
Proliferan las personas populares que hablan de Cristo en Instagram y en otras redes. Hay algo encomiable, sin duda, en hablar de Él justo donde otros recomiendan restaurantes o comparten posibles destinos veraniegos. Algo rompedor, subversivo, revolucionario. Es como si los influencers católicos violentasen el fin para el que se creó Instagram, como si hubiesen hallado la grieta de un sistema aparentemente perfecto: allá donde impera la frivolidad, ellos introducen la trascendencia; en el mismo centro de la mundanidad, ellos celebran la vida futura.