El pasado año se conmemoró el 225 aniversario de la protección del Cristo de la Vera Cruz sobre su pueblo de Tocina con motivo de la epidemia de fiebre amarilla que asoló toda la comarca en el verano de 1800. Por ello, traemos hoy a esta sección la antigua imagen del Señor de la Vera Cruz de esta hermandad.
Según el testimonio del párroco de San Vicente Mártir de Tocina, este pueblo se libró del contagio de fiebre amarilla “por un favor particular que sin duda se debe al Santísimo Cristo de la Vera Cruz”.
Esta primitiva imagen del Señor es una obra de autor anónimo que puede fecharse en el último tercio del siglo XVI, centuria a la que se remontan los orígenes de la hermandad, datándose las primeras referencias documentales del Cristo en el año 1651. Si bien, desde 1670 recibía culto en la ermita de Nuestra Señora de la Soledad, en marzo de 1936 fue trasladada a la parroquia, donde fue destruida durante el asalto que sufrió el templo en julio de ese año. Ante el estado en que había quedado el Cristo de la Vera Cruz, se encarga una nueva imagen al escultor e imaginero umbreteño Antonio Illanes Rodríguez, que fue bendecida en enero de 1937 y que conserva la cruz perteneciente a la primitiva imagen.
Sin embargo, en 1987 se decide restaurar el primitivo Cristo, que había sido conservado en un arca de madera en una de las torres de la parroquia, llevando a cabo esta labor el restaurador natural de Tocina Germán Pérez Vargas, recientemente fallecido, gracias al cual hoy podemos admirar esta interesante escultura.
El primitivo Cristo de la Vera Cruz está realizado en fibra de zapote (fruta tropical originaria de América Central), resina natural vegetal y telas de tafetán encolado y policromado al óleo, antigua técnica indígena que los franciscanos que llegaron al Nuevo Mundo utilizarán para elaborar a partir de estampas, imágenes de Cristo, la Virgen y los santos, cuya ligereza las hacía idóneas para ser sacadas en procesión.
La imagen, conservada en un oratorio de la casa de hermandad, presenta una acusada simplicidad, fruto de la técnica empleada en su ejecución, si bien esta sencillez lejos de ser una limitación redunda en su belleza, ya que queda focalizado lo nuclear del mensaje que esta escultura quiere dar, sin que nada superfluo nos distraiga: el amor infinito del Hijo de Dios que se entrega por nuestra salvación, así como su mansedumbre y humildad, destacándose la cabeza y el rostro, que muestra los ojos cerrados y la boca abierta, con elevado patetismo no exento de dulzura.
El manto que lleva tras la cruz hace alusión a las tinieblas que cubrieron el cielo al morir Jesús (cf. Lc 23, 44), así como al velo del templo de Jerusalén que se rasgó en dos en ese momento (cf. Lc 23, 45).
Antonio Rodríguez Babío
Delegado diocesano de Patrimonio Cultural
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