Jueves sacerdotal: Fernando Flores, un “cura de aldea”

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Sede metropolitana de la Iglesia Católica en España, y preside la provincia eclesiástica de Sevilla, con seis diócesis sufragáneas.

Así se describe el mismo don Fernando, que se ríe cuando a sus 84 años le preguntamos sobre su jubilación: “¿Quién dice que yo estoy jubilado? Yo he dejado el cargo de rector de la iglesia de San Francisco de Écija, pero sigo siendo párroco de la de Santa Ana de Cañada Rosal y encargado de El Campillo de la Luisiana. Un día yo me consagré sacerdote para el servicio de la Iglesia. Si dejara de servirla dejaría de ser yo mismo. Intentaré ser yo mientras el cuerpo aguante”.

“Dios siempre capacita para la misión”

Proviene de una familia humilde y trabajadora y aunque ha crecido en un ambiente cercano a la Iglesia, “nunca había pensado en ser sacerdote, ni tampoco sabía lo que realmente era serlo, ni donde ni cómo se formaba uno”. Por eso le extrañó que el que fuera su maestro siendo niño, dijera un día en la escuela que él iba a ser cura. “¿Por qué lo dijo? No lo sé, tal vez porque algo vería en mí, o bien, porque Dios se valdría de él para iniciar el camino”. Lo cierto es que desde entonces inició un proceso de discernimiento vocacional y cuando finalmente le preguntaron si quería ingresar en el Seminario, él respondió afirmativamente sin dudarlo Al respecto, agradece que el entonces presidente de la Diputación se responsabilizara de su beca durante su formación en el Seminario y aunque recuerda que su familia “no tenía medios”, sí destaca que recibieron con “toda la alegría el mundo” la noticia de su vocación y “se privaron de lo más vital para poder prepararme el equipaje necesario”.

Durante estos años fue “clarificando” su vocación, viendo “cómo la mano de Dios estaba sobre mí y dándome cuenta para lo que me quería. No era ni el más listo, ni el más bueno, pero Dios se vale siempre de los más débiles y los capacita para la misión a los que Él ha llamado”. Y hoy, después de 56 años de cura “me alegro infinito, y si volviera a repetirse la historia, volvería con mucho gusto al Seminario para hacerme sacerdote”, confiesa.

‘La formación por la acción’

Este sacerdote veterano ha pasado por distintas comunidades parroquiales y en todas ellas ha ido dejando su seña de identidad.

Comienza hablándonos de las comunidades de Cañada y El Campillo, a las que sirvió durante los años 60. De ellas resalta “su humildad, su sencillez, su pobreza social y cultural”. Denuncia que entonces se vivían situaciones injustas “de falta de viviendas, de alimentos y vestidos, la mayoría de los trabajadores no tenían Seguridad Social y los ancianos ni pensión”. Él, como párroco, procuró “curar, sanar, consolar y acompañar” y lo hizo “luchando” y buscando soluciones: “A los ancianos les concedieron su pensión y el derecho a la sanidad; logramos que la mayoría de los trabajadores se afiliaran a la Seguridad Social; por otra parte, las familias de la escalerilla estrenaron vivienda, y para los que no tenían trabajo o querían mejorar su situación económica hicimos posible su salida a centro Europa, no sin antes organizar cursillos de preparación para Alemania o Francia”. Asimismo, promovió la creación de varias cooperativas en estos pueblos que sustituirían más tarde la solución de la emigración.

En lo que se refiere a la cultura, lamenta que los jóvenes se encontraban “dispersos” y por ello creó en cada municipio “un centro cultural, el teleclub, siendo el de Cañada el decano de la provincia de Sevilla”. No en vano, insiste, su eslogan era “la formación por la acción”, gracias a la cual “se forjaban militantes cristianos que luchaban por un pueblo mejor”.

Finalmente, se refiere a la comunidad de Écija, y la describe como “religiosamente más formada, que valora las acciones y entrega del sacerdote, generosa en donativo para las necesidades de la Iglesia, pero no comprometida personalmente en la lucha por la justicia y la libertad” y señala, asimismo, que “yo la he querido mucho y la comunidad a mí también”.

Consejos para los futuros sacerdotes

Además de su servicio como párroco, durante su ministerio sacerdotal don Fernando ejerció como formador del Seminario, una gran responsabilidad, porque “la pastoral y la buena marcha de la Diócesis depende del tipo de pastores que se forjan en el Seminario”. Por eso, sostiene que los formadores deberían educar personas “de conciencia viva, llenas de humanidad, que se alegren con el que ríe y lloren con el que llora”. De igual forma, durante este periodo, instaba a los seminaristas a cultivar una vida de oración y contemplación para que crecieran “cada día en intensos deseos de servir a la comunidad, sin esperar nada a cambio, más que la alegría que da el servir a los demás”.

Y aunque ya no ejerce como tal, tras toda una vida de entrega a la Iglesia y a los demás, don Fernando ofrece hoy cuatro consejos para los futuros sacerdotes:

El primero, “llenarse de amor a Dios y a sus prójimos mediante la oración, los sacramentos y la entrega en la acción”. Para ello, recomienda “conocer y analizar la realidad de nuestro mundo, concretamente la del pueblo al que un día vaya destinado”, y allí ofrecer “un testimonio vivo, verdadero y creíble”.

Por otra parte, les anima a preguntarse a diario “si la pastoral que están llevando a cabo es la que Dios quiere de ellos”.

En tercer lugar, “que sientan en sus propias carnes el sufrimiento que padecen los hombres, mujeres y niños de nuestro mundo”.

Y su cuarto consejo es que los seminaristas cuiden la imagen que dan una vez se ordenen, porque “tenemos que ser reconocidos por nuestras obras y no por las apariencias”. Así, les invita a formarse en “una Teología que los haga curas, militantes cristianos para una presencia activa en medio del mundo”.

En definitiva, este sacerdote octogenario hace extensivo su último consejo tanto a sacerdotes como laicos y nos llama a todos a “seguir luchando en la fe, el amor y la esperanza”.

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