La ordenación episcopal y la toma de posesión de Eloy Alberto Santiago será el 1 de mayo en la Catedral de La Laguna

Diócesis de Tenerife
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El Obispado de Tenerife está situado en San Cristobal de La Laguna. La jurisdicción de la diócesis comprende Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro.

En la mañana de este lunes 24 de febrero, el obispado de Canarias acogió la rueda de prensa donde se dio a conocer la noticia del nombramiento de Eloy Alberto Santiago Santiago como nuevo obispo de la Diócesis Nivariense. La ordenación episcopal y la toma de posesión será el 1 de mayo, a las 11:00 horas, en la Santa Iglesia Catedral de La Laguna.

La noticia se hizo pública también, de forma simultánea, en la Diócesis de Tenerife, pocos minutos después de que la Santa Sede la comunicara. El encargado de transmitir la información fue el administrador diocesano, Antonio Pérez, que estuvo acompañado por el responsable de comunicación, Carlos Pérez.

Santiago, en su primer mensaje como obispo electo hacia los diocesanos quiso expresar su “gratitud a Dios y a su Iglesia por tan inmerecido don”, que según añadió, “ciertamente supera con creces mis pobres capacidades”.

Mensaje completo:

Rueda de Prensa

Las Palmas de Gran Canaria, 24 de febrero de 2025

Apreciados D. José Mazuelos Pérez, Obispo de Canarias,

y D. Cristóbal Déniz Hernández, Obispo auxiliar de esta diócesis.

Estimados profesionales de los medios,

sacerdotes, personal del Obispado aquí presente,

amigas y amigos todos:

En este día en que se hace público que el Santo Padre ha tenido a bien nombrarme Obispo de la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna, también llamada de Tenerife, deseo expresar, ante todo, mi gratitud a Dios y a su Iglesia por tan inmerecido don, que ciertamente supera con creces mis pobres capacidades. Me siento pequeño y débil ante tan gran ministerio que se me encomienda. Parafraseando al apóstol Pablo, puedo decir que me siento como una pieza de barro, frágil, en el que se deposita un gran tesoro para custodiar. Por eso no puedo más que acogerlo desde la humildad, consciente de mis límites, pero sabiendo que es en nuestra debilidad donde se manifiesta la fuerza del Señor y de su gracia. Que nos basta su gracia. Que la obra que Él ha comenzado en nosotros, será Él quien la lleve a término.

Mi gratitud en especial al Papa Francisco, por quien pido oraciones por su pronta mejoría, que me ha considerado digno de ser incorporado al Colegio de los Obispos e idóneo para servir a la Diócesis nivariense, hasta ahora «Diócesis hermana» y, desde este momento, «mi Diócesis», de la que ya me siento miembro, uno más de esa gran familia diocesana.

En efecto, desde que el Sr. Nuncio me comunicó esta decisión pontificia, que ciertamente me sorprendió –como a muchos de ustedes hoy– en cuanto inesperada y que acogí con obediencia filial, aunque con temor y temblor, y, sobre todo, confiando en la Providencia divina, he comenzado a sentirme cercano y a amar con caridad pastoral, aún en la distancia, a esa porción del Pueblo de Dios que peregrina en El Hierro, La Gomera, La Palma y Tenerife, con sus gozos y esperanzas, anhelos y preocupaciones, que hago míos.

Me siento llamado a servir, como siempre he intentado hacer en mi vida. Una actitud y disposición que aprendí de mis padres, que en paz descansen, y que siempre he procurado mantener en las distintas tareas que la Iglesia me ha confiado, tanto en el servicio a la Santa Sede como a esta Diócesis de Canarias que, como madre, me engendró en la fe, me ayudó a crecer en ella, a discernir la vocación sacerdotal y me confirió el ministerio presbiteral. Como discípulo de Aquel, el Señor Jesús, que no vino para ser servido, sino para servir (cf. Mc 10,45) entiendo que mi vida no puede tener otro sentido sino vivir de esa manera, sirviendo, también en esta nueva etapa que se presenta ante mí; por esa razón he querido tomar esas palabras de Jesús «ut ministraret» (para servir) como lema episcopal.

