Jueves sacerdotal: Antonio Rodríguez, una vida de entrega a la Iglesia

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A sus casi 92 años este sacerdote, nacido en el Castillo de las Guardas, hace un recorrido por la que ha sido su historia, una vida de entrega a los demás y a la Iglesia a través, principalmente, de las misiones populares, la docencia y el ministerio parroquial. Una vida que ha logrado mantenerse fiel a su llamada gracias “a la oración, la dirección espiritual y la entrega en mi trabajo. Todo ello siempre me ha hecho sentir una gran alegría”, explica.

Una vocación “natural”

Cuenta cómo su vocación nace “con naturalidad, sin ningún milagro especial”, si bien en su familia otros ocho miembros también se han consagrado al Señor desde distintos carismas. Con lo cual, su inquietud no causó gran sorpresa entre los suyos.

Recuerda cómo sus padres lo educaron con cariño en la fe católica y que los salesianos le prepararon para su Primera Comunión y su Confirmación. Sin embargo, no fue hasta más adelante, en un grupo joven de la parroquia de San Bernardo, cuando descubrió que Dios “me quería en el Seminario”. Al respecto, agradece el acompañamiento de su director espiritual, el canónigo Manuel Rubio, “quien me aconsejó y ayudó mucho”.

De esta forma, a los 14 años ingresaba en el Seminario Menor, pero tras un tiempo de discernimiento decidió entrar en el noviciado claretiano, deslumbrado por su carisma misionero. De este éste destaca “la predicación directa de la Palabra para las misiones, populares y en tierras de misión y llevar el Evangelio a todo el mundo”.

De las Misiones Populares a predicar el Evangelio en el instituto

Así, su ministerio sacerdotal pivotó siempre entre tres pilares:

En primer lugar, en el servicio directo de la Palabra a través de las misiones populares. Éstas le llevaron desde Santiago de Compostela, a Almería, Extremadura, Córdoba, Granada…e incluso “estuve en la gran misión de Buenos Aires”, añade.

Durante este tiempo se dedicaba a los jóvenes y a los sermones morales en las parroquias. “Era agotador –reconoce- porque nunca se paraba (había que dedicarse a las catequesis de los niños, conferencias por colectivos, rezo de Rosarios y Viacrucis en las calles, pláticas…)”. Pero también asegura que merecía la pena.

Por otra parte, menciona su faceta como docente, primero en el Seminario Menor de Loja, luego en el Colegio Claret de Sevilla y atendiendo los centros de formación de OSCUS, concluyendo en el Instituto Juan Turina, donde impartió clases de Religión y Ética desde 1975 hasta 1993.

“En mi parroquia he experimentado auténticos milagros morales”

Pero, sin duda, el aspecto que más ha marcado la vida sacerdotal de Antonio Rodríguez ha sido su paso por la Parroquia San Pablo, de Sevilla. Primero como coadjutor, durante casi 20 años, y más tarde como párroco.

“Lo primero que hice como párroco, después de tanto tiempo conociendo la comunidad, fue preparar una Misión Popular”, indica. Fueron dos años “de intenso trabajo, en el que se fue por todo el barrio anunciando la misión, conociendo a los vecinos, etc.”. Aquella misión dio abundantes frutos –señala: “Se organizó el Consejo Parroquial, el Consejo Económico, todas las pastorales (Cáritas, Salud, Familiar, Liturgia, Penitenciaria…), y se mantuvieron hasta 23 asambleas familiares. Además, creamos una Escuela de Oración. A ello se sumaba la atención a las seis comunidades Neocatecumenales presentes en la parroquia”.

Una carga de trabajo que, confiesa, solo aguantaba “por pura gracia de Dios”, porque “fueron años de mucho compromiso y entrega, pero, sobre todo, de mucha alegría espiritual”.

Aunque le resulta imposible quedarse con un momento de los muchos vividos durante aquellos años en la parroquia, Antonio sí se emociona al hablar del “milagro moral” que en ella vio, es decir, “muchas personas venían deshechas, metidas en un profundo hoyo de problemas graves –drogadicción, alcoholismo, divorcios y matrimonios rotos…- y gracias a la fuerza de la Palabra y a la comunidad parroquial salían de ahí y se incorporaban a la lucha. Esto o lo hacía Dios o humanamente es imposible”, concluye.

Este ritmo frenético de trabajo frenó cuando se jubiló. No obstante, nunca ha dejado de prestar servicio a la Iglesia: “Todavía hoy ayudo a todos mis compañeros sacerdotes que me lo piden, celebro Misa en la Parroquia de El Perdón y, por otro lado, atiendo a mi hermana que está enferma. En definitiva, después de una larga vida estoy tranquilo, en paz y feliz, esperando la llamada del Padre”.

 

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