Con motivo del 325 aniversario de su fundación, el Papa León XIV ha otorgado a la comunidad de las Clarisas Capuchinas la celebración de un Año Jubilar durante este año de 2026, por lo que traemos hoy a nuestra sección el magnífico retablo mayor que preside la iglesia conventual.
El 9 de enero de 1701 llegaban a Sevilla seis monjas capuchinas procedentes del convento de Zaragoza, rigiendo esta primera comunidad como abadesa Sor Josefa de Palafox y Cardona, hermana de Jaime de Palafox, arzobispo de Sevilla desde 1684. En octubre de 1701 se colocará la primera piedra del convento, si bien las obras debieron paralizarse dos meses después debido a la muerte del citado arzobispo. No sabemos cuándo se reanudaron las obras, pero cuatro años más tarde se trasladan las monjas al nuevo convento y el 17 de septiembre de 1706 el arzobispo Manuel Arias bendice la iglesia, que tradicionalmente se ha venido atribuyendo al arquitecto Diego Antonio Díaz.
El 13 de agosto de 1761 se produce un incendio en la iglesia que afectará todo el conjunto del cenobio, reconstruyéndose gracias a las donaciones del cardenal Francisco de Solís Folch de Cardona. Se piensa que el arquitecto encargado de las obras de reconstrucción fue Antonio de Figueroa, conservándose de la antigua construcción tan sólo la portada de la iglesia. Los retablos se encargarán al genial escultor y retablista lisboeta Cayetano de Acosta (1709-1778), quien realizará el retablo mayor, los dos del crucero y cuatro para los machones, además de otras cuatro vitrinas para los ángulos del crucero.
El retablo mayor, ejecutado entre 1761 y 1763, es una monumental obra que consta de un solo cuerpo articulado en tres calles definidas por cuatro grandes estípites que presentan gran decoración de rocallas, rematándose el conjunto por un ático. En la parte inferior de la calle central, sobre el Sagrario, se encuentra el manifestador, de formas ondulantes y gran movimiento. La hornacina principal abre paso al camarín que está presidido por la imagen de la Inmaculada Concepción, de gran belleza y monumentalidad, con una ráfaga de rayos a su espalda, corona y la media luna. Completan su iconografía ángeles, cabezas de querubines y la paloma del Espíritu Santo a sus pies. Destaca el estofado de las vestiduras de la Virgen.
En las calles laterales se sitúan las imágenes de San Francisco de Asís y Santa Clara y sobre ellas, unas cartelas con los bustos en altorrelieve de Santo Domingo de Guzmán y San Antonio de Padua con el Niño Jesús.
Una cornisa de líneas ondulantes da paso al ático del retablo, en el cual se dispone una hornacina con Santa Rosalía de Palermo, titular del convento, flanqueada por los escudos del cardenal Solís y Folch. Remata el conjunto un pabellón de tela encolada, que se prolonga en la bóveda del presbiterio por las pinturas de Juan de Espinal que lo enmarcan y que representan al Padre Eterno bajo una cúpula pintada en perspectiva, con San Lorenzo y San Esteban.
Antonio Rodríguez Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural
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