poco silencio para poder oír la Palabra. Volver la mirada a la Palabra, como Francisco y Clara, es acogerla y obedecerla, para amarla, venerarla y vivirla, para buscarla, guardarla y anunciarla. Si sabemos mirarnos en el espejo de la Palabra, y nos adentramos en ella, transmitiremos lo mismo que nos alimenta: el gusto por la Palabra y el buen sabor que nos deja. Nos ponemos a la escucha para sentirnos llenos de convicciones, a veces, otras de consuelo y esperanza, otras de correcciones o nuevas propuestas… en todas la situaciones nos enseña el Espíritu del Señor, que nos abre el oído para entenderlo y el corazón para acogerlo, las manos y los pies para ponerlo por obra.
Dios nos habla en sus palabras, hechos y acontecimientos y se revela a sí mismo con obras y palabras unidas. La Palabra es siempre eficaz y viva (Hb. 4, 2), dinámica y creadora. Toda la creación es un discurso de Dios y sobre Dios. Nuestro Dios dice lo que hace y hace lo que dice. Su palabra es diálogo y alianza de amor, ¿No lo habéis notado?. Seguro que sí.
A nuestro Dios lo encontramos en la creación, lecturas que hemos releído en la Vigilia Pascual; con su Palabra saciamos nuestra sed de Él, cuando nuestra tierra estaba agostada, reseca, y sin agua (cf. 62,2). Como su palabra es viva y eficaz, es clave escucharla, recordarla y transmitirla.
Jesús es la Palabra definitiva de Dios a la humanidad
Dice San Pablo que al cumplirse la plenitud de los tiempos (Gal 4,4), en el seno de la Virgen María se hizo carne y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,1.14). Se hace hombre y se hace diálogo con nuestra carne. Si la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad se nos han dado por medio de Jesucristo.
La Palabra de Dios tiene su centro en Cristo, una persona viva, Jesús, el Señor, que se hace presente también en la comunidad reunida en su nombre, especialmente cuando comparte el pan y el vino de la Eucaristía y se prolonga en los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos… para todos los que esperan la gracia del Señor (cf. Lc, 4,18-19).
La comunidad cristiana se reúne en torno a la Palabra
El Pueblo de Dios que nace de la Pascua, y la comunión de fe sellada en la alianza de Amor, nos llama a ser files a esa alianza. La vocación de la comunidad, convocada por el Señor y su Palabra, nos lleva a ser seguidores fieles, escuchar su mensaje y cumplir su voluntad. No puede haber Iglesia, ni Comunidad sin Palabra de Dios; no puede haber familia unida a Cristo sin que la Palabra ocupe un lugar importante en la vida de los hermanos. Cuando se enfría la Palabra se enfrían las relaciones fraternas porque aparecen el cansancio, la rutina y la resignación que nos llevan al pesimismo y a la falta de creatividad y el gusto por la vida.
En la Palabra el Señor se nos revela y se nos entrega, nos ilumina y transforma, nos libera y nos guía, nos interpela y denuncia, nos amonesta, consuela y salva. Somos una fraternidad fundada en la Palabra para afrontar los variados desafíos de la sociedad en la que vivimos.
Palabra de Dios, oración y liturgia
La Palabra de Dios es lugar de una cita y un encuentro con la persona de Cristo; para nosotros es sustento, alimento, fuente de vida espiritual, pan vivo bajado del cielo. Si orar es entrar en relación personal con Dios, escucharle, hablarle y obrar según Dios, también es responderle: «Aquí estoy, cuenta conmigo». Si orar es hacer experiencia de encuentro con Dios, con los hombres y la creación, nos podemos preguntar: ¿Qué hacer para que la Palabra de Dios se convierta en Oración?
Cuando la Palabra se lee en la liturgia de la Iglesia, es El quien habla. Somos hijos del Evangelio como Francisco y Clara, y cuando escuchamos la Palabra podemos decir: Es verdad, hoy se cumple en vosotros esta Palabra que acabáis de oír (cf. Lc 4,16-21). Participar, al menos, en la Eucaristía dominical es dejar que el Espíritu del Señor nos haga reconocer al Señor «al partir el pan» y en la lectura comunitaria de la Palabra.
