La sana inquietud
En el Estadio Olímpico de Barcelona, respondiendo a un joven que confesaba haber encontrado solo un «vacío inmenso» en la carrera del éxito, León XIV señaló: «estamos hechos a medida del infinito». La expresión pertenece a una tradición filosófica precisa –el famoso inquieto está nuestro corazón, de san Agustín de Hipona– y el Papa la formuló en positivo: la insatisfacción que el ser humano experimenta ante todo logro finito es una señal de su constitución auténtica, más que un defecto. La llamó «sana inquietud» que es preciso cultivar. Alrededor de esa expresión se puede leer la arquitectura interior del viaje apostólico del Santo Padre a España y las llamadas que dirigió a lo largo de estos siete días: cercanía, espiritualidad y evangelización.
La primera llamada del Papa fue la más visible en imágenes. León XIV bendijo niños, abrazó ancianos, escuchó en silencio los anhelos y los deseos de muchas personas. La cercanía del Papa es consecuencia práctica de una afirmación que él mismo formuló en el Centro de Acogida CEDIA de Madrid: «un corazón vivo es cálido y palpitante, y da vida. Un corazón frío está inmóvil, ya no bombea sangre, y provoca la muerte de la persona». Este diagnóstico cardiológico pone en guardia frente a la indiferencia ante quien sufre, que no es nunca un descuido moral menor, cuanto un síntoma de muerte interior. Esa misma lógica vertebró su discurso a los voluntarios en IFEMA, donde dijo que «los cristianos están llamados a llevar al mundo la levadura de la gratuidad». Frente al término «crecimiento» que hoy se mide en decimales del PIB, León XIV propuso la unidad de medida de la gratuidad, ese obrar sin cálculo de retorno que fermenta la masa social desde dentro, sin que las estadísticas lo registren. Y la «sana inquietud» es precisamente lo que impide al que actúa con gratuidad instalarse en el conformismo: sabe que ha dado, y sabe que no ha dado suficiente, y esa tensión es fecunda. En Canarias, la cercanía alcanzó su grado más exigente. A Blessing, víctima de trata cuyo testimonio fue leído en el Puerto de Arguineguín, el Papa le habló con palabras de padre: «si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Tu vida no es de quienes te dañaron.» En La Laguna, a los traficantes de personas, sin rodeos: «deténganse. Conviértanse. Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios.» La «sana inquietud» ante el sufrimiento ajeno es lo que distingue la cercanía del Papa de la compasión espectacular, que exige transformación.
En la segunda llamada León XIV introdujo la dimensión espiritual como fundamento crítico de la vida social, cultural y política. En la Vigilia de Madrid, a un joven que preguntó cómo discernir la voz de Dios entre el ruido de mil voces, el Papa respondió con tres instrumentos concretos: el silencio, la oración y la Sagrada Escritura. «En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece. ¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad!» El silencio es el método crítico para separar lo verdadero de lo construido. La noche más densa del viaje fue la vigilia en el Estadio Olímpico de Barcelona. Tres jóvenes presentaron tres heridas sin edulcorar, y el Papa respondió habitando el dolor en lugar de explicarlo. A quien preguntó dónde está Dios cuando la oscuridad es absoluta, señaló el Getsemaní y la cruz: «Él sigue crucificado con nosotros en el momento del dolor y de la soledad extrema». La «sana inquietud» espiritual que León XIV propone es la quien ha encontrado a Cristo y sabe que su sacrificio no resuelve el sufrimiento desde fuera, sino que, al contrario, lo transforma desde dentro. Por eso insistió en que la inquietud hay que cultivarla «descendiendo interiormente», buscando dentro, resistiendo los «anestésicos», esa fue su palabra, que la cultura del rendimiento ofrece para adormecer la conciencia. En Montserrat, añadió la dimensión mariana con un giro de imagen preciso: «el Niño Dios que María sostiene en sus brazos no lleva armaduras, y será Él mismo quien luego, desnudo en la cruz, se abandone totalmente al Padre para salvarnos con la fuerza desarmada y desarmante del amor». La espiritualidad que el Papa propone exige deponer las corazas de las ideologías y aquellas que salvaguardan el ego, es la condición para que la «sana inquietud» no se corrompa en activismo ni en quietismo.
La tercera llamada tuvo su imagen más alta en Barcelona, ante la Sagrada Familia recién coronada con la torre de Jesús. León XIV no visitó la basílica de Gaudí como turista ilustre, sino que supo llevar a cabo una lectura de sus piedras como programa. «Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros». Sus tres fachadas —Natividad, Pasión, Gloria— son la estructura del kerigma hecha piedra. El arte y la belleza continúan siendo hoy eminentes canales de evangelización: la Sagrada Familia renueva para el siglo XXI la Biblia del pueblo de las catedrales góticas. A los obispos en Madrid, el Papa fijó el criterio del evangelizador: «sed para todos como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios.» Formación como configuración de vida. Y en La Laguna, señaló que evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo.
La «sana inquietud», en definitiva, es el nombre de una condición humana auténtica: la de quien reconoce que está hecho para más de lo que el mundo le ofrece, y no se resigna a menos. León XIV visitó España con esa palabra en el corazón y la distribuyó en tres formas de llamada: cercanía, espiritualidad, evangelización. Esta inquietud no puede aplazarse.
+José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla
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