Homilía de monseñor Saiz en la Solemnidad del Corpus Christi 2024

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Homilía de monseñor Saiz en la Solemnidad del Corpus Christi 2024

 30 de mayo de 2024

Catedral de Sevilla

Durante la Cena pascual, en la víspera de su Pasión, el Señor tomó el pan en sus manos y, después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo:  “Tomad, esto es mi cuerpo”. Después tomó el cáliz, dio gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y dijo:  “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14, 22-24). Hoy hemos escuchado nuevamente las palabras de Jesús,  que nos ayudan a penetrar en el misterio del Verbo de Dios encarnado que, bajo las especies del pan y del vino, se entrega a todo hombre, como alimento y bebida de salvación. La solemnidad del Corpus Christi nos ayuda a dar a Nuestro Señor Jesucristo el lugar central que le corresponde en nuestra vida y en nuestra historia.

La institución de la Eucaristía tiene lugar en el contexto de una cena ritual con la que se conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la liberación de la esclavitud de Egipto. En este contexto Jesús instituye la nueva Pascua de la nueva Alianza, sellada con su sangre. Al instituir el sacramento de la Eucaristía, anticipa el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección, y manifiesta el sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y de todo el cosmos. Aquella muerte se ha transformado en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad.

Celebrar la Eucaristía no es realizar una representación, una especie de teatro, sino que es actualizar, hacer presente el sacrificio Redentor de Jesucristo, que nos une a él, y por él, al Padre y al Espíritu Santo, y nos une a los hermanos en esas dos dimensiones inseparables, vertical y horizontal, como los dos maderos de la Cruz.  La Eucaristía es la mayor expresión de la unidad, de la comunión en la Iglesia. En la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros.  La adoración eucarística es la continuación de la celebración eucarística. En la procesión, daremos testimonio público de fe y piedad hacia el Santísimo Sacramento por las calles con toda solemnidad, y con nuestras oraciones y cantos.

No es un elemento más de la vida: es el centro, es la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia, y transforma toda nuestra vida en ofrenda agradable a Dios, y abarca todos los aspectos de la existencia. Todo lo que hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. El culto a Dios no puede quedar relegado a un momento particular y privado, de mero cumplimiento formal, sino que ha de impregnar todas las dimensiones de la realidad de la persona, todas las circunstancias de la existencia.

Este nuevo modo de vivir se ha de caracterizar por la coherencia de vida que brota de la Eucaristía, por vivir en la verdad. El culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales; al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición que ocupan en la sociedad, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, sobre la paz, sobre la familia, sobre la educación, sobre la promoción del bien común en todas sus formas. El 22 de diciembre de 1960, en su radiomensaje de Navidad, san Juan XXIII, preocupado por la situación del mundo, hizo una reflexión sobre Cristo vida, luz y verdad; e hizo un llamamiento a vivir según el cuádruple deber de pensar, de honrar, de decir y de practicar la verdad, exigencia básica de la vida humana y cristiana. En tiempos de relativismo, de posverdad, de fakes, no podemos negociar con la mentira, no podemos pactar de ningún modo con la falsedad, ni siquiera podemos instalarnos en la ambigüedad o las medias verdades. Padres, pastores, educadores, responsables de la vida pública y de los diferentes ámbitos de la sociedad: Si no luchamos por vivir en la verdad, en la coherencia de vida, ¿qué mensaje estamos enviando a nuestros jóvenes, qué educación estamos ofreciendo a los más pequeños, qué modelo presentamos a la ciudadanía?

La Eucaristía es pan partido para la vida del mundo. «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51). Con estas palabras el Señor revela el verdadero sentido del don de su propia vida por todos los hombres y nos muestra también la profunda compasión que tiene por cada persona, tal como vemos en los Evangelios, de modo especial por los que sufren y los pecadores. Él expresa la voluntad salvadora de Dios para todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Por eso, de la Eucaristía brota el servicio de la caridad para con el prójimo. El principal fruto de la celebración de la Eucaristía debe ser el crecimiento de la comunión con Dios y con los hermanos, sin distinciones de ningún tipo. Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que han de trabajar por un mundo más justo y fraterno.

La acción de la Iglesia debe llegar a todas las personas, sin excepciones. Y si hubiera que tener alguna preferencia, ¿a quiénes debería privilegiar? Responde el mismo Jesús en el Evangelio: no tanto a los familiares, o a los amigos o a los vecinos ricos, que te corresponderán invitándote a su vez, y de esta forma quedarás pagado. Invita a los pobres y enfermos, porque éstos no pueden corresponderte (cf. Lc 14,12-14). El papa Francisco nos exhorta a trabajar decididamente en la inclusión social de los pobres. La Iglesia universal, cada comunidad concreta y cada cristiano en particular, todos estamos llamados a trabajar en la liberación y promoción de los pobres, de manera que se curen sus heridas, queden capacitados para vivir por sus medios, puedan integrarse plenamente en la sociedad, y sean acogidos en la comunidad cristiana (cf. Evangelii Gaudium, nn. 186- 216).

El misterio de la Eucaristía nos llama, nos capacita e impulsa a un trabajo audaz en la renovación de las estructuras y los corazones. La oración del Padrenuestro que repetimos en cada santa Misa, y en tantas ocasiones: «Danos hoy nuestro pan de cada día», nos compromete a trabajar por la paz, por la justicia y la solidaridad en las relaciones entre los pueblos, a trabajar por resolver la situación endémica de los barrios más pobres de nuestra querida Sevilla. Desde los primeros tiempos del cristianismo se ha insistido con toda razón en el vínculo entre la Eucaristía y la caridad. Por eso en la fiesta del Corpus Christi celebramos el Día de la Caridad, la jornada principal de Cáritas, el día en que esta institución eclesial da cuenta de sus proyectos, del uso de sus recursos y de sus propósitos más inmediatos.

María Santísima, Nuestra Señora de los Reyes, nos guía para recorrer este camino. Abranos el corazón y el entendimiento a la gracia de Dios, al amor de Dios; dejemos que la Eucaristía impregne toda nuestra vida, para que sea alabanza, sacrificio y acción de gracias a Dios, y sea asimismo mesa compartida con los hermanos. Así sea.

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