Si tanta importancia tiene la Palabra Litúrgica, con cuánta consideración hemos de tener en cuenta la lectura orante de la Palabra de Dios como prolongación de la liturgia de la Iglesia. Nos preguntamos: ¿Cómo abrir cauces para comentar la Palabra, aplicarla a la vida y dejarnos iluminar por ella?.
La Palabra de Dios en la vida diaria
En la familia, comunidad, grupo cristiano, o bien personalmente es muy recomendado leer cada día los textos litúrgicos, que nos propone la Iglesia, en el evangelio de cada día, que se puede adquirir a precio muy económico. De lo que nos alimentamos podemos ofrecer a otros, de la mañana a la tarde, la misma ofrenda.
Al igual que Francisco y Clara de Asís se enamoraron de la Palabra de Dios, así también nos invitamos mutuamente a mirarnos cada día en el espejo para nacer de nuevo y caminar con esperanza hacia el futuro.
Todos somos buscadores de Dios y ahí nos sorprende la Palabra que nos urge a que vivamos desde las convicciones a las que vamos llegando, para ofrecérselas a otros en un permanente discernimiento cristiano. Pasemos, pues, de la rutina a la novedad de la Palabra. Como es Palabra de Dios, no caminamos solos, la Palabra nos hace el camino llevadero y ligero para no cansarnos demasiado.
Abramos espacios personales y comunitarios para encontrarnos con la Palabra. Nuestro futuro, como el futuro de las comunidades, está en dejarnos hacer por la Palabra.
Sin la Palabra guardada en el corazón y dada a luz cada día, habrán muerto el encanto y la canción de nuestra existencia porque se habrán petrificado los sentimientos y se habrán secado los manantiales de la esperanza.
El Testigo fiel, el Resucitado, nos invita a abrirle la puerta, que le separa, a los que estamos dentro: «Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye, entraré en su casa y cenaremos juntos» (Ap 3,2). Podemos preguntarnos, como caminantes que nos alimentamos de la Palabra, qué aliento ofrecemos al cansado en el camino (cf. Is. 50,4; Lc. 24).
Hagamos que la lectura orante haga de nuestro diálogo un encuentro personal con el Señor para que nos sintamos Iglesia y cantemos con nuestro pueblo un cántico nuevo.
Como proceso a seguir en la lectura de los textos: léelos atenta y silenciosamente incorporando la realidad social y eclesial en la que vives. ¿Qué dicen los textos y la vida?; óralos, profundízalos, medítalos y contémplalos ¿Qué me dicen a mí?. Pon por obra aquello que descubres para que se cumpla la misión en ti ¿A qué me llevan?.
Hoy la misión nos envía a realizar una nueva evangelización, siendo testigos de la fe y transmitiendo lo que hemos recibido, como mensajeros de una Buena Noticia. La mejor noticia.
Felicitamos a las Hermanas Clarisas en los 800 años de su Fundación.
Y muchas gracias a los que estamos disfrutando estos días de la Pascua del Señor Jesús en los diversos lugares donde nos hacemos presentes para compartir una Palabra.
HOY SE HA HECHO REALIDAD ESTA PALABRA EN NOSOTROS.
¡DAD GRATIS LO QUE HABÉIS RECIBIDO GRATRIS!
¡Cristo es nuestra PASCUA, ALELUYA!.
LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HOY HEMOS VISTO SU GLORIA PORQUE JESUCRISTO HA RESUCITADO Y NOSOTROS ESTAMOS UNIDOS A EL POR SU PALABRA.
¡FELIZ PASCUA, FELIZ PALABRA!. AMEN. ¡¡¡ALELUYA!!!
Cádiz, uno de abril de 2012.
Severino Calderón Martínez, ofm