El Jesuita Manuel Segura, Doctor Honoris Causa por la Universidad de La Laguna

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El Paraninfo de la Universidad de La Laguna acogió, este lunes, el nombramiento de Tomás González Rolán y del sacerdote jesuita Manuel Segura Morales como nuevos doctores honoris causa del centro académico.

Centrándonos en el Jesuita Manuel Segura Morales, tal y como informa la ULL, es doctor en Pedagogía por la Universidad de Asunción, en Paraguay, y doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Valencia. Fue profesor de Psicología Educativa y Sociología de las Escuelas Universitarias de Trabajo Social y Magisterio, actuales facultades de Ciencias Políticas y Sociales y Educación, respectivamente, de este centro académico. En su labor como investigador destacó por desarrollar la investigación social como una vía para la lucha contra la exclusión. De hecho, se dedica todavía hoy a formar a los profesores en integración de jóvenes con problemas en el aula, de tal modo que su método pedagógico es empleado hoy prácticamente en toda España y en muchos países latinoamericanos.

En la «laudatio» que presentó sus méritos, la doctora María Dolores García destacó del Padre Segura su generoso magisterio, su humanismo y compromiso social.

Resumen realizado por el departamento de comunicación de la ULL de la intervención del Padre Segura:

«En Granada, donde nací, tuve el honor de tener como padrino de bautismo a don Manuel de Falla, que siempre me instruyó en la fe y me trató con afecto hasta mis doce años, en 1940, cuando se fue definitivamente a Argentina. También conocí a Federico García Lorca y recuerdo su vitalidad, su alegría, el entusiasmo con que improvisaba una obra de teatro en la que todos los hermanos, nueve en total, teníamos un papel inventado por él». Así comenzó la lección de investidura impartida por Manuel Segura Morales. Recordó que su padre fue catedrático de Historia del Derecho; «de él fue del primero que aprendí que enseñar a otros es una gloria, una vocación maravillosa. Lo mismo me inculcaron en todo momento los jesuitas, desde el primer momento que entré en esta Orden Religiosa, en 1945».

Esa inquietud se acentuó fuertemente durante los diez años que pasó en América Latina, viendo a los niños que dormían entre cartones y recogían flores de la basura para ofrecerlas a quienes pasaban por la calle y obtener una propina. Allí en América, en la Universidad de Asunción, consiguió su tercera Licenciatura, en Pedagogía, y se doctoró en Educación. Cuando volvió a España, en 1972, y fue destinado a Tenerife, decidió trabajar en una nueva tesis. Poco después la Escuela de Magisterio de la Iglesia fue definitivamente incorporada a la Universidad de La Laguna y desde entonces sólo existió un único centro, la Escuela de Magisterio de la Universidad de La Laguna. «Elaboramos un programa que poco después ofrecimos a la cárcel de Tenerife, que fue un éxito inmediato y pronto se interesaron por él otros centros penitenciarios y de menores en varias provincias de España». Además, algunos profesores de Primaria y Secundaria propusieron modificarlo, de manera que pasara a ser preventivo en vez de curativo, y así se pudiera aplicar a los «alumnos difíciles». En las cárceles y centros de menores, el porcentaje positivo de los resultados no puede ser, naturalmente, como el conseguido con alumnos normales, explicó. «Pero los cambios radicales de vida son de las experiencias más gratificantes que he vivido como educador; como me decía un preso de la cárcel Tenerife 2, ahora convertido en trabajador honrado y padre de familia: Don Manuel, es que antes de conocer este programa, yo tenía la cabeza sin estrenar».

Para Segura, queda claro que cualquier plan de educación debe consistir básicamente en formar personas, lo cual es lo mismo que enseñarles a relacionarse con los demás. Donde empiezan las diferencias es al determinar cuáles son los factores necesarios para conseguir esa relación sana, amistosa, con los demás. Se puede decir que en los últimos años ha habido «cuatro oleadas» poderosas, al tratar de establecer los elementos necesarios para formar personas. La primera oleada fue que hay que enseñar a pensar, destacó el homenajeado. «Todos los expertos están de acuerdo en que el primer substrato de toda educación completa, de toda educación que quiera formar personas, es enseñar a pensar, a usar el cerebro. Hay muchos jóvenes que sólo usan el paleo-córtex, el cerebro animal, no el humano, el cual, enfrentado a cualquier dificultad, no tiene más que dos salidas: ataque o huída», señaló.