Me incorporo a una Iglesia particular que hace algunos años celebraba el bicentenario de su creación y que, con ilusión, alentada por el Espíritu Santo, sigue avanzando en la, a veces ardua, pero siempre apasionante, tarea evangelizadora confiada por el Señor a sus discípulos con aquella exhortación: «Vayan», que es el título del Plan diocesano pastoral que está siguiendo la Diócesis nivariense y cuyo subtítulo es la última frase del evangelio según san Mateo: «Sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 19-20).

El Señor Jesús está con nosotros. Nos acompaña en nuestro caminar como Iglesia sinodal con una opción misionera, como nos pide el Papa Francisco. Y en ese caminar no estamos solos, Él está con nosotros. Esta presencia del amigo que nos acompaña es la que me consuela y alienta en estos momentos al pensar el horizonte que se abre ante mí. Voy a esa Diócesis no sólo como padre y pastor, sino también como hermano entre hermanos y discípulo del único Maestro, Cristo.

Me consuela también lo que voy conociendo de la vida de la Diócesis nivariense y la misión que lleva a cabo a través de los numerosísimos laicos, esa inmensa mayoría del Pueblo de Dios, que viven su condición bautismal en la Iglesia y en la sociedad; el testimonio evangélico de tantas personas de vida consagrada; el celo y la caridad pastoral de los diáconos y sacerdotes que, en medio de múltiples tareas, no escatiman fuerzas ni tiempo para servir a las comunidades.

Todo ello habla de una Iglesia viva que intenta anunciar la Buena Noticia de Jesús en el difícil contexto actual, con tantos problemas como son el crecimiento de la pobreza y su cronificación; el desempleo, especialmente entre los jóvenes; la emergencia educativa en la que nos encontramos; las dificultades en que vive la familia; el envejecimiento de la sociedad; la experiencia de abandono y soledad de los mayores y enfermos; y el drama del fenómeno migratorio, en particular los que llegan en condiciones inhumanas a nuestras costas… En todas estas personas, con la mirada que nos da la fe, encontramos el rostro de Cristo sufriente, tan hermosamente expresado en la venerada imagen del Santísimo Cristo de La Laguna, de gran valor histórico y artístico, pero de mayor cariño y devoción en ambas diócesis canarias.

También están los desafíos pastorales a los que tiene que responder la Iglesia desde la fidelidad a Jesucristo: el secularismo de una sociedad que vive como si Dios no existiera; la indiferencia o la escasa vivencia de la fe de muchos bautizados; la lacra de los abusos de cualquier tipo en su seno; la escasez de vocaciones, no solo al sacerdocio, sino también al laicado comprometido y a la vida consagrada, tanto apostólica como contemplativa; la acedia o apatía en la que algunos han podido caer que les lleva a un pesimismo estéril y una actitud quejosa…

Cómo no recordar, a este respecto, la oración que San Manuel González, tan querido para mí, dirigía a María: «¡Madre mía, que no nos cansemos!». En efecto, María, la Virgen de Candelaria de gran veneración en todo nuestro archipiélago canario, así como las distintas advocaciones bajo cuyo patrocinio se encuentra cada una de las islas de la diócesis, nos alienta a renovar nuestras fuerzas en el seguimiento de su Hijo y en la tarea evangelizadora razón de nuestro ser como Iglesia.

En definitiva, el gran reto que supone vivir y transmitir la fe en el mundo actual. Pero recordemos una vez más las palabras consoladoras de Jesús: no están solos, yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos. Es Él y el Espíritu Santo, no nosotros, el que conduce a la nave de la Iglesia, quien nos capacita para llevar adelante la misión. Nosotros somos sus colaboradores, servidores que hacemos lo que se nos ha confiado.

