Solemnidad de la Epifanía en la Basílica del Gran Poder

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Como viene siendo tradición, el arzobispo de Sevilla celebró la solemnidad de la Epifanía en la basílica del Gran Poder, cuya hermandad celebró la tarde del domingo su función principal.

Mons. Juan José Asenjo inició su homilía expresando su deseo de que el año 2015 «sea verdaderamente un año de gracia, de auténtica renovación de nuestra vida cristiana y de nuestro compromiso apostólico, un año de fidelidad, de fecundidad espiritual y de servicio a los pobres en el seno de nuestras hermandades».

Fiesta de la Epifanía

Más adelante se detuvo en la solemnidad de la Epifanía del Señor, «una fiesta celebrada ya en el siglo IV con extraordinaria solemnidad en Oriente y trasplantada muy pronto a la liturgia latina. Epifanía –añadió- significa manifestación de Dios». Al respecto, el prelado recordó que «en la historia de la Salvación, Dios se ha ido manifestando paulatinamente», y con el naci­miento de Jesús comienza «la etapa definitiva de la manifestación plena de Dios a la hu­manidad», y desde entonces «nos habla, se nos hace cercano y accesible no a través de intermediarios, sino por medio de su Hijo, igual a Él en esencia y dignidad, reflejo de su gloria e impronta de su ser».

A continuación, mons. Asenjo se detuvo en el acontecimiento del nacimiento de Jesús: «No hace alarde de su categoría de Dios, se despoja de su rango y toma la condición de esclavo pasando por uno de tantos. Deja el seno cálido del Padre y emprende el duro camino de los hombres. Se hace, como escribe en sus sermones de Navidad el Apóstol de Andalucía, San Juan de Ávila, romero y peregrino. Vive en la intemperie y el desierto. No pasa de puntillas junto a nosotros. Asume nuestra naturaleza con todas sus consecuencias, excepto el pecado, sin rehusar la debilidad y la fragilidad del ser humano. Y, por ello, sudará, sentirá el cansancio, la fatiga y la tristeza. Necesitará comer y descansar. Experimentará el dolor y la pobreza hasta el punto de no tener donde reclinar su cabeza». «Por ello –añadió-, la única actitud posible en estos días es la adoración rendida ante el Dios que se despoja de su rango y se hace niño, como hacen los pastores y los Magos, y la gratitud inmensa ante el amor inaudito de Dios, sin límites ni tasas». Además, el arzobispo subrayó que en esta solemnidad de la Epifanía «alabamos a Dios que se hace el encontradizo con nosotros por medio de su Verbo» y, aludiendo a san Juan de Ávila, señaló que «adoramos al Niño que se nos ha manifestado vistiendo el sayal de nuestra humanidad». En esta línea, expresó su deseo de que «en estos días de Epifanía, al mismo tiempo que seguimos contemplando el misterio del Dios hecho niño, le agradezcamos el don de la fe que recibimos el día de nuestro bautismo, una fecha, que como nos decía el Papa hace unos días todos deberíamos conocer y celebrar más incluso que la de nuestro nacimiento físico».

En otro momento de su homilía, destacó la importancia de la Epifanía, situándola junto a la fiesta de Pentecostés como «la gran fiesta de la misión universal de la Iglesia, una fiesta de una intensa tonalidad apostólica y misionera».

Jornada de los catequistas nativos

También tuvo palabras para los catequistas nativos, cuya jornada nación al coincide con la fiesta de la Epifanía: «recordamos con afecto, encomendamos en nuestra oración y ayudamos con nuestra limosna a los catequistas laicos que colaboran con los misioneros en la evangelización». Recordó igualmente a los sacerdotes diocesanos españoles, «entre ellos un puñado de sacerdotes sevillanos que, habiéndolo dejado todo, anuncian el Reino de Jesús en la vanguardia misionera».

Finalizó su homilía con una petición a los titulares de la hermandad del Gran Poder, a quienes pidió que «nos concedan ser don y gracia para todos nuestros hermanos, para quienes viven cerca de nosotros y para todos aquellos que se han abandonado la fe, pero que son muy amados de Dios y están llamados a la gracia de la filiación».

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