«En la parroquia he encontrado consuelo, comprensión y ayuda»

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Entrevista a Ana Guadalupe, catequista en Las Manchas, La Palma

Ana Guadalupe González es una palmera de 54 años, casada con dos hijos, de 21 y 25 años. Ella, con los suyos, fueron evacuados desde el primer momento del barrio de Las Manchas, en el municipio de El Paso. Y, a pesar de ello, se siente privilegiada no solo porque nadie ha perdido la vida en la isla, sino que, en su caso particular, se encontró con una persona que apenas conocía, que se conmovió y le ofreció una pequeña vivienda vacacional que alquilaba para turistas, para poder vivir en ella. “¿Quién sino Dios -afirma con rotundidad- movió el corazón de esta persona tan generosa?”.

         Ana reconoce tener fe desde muy pequeñita, desde el colegio, desde el catecismo para la primera comunión. Fundamentalmente, agradece “el gran testimonio de fe que le transmitió mamá”, de la que nunca olvidará la fortaleza que mostraba ante el sufrimiento por la enfermedad de alguno de sus hijos.

         Luego, en su juventud dejó un tanto aparcada la fe. Se apartó de la Iglesia. Pero más tarde, el testimonio de su madre volvió a su vida con fuerza. Ana se había topado con la enfermedad de uno de sus hijos desde temprana edad. Fue entonces cuando comenzó a buscar “consuelo en Dios, en la Virgen y en la Iglesia”. Y esa vivencia de Dios desde la vida le llevó a “crecer en la fe día a día, poco a poco, año tras año,…y ahora soy catequista en mi parroquia”, indica esta palmera.

         Ana Guadalupe da mucha importancia a la familia. “Mi familia es para mí lo primero: mi marido, mis hijos, también mis hermanos. Es la fuerza que dirige mi vida, no me fallan nunca, siempre están ahí para darme consuelo y sé que puedo contar con ellos”, comenta.

Junto al orgullo que siente de su propia familia, Ana experimenta lo mismo con “mi segunda familia: la parroquia”. En ella “encuentro consuelo y comprensión, incluso en mi caso, hasta ayuda económica que necesité en un momento puntual de mi vida”.  En su párroco, Alberto Hernández, “Don Alberto”, como le gusta decir a ella, “también he encontrado consuelo y guía espiritual”, y apostilla, “sé que eso viene de Dios”. En definitiva, para esta palmera “es una sensación maravillosa, y más en medio de esta catástrofe que estamos padeciendo, sentir que perteneces a una comunidad donde compartimos la misma fe y un mismo amor a Jesucristo”.

En toda esta cascada de solidaridad que está recibiendo el pueblo palmero, “en todas esas personas que están colaborando desinteresadamente, que se conmueven ante este drama”, Ana destaca -y no sin agradable sorpresa- la labor que están desarrollando los jóvenes a los que siempre “tachamos de egoístas, de despreocupados por los demás, de no creer en Dios”. Y añade convencida: “veo la acción de Dios, Él está trabajando en sus corazones para moverlos a la ayuda desinteresada”, concluyendo: “son como verdaderos ángeles que lo hacen con cariño”, ante quienes solo caben palabras de gratitud. Prueba todo ello, que “Dios no nos ha abandonado, al contrario, está más presente que nunca moviendo tantos corazones solidarios y ayudando a todos a soportar esta cruz”. “¿Cuándo y dónde sino -se pregunta en voz alta- se ha visto tanta movilización y tantos apoyos como en este momento en la isla de La Palma?”.

         El encuentro con esta catequista palmera finalizó con palabras de esperanza. “¿Dónde está Dios? Está aquí, junto al que sufre por haber perdido todo o parte de sus bienes, Él está con nosotros para darnos fortaleza, resignación y esperanza en el futuro”. Una certeza que reconoce en el contacto con tantos que han perdido sus hogares y sus tierras: “los siento fuertes y enteros. Dios está detrás de su dolor, cargando con ellos sus cruces. Todo esto pasará, tardará un poco, pero pasará. Y todos juntos y con los ojos puestos en Dios, podremos salir reforzados de esta tremenda catástrofe. ¡Eso espero! ¡Fuerza! ¡Ánimo! y, sobre todo, oración a Dios”.

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