Acogiendo la invitación del Papa Francisco en la bula de convocatoria del Jubileo ordinario que estamos celebrando, nuestro reto, también el mío personal al iniciar el ministerio episcopal en la Iglesia nivariense, es transformar estos signos de los tiempos negativos en signos de esperanza que conducen hacia Jesucristo, nuestra esperanza, esperanza que no defrauda, sino que, antes bien, cumple su Palabra.

Son muchos los rostros y nombres de personas a las que les debo tanto en mi vida que si intentara nombrarlos dejaría a alguien fuera. A todos ellos llevo en mi corazón y a todos les agradezco lo que me han aportado y siguen aportado, muchas veces quizás sin saberlo: una palabra, un pequeño gesto, un detalle, una sonrisa, una oración por mí… A tantos laicos, personas de vida consagrada, diáconos y sacerdotes: gracias. A mi querida familia, en especial mis padres, hermanos y sobrinos. A mi parroquia de procedencia Sto. Domingo de Guzmán con sus párrocos y a las hermanas Misioneras Eucarísticas de Nazaret y la familia Eucarística Reparadora. A mis compañeros y formadores del Seminario diocesano. A mis compañeros y superiores del Colegio Español de San José en Roma, y de la Pontificia Universidad Gregoriana. A mis compañeros y superiores de la Academia Eclesiástica, a los Nuncios y personal de Nunciatura en las que presté mi servicio, así como a los superiores de la Secretaría de Estado. A todas las comunidades parroquiales en las que he prestado mi servicio como párroco. Al Cabildo catedralicio de esta Diócesis canariense. A los profesores, alumnos y compañeros del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. A los seminaristas de cuya formación he participado. A los compañeros de este Obispado de Canarias… Y, cómo no, a los Obispos que he conocido en esta Sede: desde D. Ramón Echarren, de feliz memoria, que me ordenó sacerdote, hasta D. José Mazuelos, quien desde el primer momento de su llegada a la Diócesis me ha obsequiado con su amistad y confianza, sin olvidar a nuestro obispo emérito, D. Francisco Cases, que me acogió a mi regreso de Roma y me envió a distintas parroquias y al Seminario diocesano como formador.

Como ven a tantísimas personas que Dios ha puesto en mi camino y que me han enriquecido con sus vidas y con su testimonio. A todos ellos muchísimas gracias de todo corazón por su cariño y por su comprensión para conmigo, en especial para con mis limitaciones. Y, al tiempo que les doy las gracias, también les pido perdón si no he sabido estar a la altura de lo que esperaban de mí y no siempre he podido dar un buen testimonio de Cristo en mi vida. Pero hoy, en este día, lo que más pido a todos son oraciones por mi pobre persona y por el ministerio episcopal que se me confía. Que el Señor, Buen Pastor, me haga ser un padre y pastor solícito para con el Pueblo de Dios que se me encomienda.

No quiero acabar sin enviar un respetuoso y afectuoso saludo a quien ha sido mi predecesor en la Diócesis de Tenerife y que la ha conducido durante casi dos décadas, D. Bernardo Álvarez Afonso, que el Señor le premie todos sus desvelos y le fortalezca en estos momentos. También saludo con cariño y gratitud a Mons. Antonio Manuel Pérez Morales que, como Administrador diocesano, ha desempeñado con gran dedicación y entrega en estos meses de Sede vacante.

Que la Virgen de los Remedios y San Cristóbal, patronos de la Diócesis nivariense, y el santo hermano Pedro, primer santo canario, así como los demás siervos de Dios, beatos y santos vinculados a la Diócesis de Tenerife, me acompañen y ayuden en este camino que emprendo como Obispo de San Cristóbal de La Laguna. Me encomiendo a la intercesión de ellos y a las oraciones de todos ustedes y de mi nueva querida familia, la Iglesia nivariense.

Muchas gracias.

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