La solución no es ponernos nosotros más violentos que los violentos, sino enseñarles a usar el neo-córtex, la frente, para pensar y no para embestir, agregó. Enseñarles a dialogar y a resolver los problemas con eficacia y con justicia, pero cómo conseguirlo, se preguntó. Tanto la psicología como la sociología han conseguido concretar los elementos cognitivos que forman esa inteligencia interpersonal: son la habilidad cognitiva de saber definir una situación humana interpersonal (problemática o no), la habilidad cognitiva de imaginar el mayor número de decisiones alternativas que puedan solucionar un problema, la habilidad cognitiva de prever las consecuencias de lo que se piensa hacer o decir, la habilidad cognitiva de ver las cosas desde la perspectiva del otro, es decir, ponerse en el lugar del otro, y la habilidad cognitiva de saber trazarse una meta, un objetivo, y saber encontrar los medios para llegar a esa meta. «Desde hace mucho tiempo se sabe que esas cinco habilidades faltan, totalmente o en buena parte, en los delincuentes. Pero la buena noticia, es que se pueden enseñar».

La segunda oleada fue la educación emocional. ¿Qué deben saber los niños y los jóvenes acerca de las emociones? Cuanto más, mejor, respondió el educador. Deben ir conociendo esas emociones, desde pequeños. Los alumnos de Secundaria y Bachillerato tienen, en la buena literatura y en las buenas películas, el mejor arsenal para aprender a conocer las emociones. «Pero además pueden progresar mucho en poco tiempo, si ponemos en práctica con ellos alguno de los buenos programas surgidos últimamente para desarrollar la inteligencia emociona».

La tercera oleada fue la educación en valores morales. Para el experto, alguien que piensa bien y además conoce y maneja sus emociones y las ajenas puede ser un gran delincuente, astuto, refinado. Esto se explica porque le falta la tercera y última parte que es imprescindible si queremos educar personas: los valores morales. «Si estos tres factores se trabajan con constancia y eficacia», aseguró el doctor, «tendremos personas; si falta alguno de ellos, podemos estar formando seres inteligentes, pero descontrolados o peligrosos».

Segura se preguntó por el significado de los valores. Valor es lo que vale, dijo. «Cuando una cosa es valiosa para nosotros, nos esforzamos por conseguirla. En el fondo, lo que todos queremos es ser felices. Y los valores nos prometen felicidad». «Antes de hablar del mundo de la escuela, hay que aludir necesariamente a la familia. En ella comprobamos que hay quienes tienen hijos sanos moralmente, y quienes tienen hijos difíciles, que no asumen los valores de los padres, porque los hijos son rebeldes o porque los padres no aciertan a trasmitirles esos valores. También hay hijos que no han podido aprender de sus padres, porque éstos padres no viven los valores». Pero además, antes de llegar a la escuela, tanto los hijos buenos como los rebeldes están sometidos también a lo que inculca la sociedad en la calle, la televisión, los deportes, internet. Una vez llegados los niños a la escuela, explicó, nuestra meta debería ser ayudarlos a descubrir que, si viven los grandes valores serán más profunda y durablemente felices que si tuvieran dinero para satisfacer todos sus caprichos. «Con lo expuesto hasta ahora, debe quedar claro que para una relación humana, asertiva, son indispensables los tres factores educativos mencionados: lo cognitivo, lo emocional, lo moral. Enseñar a pensar, enseñar a reconocer y a utilizar las emociones, ayudarles a descubrir los valores morales», sostuvo el ponente.

Finalmente, el experto en intervención social se preguntó el por qué no han dado los resultados esperados muchos programas escolares de convivencia, de solución de conflictos, de mediación o de educación para la paz. En su opinión, los programas no dieron resultado porque los alumnos no estaban capacitados para recibirlos. «Pues bien, sugiero que eso es lo que está pasando en buena parte, con los cursos de convivencia, de mediación, de paz. Para saber convivir en paz, para resolver conflictos con la ayuda de un mediador, lo primero que se necesita es que quienes conviven sepan relacionarse como personas. O dicho más breve y más brutalmente: es necesario que quienes conviven sean personas. Si no lo son, estamos dando cursos de pilotos a panaderos».

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