Poliamor, o el vacío de una sociedad hastiada

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Sede metropolitana de la Iglesia Católica en España, y preside la provincia eclesiástica de Sevilla, con seis diócesis sufragáneas.

No es nueva en la historia la tendencia del ser humano que vaga por el mundo sin rumbo cierto y falto de espíritu crítico —aunque tenga un corazón sediento de grandes experiencias— a reinventarse en el mundo de las relaciones. Por eso, en cierto modo no debería sorprender la multitud de teorías que circulan por medios varios queriendo justificar lo injustificable. Es lo que sucede con el amor, una palabra poliédrica en cuanto al uso que se le viene dando, pero clara en su justa expresión.

En efecto, el amor es un compendio de gestos, de acciones y de expresiones verbales (también  de silencios), en las que se condensan entrega, generosidad, perdón, abnegación, sacrificio, ternura, comprensión, diálogo, respeto, compromiso, cuidado, atención, paciencia, dominio de uno mismo, fidelidad…, en todas las gamas de la caridad, que es la virtud por antonomasia. Y todo lo que se afirme bajo otra perspectiva no es amor. Es algo diametralmente opuesto.

En un afán por huir de un profundo anhelo existencial, que es en realidad constitutivo, por no hallar a la vida un sentido y llenar los hondos vacíos que se experimentan lejos de la verdad y del bien, con el amparo del pensamiento único, un sentido falaz de libertad donde todo cabe —y a quien no esté de acuerdo con ello se le posterga—, ha surgido otra moda que sin duda alguna en su momento fenecerá porque es insostenible desde la base: el denominado poliamor.

¿Cómo se puede llamar poliamor a una fórmula de convivencia, pero que sus defensores ponen de relieve que no es tal? ¿Cómo defender la existencia de relaciones emocionales, sexuales… en suma, un tipo de «vínculo» amoroso entre varias personas que está basado en el egoísmo, el individualismo o la infidelidad, con la inevitable aparición de los celos, rencillas, mentiras y demás? Es insostenible. A eso se le llama ampliación de la vida amorosa, cuando en realidad debe calificarse como otra cosa. Tales prácticas lo único que van a conllevar para quienes se adentren en este supuesto «paraíso» son graves problemas psicológicos, trastornos neuróticos difíciles de controlar.

Naturalmente el matrimonio como institución no existe en la pseudo filosofía de los seguidores de esta práctica, que airean las ventajas de una relación abierta en la cabe todo lo imaginable. Y la verdad es que ni ellos mismos son capaces de definirla por mucho que deseen sustentarla en justificaciones que no tienen pies ni cabeza. Es un mundo huero donde la genitalidad es la estrella y el abuso de las relaciones ha vuelto a poner en boga al kleenex: usar y tirar. ¿Dónde el amor? Y la ética de la que hablan, ¿en qué principios se sustenta, cuál es su legitimidad, qué le da entidad? El concepto de amor aceptado universalmente reúne las características señaladas al principio. El poliamor no es claro; es reductivo. No hay transparencia, ni limpieza en él porque no hay verdad. Y no incluye ninguna de las manifestaciones del auténtico amor.

No hay amor en porciones. La tendencia al poliamor ni siquiera tiene la consideración de migajas. Quien lo practique vivirá en una continua insatisfacción. Perseguirá nuevas experiencias y su vida cada vez estará más vacía. Por otra parte, la volubilidad de cualquier pasión mal encaminada hará que fracase toda relación. Cualquier emoción desbocada es un volcán incontenible. Precisamente en este ámbito, el compartir de parejas será finalmente un infierno, ese al que cada uno se aboca libremente cuando se empeña en hundirse en el fango de las ideologías y teorías malsanas. Es imposible que así sean felices porque nadie lo es cuando le da la espalda al auténtico amor. En éste se vive y se muere, si hace falta, por el ser estimado.

Y como colofón a lo dicho, téngase en cuenta lo que dice Fernando Rielo: «El amor que el hombre maltrata no resucita».

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