«El amor se opone a la muerte; el amor es vida. Todo lo que comprendo lo entiendo porque amo. Todo existe únicamente porque soy amado» (L. Tolstói, Guerra y Paz). Pocos pasajes de la literatura universal condensan con tanta densidad lo que la Semana Santa proclama. León Tolstói, que conoció el peso de la guerra y la fragilidad de la paz entre los hombres, supo ver en el amor la única fuerza capaz de oponerse a la muerte. Cuando se acerca la Semana Santa, Sevilla se dispone de nuevo a vivir unos días que forman parte de lo más hondo de su alma cristiana. Conviene recordarlo con claridad; no estamos únicamente ante una tradición venerable, sino ante la actualización del misterio central de nuestra fe: Jesucristo, que se entrega por la salvación del mundo y que, resucitado, ofrece al hombre la paz verdadera. La intuición del gran novelista ruso halla únicamente en el misterio pascual su fundamento más hondo y su cumplimiento más pleno. Por ello, vincular la Semana Santa y la paz es una necesidad espiritual y moral, sobre todo en esta hora marcada por guerras, terrorismo, persecuciones, violencia ideológica, crispación social y una creciente dureza en las relaciones humanas. Hay pueblos enteros bajo el estruendo de las armas, y ambientes sociales donde la agresividad verbal parece haberse instalado como costumbre. En medio de este panorama, la Semana Santa proclama una verdad decisiva: la paz nace del amor redentor de Cristo, y en él halla su fuente y su plena consistencia.
El Concilio Vaticano II enseñó con singular lucidez que «la paz no es la mera ausencia de guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias», sino que «con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia» (Gaudium et spes, 78). La paz verdadera demanda conversión, verdad, justicia, perdón y caridad; requiere que el corazón deje de estar dominado por el odio, y que todo acuerdo exterior sea expresión de una transformación interior modelada por la verdad, el perdón, la justicia y la caridad. Y precisamente eso es lo que se revela en la Semana Santa. Contemplamos a Cristo entrando en Jerusalén, lejos de toda violencia, como el Mesías humilde. Lo vemos en la Última Cena, entregando su Cuerpo y su Sangre por nosotros. Lo seguimos en Getsemaní, en donde rechaza el camino de la espada. Lo contemplamos en el pretorio, en la calle de la Amargura y
en el Calvario, cargando sobre sí el peso del pecado del mundo, con una mansedumbre que asombra. Y desde la cruz escuchamos una de las palabras más sobrecogedoras del Evangelio, en las que se condensa la lógica de la salvación: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Finalmente, el Resucitado se presenta a los suyos con el gran saludo pascual: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19). El amor, como intuía Tolstói, se ha opuesto a la muerte y la ha vencido.
Éste es el gran mensaje: Jesucristo, Él es en sí mismo nuestra paz (cf. Ef 2, 14). La paz cristiana nace de su Corazón traspasado y glorioso; brota de la victoria del amor sobre el pecado, del perdón sobre la venganza, de la misericordia sobre la condena, de la vida sobre la muerte. Por eso la Semana Santa posee una inmensa fuerza transformadora también para nuestro tiempo, que, en tantos ámbitos, absolutiza el poder. El Señor crucificado continúa manifestando la fecundidad paradójica de la mansedumbre; incluso cuando se premia la dureza, Cristo muestra la grandeza del perdón. El papa san Juan Pablo II formuló una enseñanza que sigue siendo imprescindible: «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» (Mensaje para la XXXV Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2002). Únicamente quien ama es capaz de perdonar; y sólo quien perdona comprende, como escribía Tolstói, porque el amor es la única luz con la que ciertas realidades llegan a contemplarse en profundidad. El perdón es una fuerza espiritual que rompe la espiral de la violencia y, abre caminos nuevos donde estos parecían imposibles, puesto que, lejos de ser debilidad o renuncia a la verdad, constituye una de las lecciones más arduas y más necesarias de la cruz.
El papa Francisco ha recordado con vigor que «toda guerra deja al mundo peor de como lo había encontrado» (Fratelli tutti, 261). Basta mirar la realidad para comprobarlo. Las guerras destruyen ciudades, generaciones enteras, siembran traumas profundos y normalizan la lógica de la enemistad. Existen también pequeñas guerras cotidianas: las del hogar, las de los grupos humanos, las de las redes sociales, las de la vida política, las del desprecio, la calumnia y la descalificación constante. También ahí necesitamos la paz de Cristo, porque también ahí muere algo cuando el amor se retira. En este punto resultan especialmente iluminadoras las continuas llamadas a la paz, desde el inicio mismo de su ministerio papal, de León XIV. En su Mensaje para la Cuaresma, nos ha invitado a «desarmar el lenguaje», renunciando a
«las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias», para que «muchas palabras de odio den paso a palabras de esperanza y paz» (Mensaje para la Cuaresma 2026, 5 de febrero de 2026). Y añade que la humanidad está «sedienta de justicia y reconciliación» (Ibíd.). Son palabras de singular oportunidad para preparar la Semana Santa, porque quien acompaña de verdad a Cristo en estos días santos está llamado a erradicar de su interior todo lenguaje de hostilidad, de desprecio o de ruptura.
Nuestras hermandades y cofradías están llamadas a ser escuelas de paz. Lo serán en la medida en que sean lugares de comunión eclesial, de caridad con los pobres, de reconciliación sincera y de formación cristiana sólida. La contemplación de nuestros sagrados titulares transforma el corazón: el Cristo que sufre y la Virgen dolorosa nos convocan a una conversión real. Que nadie banalice lo que celebramos: la Semana Santa es una inmensa catequesis sobre la paz, que nos enseña que la violencia carece de la última palabra; al tiempo que nos recuerda que el mal ha sido vencido en la entrega obediente del Hijo de Dios. Estos días nos impulsan a preguntarnos si sembramos paz o discordia, si construimos comunión o alimentamos divisiones. En esta Semana Santa de 2026, pido al Señor que nuestra vida cristiana sea renovada en profundidad. Que nuestras celebraciones litúrgicas, nuestras estaciones de penitencia y nuestras manifestaciones de piedad popular nos conduzcan a una adhesión más firme a Jesucristo. Que nuestros hogares sean ámbitos de reconciliación. Que nuestras hermandades sean casa y escuela de comunión. Y que Sevilla, que, con devoción, sabe mirada por el Crucificado y su Santísima Madre, sepa también irradiar la paz que nace de la cruz y resplandece gloriosa en la mañana de Pascua. Porque el amor se opone a la muerte. Porque el amor es vida. Y porque todo existe, en última instancia, únicamente porque somos amados: esta es la verdad que la Resurrección de Cristo confirma y que la Semana Santa nos llama a vivir, con corazón abierto y hondura renovada.
+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla
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